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| Desarrollo.
En Yapacaní niños de diferentes orígenes comparten la enseñaza.
Originarios y mestizos nutren el futuro |
Tierra de
migrantes no esperados
Regionalismo. En Yapacaní,
Montero y San Julián crece la pugna por el liderazgo entre collas y cambas.
Hay analistas que advierten que estos focos de migración son vistos como una
invasión a Santa Cruz
Elizabeth La Fuente
Indios de mierda ¡Váyanse a
su tierra! ¿Quiénes son ustedes para venir a hacer lo que les da la gana en
Santa Cruz?” Son frases que fueron coreadas por dirigentes de varios
sectores de Montero cuando vieron que la carretera amaneció bloqueada por un
grupo de campesinos migrantes, que pretendía impedir que los vecinos salgan
de esa población para asistir al cabildo convocado por el Comité pro Santa
Cruz, el pasado 18 de febrero.
Los recientes enfrentamientos entre ciudadanos migrantes y lugareños que se
han vivido en Montero, Yapacaní y San Julián, demuestran un sentimiento
exacerbado de regionalismo en estos tres municipios que son focos de
migración de campesinos de occidente en Santa Cruz. La implementación de las
autonomías departamentales, la realización de la Asamblea Constituyente y la
aprobación de la Ley de Hidrocarburos ha provocado confrontación entre dos
sectores: los cívicos del lugar y los dirigentes de los migrantes.
Un día antes del enfrentamiento en Montero, en San Julián varios sectores
sociales afiliados a la Federación de Colonizadores también bloquearon
temporalmente la carretera mostrando así su rechazo por la propuesta
planteada por el ente cívico cruceño. Esta semana en Yapacaní se vivieron
días de tensión por el cierre de la carretera y la amenaza del cierre de los
pozos petroleros por los colonizadores.
El arzobispado de Santa Cruz junto con el Secretariado Arquidiocesano de la
Pastoral Social (Seapas) elaboró en febrero de 2000 un estudio titulado La
Migración en la ciudad de Santa Cruz con la colaboración del sociólogo José
Mirtenbaum, el padre Víctor Codina y el abogado Tito Antonio López.
Mirtenbaum define en términos sociales a la “migración como un instrumento
de difusión cultural y de integración social, pero también como un
instrumento de conflicto social, cuando el migrante es resistido en la
comunidad de destino. En todo caso la persona que migra de una comunidad a
otra une en su persona dos culturas, o tiende a crear una tercera.
A la hora de hablar sobre el fenómeno de la migración, el sociólogo hace
notar el problema en la dimensión demográfica de Santa Cruz. Es que las
migraciones hacia esta ciudad han sido percibidas por la población cruceña
como una especie de invasión de origen totalmente externo, que además está
vinculado a lo que se percibe como el “mundo colla”.
El especialista aclara que el concepto de migración se refiere a una
situación de movilidad geográfica neta. Desafortunadamente, explica, cuando
se trata el tema de los migrantes, la “otredad” del “colla” surge muchas
veces en oposición y a la vez de reafirmación de lo que es supuestamente la
identidad “camba”.
En tanto un trabajo de análisis sobre la problemática “colla”, elaborado por
Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca) señala: “Santa
Cruz como espacio receptor de migrantes, presenta una serie de
singularidades que genera en los recién llegados procesos de desadaptación y
aculturación junto con una fuerte crisis de identidad, en la medida que le
resulta mejor mimetizarse para evitar la violencia verbal, física y social
ejercida por el medio sobre el diferente”.
Estos tres episodios fueron analizados por René Zambrana, que lleva más de
diez años trabajando con los municipios cruceños. “Lo que ha pasado
últimamente no es un enfrentamiento racial. En Yapacaní y San Julián las
tierras fueron colonizadas por migrantes. Su población es casi un 100% del
interior, sus hijos son cruceños y tienen el acento casi de un camba. Pero
si salen a la ciudad no son aceptados como cruceños sino como collas. En
cambio, Montero es un municipio urbano, que es el centro del comercio del
norte integrado, por lo que es atractivo para los bolivianos de otros
departamentos. Allí hay dos culturas muy marcadas: están los collas y los
cambas. Eso debe ser tomado como una fortaleza”, apunta el profesional que
ha sido alcalde de Yapacaní en 1994 y 1995.
