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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 24, Febrero de 2005  

>>    Inundaciones y devastación

Con ímpetu, con fuerza devastadora, una vez más las aguas del Río Grande desbordaron su cauce y arrollando cuanto encontraron a su paso, viviendas, sembradíos, caminos, cubrieron las llanuras aledañas hata donde la vista apenas podía llegar.
La naturaleza, sistemática y gravemente agredida, acaba de pasar factura de altísimos guarismos. La naturaleza que no perdona la falta de respeto que se le debe, el descomedimiento con que se la trata, hace de las suyas a estas alturas, colocando a los vecinos del desastre, a la región en su conjunto e incluso al país todo en trance de sentir más hondo, más dolorosamente, los efectos de la crisis económica.
Todas las instituciones y los profesionales que se mueven en el delicado sector del control de los ríos, de la defensa de las poblaciones ribereñas, de los campos de cultivo y de pastoreo, no se cansan en la tarea de advertir los peligros que supone la deforestación, la indiscriminada tala de árboles que son los que de manera natural y efectiva determinan que las aguas corran por sus cauces habituales. Pero a pesar de lo permanente, de lo vehemente de las advertencias, la deforestación, la tala de árboles en las riberas, no se interrumpen. Por el contrario, se incentivan
Y es que de las tierras ribereñas, ahora las del Río Grande, mañana tal vez (Dios no lo quiera) las del Piraí, no sólo se habilita campos de labranza y pastoreo, tras arrasar monte alto, medio y bajo, sino que también se crean espacios habitacionales, en lo que viene a ser una provocación a la naturaleza y una irracional temeridad.
Como decimos arriba, la naturaleza no perdona. La naturaleza se cobra puntualmente los agravios y responde dramáticamente a los desafíos y a las provocaciones. Ahora hay mucha gente angustiada, mucha gente a merced de la desesperación. Aunque un poco tarde tal vez sea tiempo todavía de aprovechar de la lección tan dura.
En tiempos pasados, lo del desborde de nuestros ríos era una rareza, propiamente dicho, un fenómeno con muy escasos antecedentes. Y no era, desde luego, que nuestros ríos no experimentaran grandes crecidas causadas por las lluvias. Los desbordes, los que llamábamos genéricamente turbiones, eran frecuentes y probablemente de mayores proporciones que los que se dan hoy en día. Pero las aguas corrían por sus viejos y tradicionales cauces. Los montes ribereños cumplían a la perfección y al ciento por ciento sus roles de dique de contención.
La masiva invasión de los mal llamados colonos, el asalto de la tierra alentado por políticos, politiqueros y reyezuelos y caudillos de todo cuño, derivaron en la deforestación, en el derribe de los bosques ribereños sin pausa ni medida. Las consecuencias están más que a la vista. Sin vallas naturales de contención, las aguas corren devastadoras a campo traviesa. Se llevan por delante casas de vivienda, sembradíos, campos de pastoreo. Universalizan el signo de la pobreza que ya en esta parte del mundo es opresivo e insufrible.
Cuánto va a costar en dinero y en esfuerzo reponerse de los efectos de los desbordes del Río Grande. Cuánto va a incidir el desastre en la economía de la región y del país todo. Son interrogantes de no sencillas respuestas. Pero también vale la pena averiguar si se ha aprendido algo de la dura lección que de manera implacable ha dado la naturaleza, una más entre las tantas que han sido desoídas.


Siguen desapareciendo casonas con historia y tradición

Marcelo Rivero

Anteayer en esta misma columna me referí al estado ruinoso en que se encuentra la casona donde por décadas funcionó la Escuela Nº 1 Rafael Peña, abandonada hace varios años porque las autoridades educativas no fueron capaces de conseguir fondos para realizarle una buena refacción y para construirle baños higiénicos puesto que el que tenía era de los antiguos, no servía. Calles tan transitadas la 24 de Septiembre y la Rafael Peña, no debe haber cruceño que no se eche cruces cuando pasa por esa esquina y ve el viejo inmueble cayéndose, apenas sostenido por puntales. Resultó más cómodo trasladar los bártulos a otro sitio donde el centro escolar cumple su misión, sin que importe la pérdida de un terreno valioso y sobre todo de un local caro a los sentimientos regionales.
No habría que extrañarse demasiado por lo que está aconteciendo con “la número 1”, tomando en cuenta que otras taperas antiguas también fueron y siguen siendo presa fácil de las corrientes modernas, siempre bajo nuestra indiferencia que está resultando por demás culposa. Así nos enteramos a través de EL DEBER, en su edición del sábado pasado, que la casa -por supuesto que estilo colonial- en la que vivió Ignacio Warnes y que fue declarada patrimonio histórico nacional, está destechada, seguramente construirán en el predio un edificio.
Como esa taperita valiosa cuántas más no habrán ido cayendo, tal cual aconteciera hace muchos años con la de la esquina de las calles Ballivián y Chuquisaca, que no era otra que la del “feroz” Aguilera (como le cantara Cañoto en sus oídos). Aunque todavía está medio parado el “altillo” de “las Arenales” (calle Beni entre Bolívar y Sucre), no tardará en correr la misma suerte de tantos solares que le dieron una identidad a Santa Cruz de la Sierra. Es lo que pasa, por ejemplo, con otro “altillo”, el que está situado en la esquina de las calles Sucre y La Paz cuyos dueños -supongo que seguirán siendo miembros de la familia Vaca Díez Cronenbold-, lo han sabido conservar y allí se mantiene erguido como auténtica tradición.
Es razonable que no todos los dueños de esos caserones puedan hacer lo propio, asimismo se entiende que quieran sacarle un rédito vendiendo o construyendo inmuebles modernos. Pero mucho más comprensible sería que la alcaldía, el gobierno departamental y el Estado -que sólo es bueno para declarar patrimonios nacionales-, expropien esas coloniales casonas pagando un justo precio y restaurándolas para usos culturales (museos, bibliotecas), o convirtiéndolas en lugares donde se instalen, por citar un par de casos, los artesanos de Buenavista y de Concepción que hacen cosas tan bellas y que en la “progresista” capital oriental todavía no tienen el lugar que merecen.

 

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