La famosa fábula sobre el perro del hortelano que ni come ni
deja comer tiene manifestaciones muy puntuales en Bolivia, país poco
bienaventurado el nuestro donde tantas perspectivas hemos dejado pasar, hemos
desaprovechado justamente por eso, por desempeñar el papel torpe e irracional
del perro del hortelano.
Ya una vez, o más probablemente, en el propósito de autocondenarnos por
desempeñar el papel de perro del hortelano, hemos traído a colación el caso de
la explotación de las reservas de litio con que en abundancia cuenta el país en
esos desiertos de sal que existen en el departamento de Potosí. Pues, decidida a
iniciar ya la explotación de dicha reserva, se hizo presente una poderosa
empresa norteamericana, con capitales frescos que muy bien le habrían sentado a
la siempre maltrecha economía nacional.
Pero a los disconformes profesionales no les gustó ni pizca la cara de los
empresarios norteamericanos y empezaron a demostrar su aversión a través de
manifestaciones, marchas y ruidosas proclamas antiimperialistas. No se hicieron
de problemas los empresarios gringos. Recogieron sus bártulos en un santiamén y
se fueron hasta un país vecino. Allí se los acogió sin reparos y están
explotando litio, seguramente con buenos beneficios para ellos, como es lógico,
pero a la vez, con muy buenos beneficios también para el Estado del vecino país.
Nosotros, fieros perros del hortelano, nos quedamos con nuestras reservas de
litio durmiendo y sin ninguna perspectiva a la vista.
Cosa parecida había ocurrido antes con la fabulosa reserva de hierro de Mutún,
en la frontera con el poderoso Brasil. Lo indecible hizo el gobierno de ese país
por montar, en sociedad con Bolivia, una planta siderúrgica que debía
complementarse con la petroquímica y unos auspiciosos programas de vinculación
caminera y de desarrollo comunal.
En estas instancias, nuestros disconformes profesionales agitaron las banderas
oprobiosas, según ellos, de las transnacionales, y el gobierno de turno no se
atrevió a jugarse patrióticamente como correspondía y se esperaba. Los
resultados no pueden ser más patéticos. El vecino Brasil, con todo su poderío,
no tuvo problemas para colmar sus necesidades siderúrgicas y petroquímicas. Y
nosotros, rabiosos perros del hortelano, nos quedamos con las fabulosas reservas
de Mutún dormidas, tal vez hasta siempre.
En los últimos días de la semana pasada, el poderoso Fondo Monetario
Internacional hizo una advertencia a través de su más alto personero, sobre el
riesgo grave e inminente que corre el país si no exporta el gas de petróleo. Del
tema hemos hablado, igualmente, y con mucha angustia, en dos o tres
oportunidades desde esta misma columna editorial. De comienzo, nos pareció
infantil esa demostración de fuerza que hicimos con nuestras reservas de gas en
el innecesario propósito de mostrar a Chile que podíamos prescindir de sus
puertos para llevar el energético a los grandes y rentables mercados del Norte.
Mientras nos desgastábamos en tales demostraciones de fuerza, Perú cargaba desde
los yacimientos de Camisea su propio gas para ganar un mercado que
necesariamente teníamos que asegurar, que hacerlo nuestro.
El Fondo Monetario Internacional ha hecho una advertencia que no podemos pasar
por alto. No sabemos si quedará tiempo y voluntad para cambiar de políticas. Tal
vez si lo intentamos con prontitud y sentido patriótico de verdad, lleguemos
sobre la hora al punto de salvación.
A pata
Tertuliador ®® desde el mojón de la esquina
Es cierto. Ni cómo negarlo.
Pocos eran entonces los vehículos motorizados.
Cinco o seis viejos camiones “Inter”.
Cuatro automóviles entre Ford y Chevrolet. Nada de buses ni de micros ni de
trufis. Un solo taxi, el del recordado “Gualele”, al que luego se unió el de don
Quintín Altamirano, cochabambino, y de los pioneros del autotransporte cruceño.
Parar de contar.
En eso se resumía el hoy llamado parque automotor.
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Es cierto que éramos pocos en esta cálida y amada viña del Señor.
Cierto también que por constituir aldea, aunque aldea grande de corazón y
espíritu, las distancias no eran muy largas.
Pero de todas maneras, el saludable hábito de caminar nuestras arenosas o
embarradas calles era sorprendente.
Por ejemplo, a la escuela o al colegio íbamos, profesores y alumnos, a pata
pelada.
Y cuatro veces al día, entre idas y vueltas porque no se habían puesto de moda
los horarios continuos.
Según las distancias, teníamos que salir de casa en las mañanas desde las 06.00
a fin de ingresar a clases a las 08.00.
Luego retornar para el almuerzo en familia, a las 12.00.
Y de nuevo partir a la escuela o al colegio, dependiendo de las distancias,
desde las 13.00 o las 13.30, para ingresar a las clases de la tarde a las 14.00
El último viaje, después del horario vespertino, se hacía a las 17.00, para
servirse el café de la siesta, el majadito de la cena a las 20.00 y de nuevo a
la cama a las 21.00, sin radio, menos televisión, peor juegos electrónicos.
Y estas cuatro idas y vueltas, de lunes a sábado incluso, bajo el ardiente sol o
empapados por las torrenciales lluvias o respirando apenas en medio de los
tierrales o ateridos desafiando la furia de los surazos.
Cuatro veces al día, todos los días, excluyendo los domingos.
De lo contrario, a recibir la tacha de “ausente”. Treinta ausentes determinaban
la pérdida del año escolar y no había modo de evitarlo. Las influencias no
corrían en esos tiempos.
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Mis trajines, cuatro veces al día, desde el viejo barrio de San Francisco, hasta
el Colegio Nacional Florida, hoy suenan a irreall.
Pero mi recorrido era más bien corto frente al que hacían otros colegiales de
aquel tiempo.
Qué tal los Fleig, por ejemplo, que desde su famosa quinta en Hamacas, cuatro
veces iban y volvían al y del colegio.
Y el profesor don José Descarpontriez, que también desde su quinta pero en
Palermo, cuatro veces realizaba el periplo casa colegio casa.
Otro profesor, don Guillermo Garrido, lo hacía desde más lejos aún, desde las
proximidades del río Piray.
Y siempre a pata pelada.
Hoy no dejo de sorprenderme cuando veo a alumnos del Colegio Nacional Florida
haciendo dedo a la salida de clases, para que los acerquen a la Plaza Principal
Y eso que hoy el recorrido es sólo dos veces. ¿Qué tal?