En su criterio, ser cruceño no significa ser de una sola raza y de una sola
etnia pues considera que en Santa Cruz no existe una homogeneidad cultural,
por lo que no se puede hablar de una “cultura cruceña”.
Hugo Miranda, otro profesional que ha seguido de los hechos ocurridos en los
tres municipios cruceños, sostiene que desde el punto de vista económico es
positivo para la región porque se trata de recursos humanos que vienen a
bajo costo a apoyar los recursos productivos. Sin embargo, en el ámbito
ecológico considera que hay dos posiciones. Una sugiere que los
colonizadores realizan actividades que son contrarias al manejo adecuado del
suelo; además, surgen las críticas al proceso de colonización que no dio la
suficiente capacitación en términos de hacer sostenible el uso de la tierra.
En su criterio, donde hay complicaciones muy serias es en el tema cultural.
Por eso es que existen niveles de intolerancia en ciertos sectores de
nuestra sociedad que han devaluado los valores de los indígenas dé lo
originario. Además, opina que hay también algunos sectores que sostienen que
Bolivia tendría mejores condiciones de desarrollo si no hubiera poblaciones
migrantes indígenas. Sin embargo, se ve con buenos ojos la migración
extranjera, se la prefiere mil veces a la migración interna. Esto se debe a
que hay muchos complejos que no han logrado consolidar una identidad
colectiva multicultural en nuestro país. Existen algunos complejos racistas
con círculos cerrados donde la participación de algunos está excluida. Este
fenómeno se está dando hace mucho tiempo en todas las sociedades, no sólo en
Santa Cruz.
Miranda finaliza su análisis diciendo que en nuestro país todas las élites
han reservado sus espacios para reproducirse en el poder por eso es que hay
segmentos con fines de conservación de poder de manera bien celosa. En este
aspecto cita como ejemplo a la estructura del Comité pro Santa Cruz que
recién se está planteando la incorporación de los pueblos indígenas. “Eso no
ocurría antes, incluso actualmente su estatuto puntualiza que una solo a una
persona nacida en Santa Cruz puede acceder a cargos directivos en la
institución. Son llaves legítimas que están utilizando las élites regionales
para mantener y preservar su visión de desarrollo”.
Un pedazo de Cochabamba
en Montero
No hace falta vivir en Montero para darse cuenta de que la ciudad está
dividida en dos. La plaza principal vendría a ser la línea del Ecuador que
divide ambos hemisferios: el de los montereños y el de los migrantes. La
parte atractiva del pueblo, vale decir iglesia, heladerías, boliches,
restaurantes y hoteles que se mezclan con las tradicionales tienda de
abarrotes está el lado de los lugareños. Además de las instituciones
públicas y privadas.
En el otro lado es donde se genera casi todo el movimiento económico, pues
está el mercado principal sobre uno de los costados de la circunvalación por
donde han proliferado una variedad de puestos de ventas de comida y otros
artículos. El movimiento es intenso, pareciera que no descansara ni de día
ni de noche por el tráfico de flotas que pasan a toda hora.
En esta zona se encuentra la Villa Cochabamba donde se concentran la mayor
cantidad de migrantes que llegan de occidente. Basta recorrer sus calles
para imaginar que es un típico barrio de la ciudad del valle. La mayoría de
las casas son de material y sus habitantes comparten su hogar con sus
animales.
Tal es así que en la plaza principal hay un monumento a las Heroínas de la
Coronilla, ícono de la cultura cochabambina. Sus habitantes son uraños con
los visitantes, apenas ven una cámara fotográfica se esconden y huyen cuando
sienten que personas extrañas se les acercan.
