En cualquier parte del mundo, siempre que no sea Bolivia por
supuesto, la compra-venta de armas de fuego está sujeta a los más estrictos
controles. La finalidad de estos estrictos controles, en cualquier parte del
mundo que no sea Bolivia, naturalmente, es proteger la vida, la seguridad y los
bienes de las personas, e incluso la institucionalidad democrática.
Y porque tal es la finalidad de las restricciones en el comercio de armas de
fuego de mortífero poder, la ciudadanía racional las aprueba de hecho, las apoya
e incluso las agradece rendidamente. Es que al final de cuentas, de lo que se
trata es de protegernos individual y colectivamente. Y al que no quiera que se
le proteja su vida, su seguridad y sus bienes, pues simplemente habrá que
segregarlo o hacerlo entender las buenas razones por la vía de la fuerza.
Que sepamos, no hay en Bolivia limitación alguna para la compra-venta de armas
de fuego y menos todavía de armas blancas que, aunque menos peligrosas, no dejan
de ser mortíferas y la causa de tantas desgracias y tragedias. Y si alguna
limitación existe, pues nadie se atiene a ella o no la conoce en absoluto o le
importa un rábano. Al final de cuentas no existe institución ni autoridad alguna
con la responsabilidad de aplicar preceptos ni de disponer su aplicación de
manera estricta y severa.
La cuestión es que, por la forma libre, habitual, corriente con que se consuma
la compra-venta de armas de fuego o de armas blancas, no debe existir hogar
alguno en el país donde no se tenga a mano un revólver, por decir lo menos,
puesto que no son escasos los artefactos mortíferos de mayor calibre y de
efectos francamente devastadores. Artefactos tan destructivos y devastadores
que, para colmo de males, nunca están lejos de los niños o de los
irresponsables.
Si tuviésemos que hacer cuentas de las tragedias causadas por la insólita
profusión de armas de fuego y otras, dejadas en el seno del hogar a manos de
menores e irresponsables, sería cosa de nunca acabar. Los medios de
comunicación, casi a diario, dan cuentas de las tragedias causadas por estos
que, con tanta benevolencia, venimos calificando como “descuidos”.
Puede que en los hogares de hoy falte un paraguas, un balde, una jarra o una
plancha. Pero no falta un revólver y, desde luego, con su carga de proyectiles
completa. Siempre al alcance de la mano de la gente menuda o de tanto
desequilibrado mental que no falta. Cómo sorprendernos, entonces, ante la
dramática realidad que nos muestra a merced del crimen, que nos tiene al borde
de la tragedia.
En un proceso agudo de devaluación ha ingresado la vida de los bolivianos. Y es
natural tomando en cuenta que desde hace buen tiempo, nuestra vida está a
expensas de francotiradores ocasionales o de neuróticos aquejados por
irreprimibles resentimientos y amargas frustraciones emocionales. Asesinatos,
suicidios, atracos sangrientos, no sólo son la consecuencia de un mundo
estremecido por oleadas de violencia, sino también, y en gran medida, por la
forma expedita en que se encuentra el acceso a las armas de fuego y a las armas
blancas.
Los sectores pacíficos de la población, que constituyen una inmensa y abrumadora
mayoría, están seriamente desamparados. Empiezan a sentir, por su parte, la
necesidad de armarse también para asumir su legítima defensa puesto que nadie lo
hace por ellos.
A la luz de un cabo de vela
Tertuliador ®®
Desde el mojón de la esquina
Sudando la gota gorda.
A manotazos para aplastar y mantener a raya a los voraces mosquitos.
A la luz de un cabo de vela.
Así era como discurrían nuestros cálidos y fraternales encuentros nocturnos en
tiempos pasados.
No nos parecen muy distantes esos tiempos.
Pero, sacadas bien las cuentas, pasan más de cincuenta años.
Tal vez llegan a los sesenta, incluso.
Toda una vida, podría decirse. .
***
Haciendo honores a la sabrosa bohemia, nos reuníamos tres, cuatro, cinco amigos
del alma.
Para empezar, a la luz de un foco que, pese a sus sesenta bujías, alumbraba
apenas un poquito más que un curucusí.
Mas, el curucusí, o mejor dicho la luz, se cortaba sin apelaciones a las 10 de
la noche.
Y era entonces que aparecía el cabo de vela de la marca “Victoria”.
De excelente esperma, de fino pabilo.
En derredor del cabo de vela prendido, continuaba la reunión.
No mancaban los manotazos en cogotes y cachetes porque los voraces mosquitos no
concedían tregua.
***
Se bebía culipi. Gustaba a todos.
Se lo preparaba con buen alcohol “Zeller” previamente quemado y venteado,
rebajadito con un poco de agua de aljibe y, para darle el color ambarino
tentador, unas gotitas de bitter Pittari.
De vez en cuando nos permitíamos el lujo de añadirle la cáscara de un limón.
Limón, pero limón. Era el ùnico que conocíamos entonces.
Son de reciente data los limones gringos.
Grandes, rugosos, secos.
Cualquier cosa parecen, menos limones de los de antes.
***
La rubia que no engaña, la cerveza, muy poco se bebía.
El whisky, ¡ni soñar!
Culipi para todos y el corazón brincaba de contento dentro del pecho.
A la luz del cabo de vela se hablaba de todo.
Especialmente de “peladas”.
A cuales más tigres nos declarábamos todos.
***
A veces, si era que el cuero nos daba, salíamos a la Plaza en tinieblas.
La ciudad, la aldea grande, dormía. La quietud era total.
Aguzábamos el oído tratando de captar los alborotos de algún buri.
Y tras el buri partíamos, decididos a prolongar la cálida jornada de la bohemia.