img_logo.gif (2140 bytes)

img_arribadeber.gif (4941 bytes)

  • STAFF   COMENTARIOS   CONTACTARSE   

Noticias

Portada                 

Santa Cruz            

Seguridad             

Nacional               

Internacional          

Economía             

Deportes               

Sociales               

Escenas               

El Deber como tu Página de Inicio

btn_secciones.gif (615 bytes)

Editorial                

Opinión                 
Lectores               
Club de Lectores
Clima              

btn_suplementos.gif (615 bytes)

 

 

 

 


EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 23, Febrero de 2005  

>>    El perro del hortelano

La famosa fábula sobre el perro del hortelano que ni come ni deja comer tiene manifestaciones muy puntuales en Bolivia, país poco bienaventurado el nuestro donde tantas perspectivas hemos dejado pasar, hemos desaprovechado justamente por eso, por desempeñar el papel torpe e irracional del perro del hortelano.
Ya una vez, o más probablemente, en el propósito de autocondenarnos por desempeñar el papel de perro del hortelano, hemos traído a colación el caso de la explotación de las reservas de litio con que en abundancia cuenta el país en esos desiertos de sal que existen en el departamento de Potosí. Pues, decidida a iniciar ya la explotación de dicha reserva, se hizo presente una poderosa empresa norteamericana, con capitales frescos que muy bien le habrían sentado a la siempre maltrecha economía nacional.
Pero a los disconformes profesionales no les gustó ni pizca la cara de los empresarios norteamericanos y empezaron a demostrar su aversión a través de manifestaciones, marchas y ruidosas proclamas antiimperialistas. No se hicieron de problemas los empresarios gringos. Recogieron sus bártulos en un santiamén y se fueron hasta un país vecino. Allí se los acogió sin reparos y están explotando litio, seguramente con buenos beneficios para ellos, como es lógico, pero a la vez, con muy buenos beneficios también para el Estado del vecino país.
Nosotros, fieros perros del hortelano, nos quedamos con nuestras reservas de litio durmiendo y sin ninguna perspectiva a la vista.
Cosa parecida había ocurrido antes con la fabulosa reserva de hierro de Mutún, en la frontera con el poderoso Brasil. Lo indecible hizo el gobierno de ese país por montar, en sociedad con Bolivia, una planta siderúrgica que debía complementarse con la petroquímica y unos auspiciosos programas de vinculación caminera y de desarrollo comunal.
En estas instancias, nuestros disconformes profesionales agitaron las banderas oprobiosas, según ellos, de las transnacionales, y el gobierno de turno no se atrevió a jugarse patrióticamente como correspondía y se esperaba. Los resultados no pueden ser más patéticos. El vecino Brasil, con todo su poderío, no tuvo problemas para colmar sus necesidades siderúrgicas y petroquímicas. Y nosotros, rabiosos perros del hortelano, nos quedamos con las fabulosas reservas de Mutún dormidas, tal vez hasta siempre.
En los últimos días de la semana pasada, el poderoso Fondo Monetario Internacional hizo una advertencia a través de su más alto personero, sobre el riesgo grave e inminente que corre el país si no exporta el gas de petróleo. Del tema hemos hablado, igualmente, y con mucha angustia, en dos o tres oportunidades desde esta misma columna editorial. De comienzo, nos pareció infantil esa demostración de fuerza que hicimos con nuestras reservas de gas en el innecesario propósito de mostrar a Chile que podíamos prescindir de sus puertos para llevar el energético a los grandes y rentables mercados del Norte. Mientras nos desgastábamos en tales demostraciones de fuerza, Perú cargaba desde los yacimientos de Camisea su propio gas para ganar un mercado que necesariamente teníamos que asegurar, que hacerlo nuestro.
El Fondo Monetario Internacional ha hecho una advertencia que no podemos pasar por alto. No sabemos si quedará tiempo y voluntad para cambiar de políticas. Tal vez si lo intentamos con prontitud y sentido patriótico de verdad, lleguemos sobre la hora al punto de salvación.


A pata

Tertuliador ®® desde el mojón de la esquina

Es cierto. Ni cómo negarlo.
Pocos eran entonces los vehículos motorizados.
Cinco o seis viejos camiones “Inter”.
Cuatro automóviles entre Ford y Chevrolet. Nada de buses ni de micros ni de trufis. Un solo taxi, el del recordado “Gualele”, al que luego se unió el de don Quintín Altamirano, cochabambino, y de los pioneros del autotransporte cruceño.
Parar de contar.
En eso se resumía el hoy llamado parque automotor.
****
Es cierto que éramos pocos en esta cálida y amada viña del Señor.
Cierto también que por constituir aldea, aunque aldea grande de corazón y espíritu, las distancias no eran muy largas.
Pero de todas maneras, el saludable hábito de caminar nuestras arenosas o embarradas calles era sorprendente.
Por ejemplo, a la escuela o al colegio íbamos, profesores y alumnos, a pata pelada.
Y cuatro veces al día, entre idas y vueltas porque no se habían puesto de moda los horarios continuos.
Según las distancias, teníamos que salir de casa en las mañanas desde las 06.00 a fin de ingresar a clases a las 08.00.
Luego retornar para el almuerzo en familia, a las 12.00.
Y de nuevo partir a la escuela o al colegio, dependiendo de las distancias, desde las 13.00 o las 13.30, para ingresar a las clases de la tarde a las 14.00
El último viaje, después del horario vespertino, se hacía a las 17.00, para servirse el café de la siesta, el majadito de la cena a las 20.00 y de nuevo a la cama a las 21.00, sin radio, menos televisión, peor juegos electrónicos.
Y estas cuatro idas y vueltas, de lunes a sábado incluso, bajo el ardiente sol o empapados por las torrenciales lluvias o respirando apenas en medio de los tierrales o ateridos desafiando la furia de los surazos.
Cuatro veces al día, todos los días, excluyendo los domingos.
De lo contrario, a recibir la tacha de “ausente”. Treinta ausentes determinaban la pérdida del año escolar y no había modo de evitarlo. Las influencias no corrían en esos tiempos.
****
Mis trajines, cuatro veces al día, desde el viejo barrio de San Francisco, hasta el Colegio Nacional Florida, hoy suenan a irreall.
Pero mi recorrido era más bien corto frente al que hacían otros colegiales de aquel tiempo.
Qué tal los Fleig, por ejemplo, que desde su famosa quinta en Hamacas, cuatro veces iban y volvían al y del colegio.
Y el profesor don José Descarpontriez, que también desde su quinta pero en Palermo, cuatro veces realizaba el periplo casa colegio casa.
Otro profesor, don Guillermo Garrido, lo hacía desde más lejos aún, desde las proximidades del río Piray.
Y siempre a pata pelada.
Hoy no dejo de sorprenderme cuando veo a alumnos del Colegio Nacional Florida haciendo dedo a la salida de clases, para que los acerquen a la Plaza Principal
Y eso que hoy el recorrido es sólo dos veces. ¿Qué tal?

 

Contáctese con nosotros: editorial@eldeber.com.bo

< Anterior ^Arriba


Portada | Internacional | Nacional | Santa Cruz  | Economía | Deportes | Sociales | Escenas
EditorialOpinión | Contactarse | Staff


© Copyright 2004, El Deber. Todos los derechos reservados.