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| Unidad. Un menor descansa sobre una
pared de la escuela Germán Busch, que tiene pintado el mapa de Bolivia |
En Yapacaní hay organizaciones paralelas,
de “colonos” y lugareños
En Yapacaní se torna cada vez más fuerte la pelea por espacios de poder.
Existen dos comités cívicos: uno sigue la línea del Comité pro Santa Cruz y
el otro se identifica con las demandas de los colonizadores, que en su
totalidad son migrantes.
Walter Mogro Segovia, vicepresidente del Comité Cívico Popular de Yapacaní,
explicó que cuenta con el apoyo de los sindicatos, cooperativas y
trabajadores de varios rubros porque son tomados en cuenta y no son
excluidos. “Nosotros peleamos por lo que creemos que nos corresponde. No
estamos en contra de las autonomía departamentales pero para el Comité pro
Santa Cruz nuestras demandas no cuentan, ni siquiera nos invitaron a
participar del cabildo”, indicó el dirigente.
Por su parte, Félix Aldono Yépez, representante de la central de Puerto
Choré, explicó que en la región ya no se puede hablar de cambas y collas
porque todos son mestizos, dijo el campesino nacido en Yapacaní.
Al ser consultado sobre el tema, Orlando Borja, presidente del Comité Cívico
de Yapacaní, explicó que debido a la migración hay cierto hermetismo de la
gente y por eso es que algunos líderes se aprovechan para crear situaciones
separatistas. “Todos estamos con lo pedidos que reflejan las necesidades que
tiene el pueblo. Se debe tratar el tema de las regalías petroleras en el
campo provincial no sectorial. Lo que pasa es que ellos (los migrantes) se
desmarcaron de nosotros y por eso es que están desinformados sobre el
proceso autonómico y lo manejan como bandera política”, sostuvo el cívico,
que considera que no existe regionalismo en Yapacaní.
En tanto, el secretario de la Federación Sindical de Colonizadores y
Productores Agropecuarios, Cimar Victoria, lamentó que las autoridades no
escuchen sus demandas y por eso es que recurren a los bloqueos para que “no
nos tomen el pelo”.
Además de dos comités cívicos hay dos juntas vecinales, aún hay un solo
alcalde.
Según datos proporcionados por la Federación, actualmente cuenta con 20 mil
campesinos agrupados en 26 organizaciones sindicales y 14 sindicatos.
Esta unión gremial es confirmada por Hilarión Rodríguez, un minero potosino
de 66 años que vive en Yapacaní hace cinco años y que encontró en la
institución apoyo para conseguir trabajo y poder mantener a sus esposa y dos
hijos.
Secundido Limpias, director de la unidad educativa Germán Busch, relató que
son pocos los cruceños que viven en Yapacaní porque la mayoría de la
población es mestiza. Esa polarización racial la observa todos los días en
las aulas cuando ve compartiendo un mismo banco a una niña blanca de ojos
claros con un niño de tez morena. El profesor no dudó en decir que “los
pocos cruceños que quedamos hemos aprendido a vivir con los migrantes que
fueron los que colonizaron esas tierras”.
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| Pobreza. Angélica Tomacino vivirá en el
albergue junto a su hija y su pequeña nieta. Es cruceña y se siente
marginada |
San Julián: los
occidentales son mayoría pero rechazados
A simple vista luce como un galpón vacío en medio de un terreno donde hay
varias construcciones. Al atravesar una pequeña puerta la realidad es otra:
se trata del único sitio que acoge a los migrantes que llegan de occidente
para buscar trabajo en San Julián.
Este espacio, embardado a medias con ladrillo visto y malla milimétrica y
con techo de calamina, cobija a las personas que se ofrecen para trabajar en
el campo. Allí duermen en literas y otros en colchones de paja, por ello
pagan Bs 1 por noche, para contribuir a pagar los servicios de luz y agua.
Algunos llegan sólo con una bolsa donde guardan un par de mudadas, mientras
que otros llegan acompañados por sus familias y con algunos enseres.
