Con ímpetu, con fuerza devastadora, una vez más las aguas del
Río Grande desbordaron su cauce y arrollando cuanto encontraron a su paso,
viviendas, sembradíos, caminos, cubrieron las llanuras aledañas hata donde la
vista apenas podía llegar.
La naturaleza, sistemática y gravemente agredida, acaba de pasar factura de
altísimos guarismos. La naturaleza que no perdona la falta de respeto que se le
debe, el descomedimiento con que se la trata, hace de las suyas a estas alturas,
colocando a los vecinos del desastre, a la región en su conjunto e incluso al
país todo en trance de sentir más hondo, más dolorosamente, los efectos de la
crisis económica.
Todas las instituciones y los profesionales que se mueven en el delicado sector
del control de los ríos, de la defensa de las poblaciones ribereñas, de los
campos de cultivo y de pastoreo, no se cansan en la tarea de advertir los
peligros que supone la deforestación, la indiscriminada tala de árboles que son
los que de manera natural y efectiva determinan que las aguas corran por sus
cauces habituales. Pero a pesar de lo permanente, de lo vehemente de las
advertencias, la deforestación, la tala de árboles en las riberas, no se
interrumpen. Por el contrario, se incentivan
Y es que de las tierras ribereñas, ahora las del Río Grande, mañana tal vez
(Dios no lo quiera) las del Piraí, no sólo se habilita campos de labranza y
pastoreo, tras arrasar monte alto, medio y bajo, sino que también se crean
espacios habitacionales, en lo que viene a ser una provocación a la naturaleza y
una irracional temeridad.
Como decimos arriba, la naturaleza no perdona. La naturaleza se cobra
puntualmente los agravios y responde dramáticamente a los desafíos y a las
provocaciones. Ahora hay mucha gente angustiada, mucha gente a merced de la
desesperación. Aunque un poco tarde tal vez sea tiempo todavía de aprovechar de
la lección tan dura.
En tiempos pasados, lo del desborde de nuestros ríos era una rareza, propiamente
dicho, un fenómeno con muy escasos antecedentes. Y no era, desde luego, que
nuestros ríos no experimentaran grandes crecidas causadas por las lluvias. Los
desbordes, los que llamábamos genéricamente turbiones, eran frecuentes y
probablemente de mayores proporciones que los que se dan hoy en día. Pero las
aguas corrían por sus viejos y tradicionales cauces. Los montes ribereños
cumplían a la perfección y al ciento por ciento sus roles de dique de
contención.
La masiva invasión de los mal llamados colonos, el asalto de la tierra alentado
por políticos, politiqueros y reyezuelos y caudillos de todo cuño, derivaron en
la deforestación, en el derribe de los bosques ribereños sin pausa ni medida.
Las consecuencias están más que a la vista. Sin vallas naturales de contención,
las aguas corren devastadoras a campo traviesa. Se llevan por delante casas de
vivienda, sembradíos, campos de pastoreo. Universalizan el signo de la pobreza
que ya en esta parte del mundo es opresivo e insufrible.
Cuánto va a costar en dinero y en esfuerzo reponerse de los efectos de los
desbordes del Río Grande. Cuánto va a incidir el desastre en la economía de la
región y del país todo. Son interrogantes de no sencillas respuestas. Pero
también vale la pena averiguar si se ha aprendido algo de la dura lección que de
manera implacable ha dado la naturaleza, una más entre las tantas que han sido
desoídas.
Siguen desapareciendo casonas
con historia y tradición
Marcelo Rivero
Anteayer en esta misma columna me referí al estado ruinoso en
que se encuentra la casona donde por décadas funcionó la Escuela Nº 1 Rafael
Peña, abandonada hace varios años porque las autoridades educativas no fueron
capaces de conseguir fondos para realizarle una buena refacción y para
construirle baños higiénicos puesto que el que tenía era de los antiguos, no
servía. Calles tan transitadas la 24 de Septiembre y la Rafael Peña, no debe
haber cruceño que no se eche cruces cuando pasa por esa esquina y ve el viejo
inmueble cayéndose, apenas sostenido por puntales. Resultó más cómodo trasladar
los bártulos a otro sitio donde el centro escolar cumple su misión, sin que
importe la pérdida de un terreno valioso y sobre todo de un local caro a los
sentimientos regionales.
No habría que extrañarse demasiado por lo que está aconteciendo con “la número
1”, tomando en cuenta que otras taperas antiguas también fueron y siguen siendo
presa fácil de las corrientes modernas, siempre bajo nuestra indiferencia que
está resultando por demás culposa. Así nos enteramos a través de EL DEBER, en su
edición del sábado pasado, que la casa -por supuesto que estilo colonial- en la
que vivió Ignacio Warnes y que fue declarada patrimonio histórico nacional, está
destechada, seguramente construirán en el predio un edificio.
Como esa taperita valiosa cuántas más no habrán ido cayendo, tal cual
aconteciera hace muchos años con la de la esquina de las calles Ballivián y
Chuquisaca, que no era otra que la del “feroz” Aguilera (como le cantara Cañoto
en sus oídos). Aunque todavía está medio parado el “altillo” de “las Arenales”
(calle Beni entre Bolívar y Sucre), no tardará en correr la misma suerte de
tantos solares que le dieron una identidad a Santa Cruz de la Sierra. Es lo que
pasa, por ejemplo, con otro “altillo”, el que está situado en la esquina de las
calles Sucre y La Paz cuyos dueños -supongo que seguirán siendo miembros de la
familia Vaca Díez Cronenbold-, lo han sabido conservar y allí se mantiene
erguido como auténtica tradición.
Es razonable que no todos los dueños de esos caserones puedan hacer lo propio,
asimismo se entiende que quieran sacarle un rédito vendiendo o construyendo
inmuebles modernos. Pero mucho más comprensible sería que la alcaldía, el
gobierno departamental y el Estado -que sólo es bueno para declarar patrimonios
nacionales-, expropien esas coloniales casonas pagando un justo precio y
restaurándolas para usos culturales (museos, bibliotecas), o convirtiéndolas en
lugares donde se instalen, por citar un par de casos, los artesanos de
Buenavista y de Concepción que hacen cosas tan bellas y que en la “progresista”
capital oriental todavía no tienen el lugar que merecen.