Pero también llegan migrantes de poblaciones aledañas. Es el caso de
Angélica Tomacino, que dejó Guarayos para buscar mejores condiciones de vida
en San Julián. “Espero conseguir trabajo pronto, sé que los empresarios
vienen acá en busca de trabajadores y no me queda más que esperar y
sobrevivir con lo poco que tengo”, relata la mujer que acaricia a su nieta
mientras su hija corta un pedazo carne para cocerlo en una pequeña hornilla
conectada a una garrafa ubicada a un lado de su cama.
Este albergue fue creado en abril de 2002 por la Central Regional de
Trabajadores Asalariados del Campo, de San Julián (Crtac), que actualmente
cuenta con 500 afiliados. Félix Octavio Lía, vicepresidente de la
institución, relata la situación en la que viven y cómo son discriminados
por ser migrantes. “No nos consideran personas sino indigentes, así nos
llaman. Cuando nos enfermamos no nos quieren atender en los centros de salud
porque dicen que no tenemos derecho a nada”.
Prosigue con su historia: a ello se suma que los contratistas vienen y nos
llevan prometiéndonos un salario y después terminan pagándonos lo que ellos
quieren. Lo único que nos queda es aceptar que nos den dinero como si fuera
limosna.
Nadie se les acerca, salvo los contratistas y los dirigentes de la
Federación de Colonizadores de San Julián para obligarlos a ir a los
bloqueos que ellos convocan. “Tenemos que estar con ellos, es la única forma
de pedir un incremento salarial”, afirma el dirigente que lleva más de 20
años en la zona y hasta ahora no ha podido comprarse un terreno para
trabajarlo de manera independiente.
San Julián fue colonizado por migrantes en la década de los 70 y 80. La
mayoría de la gente habla quechua puesto que provienen de occidente, también
hablan el español. Son agricultores, se dedican al cultivo de soya, arroz,
además de frutas y hortalizas.
Para los campesinos la única forma de ser tomados en cuenta es bloqueando la
carretera, así lo asegura su líder Evaristo Huallpa. Ellos están junto al
movimiento de Yapacaní que desconocen al Comité pro Santa Cruz.
Vania
Sandoval | Delegada departamental anticorrupción
Hay que avanzar en tolerancia e inclusión
En una época en la que Bolivia se
encamina hacia grandes cambios sociales y políticos, considero que no hay
que retroceder en el camino emprendido hacia la tolerancia y la inclusión.
Recordemos además que el primer artículo de la Constitución Política del
Estado fue cambiado para reflejar lo que somos, un país multicultural.
Tenemos que dejar de lado todo lo que nos lleve a excluir al otro, porque la
democracia debe avanzar y no retroceder.
El surgimiento de actitudes racistas, presentes en algunos dirigentes y
grupos desde el mismo nacimiento de Bolivia, no debería extrañar, porque ese
discurso se presta a sostener una dominación y un sistema social que
reproduce la pobreza y la exclusión. El tema es seguir construyendo como
ciudadanos miembros de un país democrático, un discurso y una línea de
trabajo humanista y progresista, para que los discursos racistas no puedan
volverse hegemónicos. No sé si un pueblo (como Santa Cruz) cuya población
económicamente activa emigra masivamente hacia otro continente por falta de
trabajo (y que está sufriendo discriminación en incontables casos allende
los mares), pueda darse el lujo de ser racista con los que vienen en busca
de mejores días.
Un tema importante es develar las trampas del discurso racista. Es fácil
validar un tipo de medida de presión si es ejecutada por los de un "color",
y rasgarse las vestiduras si la ejecutan los de otro "color". Es fácil (como
lo hicieron algunos ex alcaldes) negarse a rendir cuentas a título de que
los miembros del Comité de Vigilancia "eran collas que pretendían apoderarse
del pueblo", como también es fácil para otros negarse a rendir cuentas
señalando que las intenciones reales son las de "matar el movimiento de los
marginados". Aparentemente, en estos tiempos es muy fácil manipular los
discursos y usar las supuestas diferencias para esconder corrupción,
intereses personales y grupales…..
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