Aunque solapada, es indisimulable la intención aviesa de
dividirnos. Y esa intención, que ya ha entrado en la etapa de los hechos,
sensiblemente, no es de ahora. Data, por el contrario, de muchos años, y está
marcada por agudos períodos de recrudecimiento. Algunas consideraciones ilustran
este juicio.
En primer término, ya es casi una constante aquella intención, que tiene
traducciones en hechos, de colocar a Santa Cruz de la Sierra enfrentada con el
resto del país o cuando menos aislada. Se ha querido meternos entre ojos de la
opinión pública nacional y con verdadero pesar, hemos de admitir que el avieso
propósito ha sido logrado no una, sino varias veces.
Recursos diversos, y todos ellos malévolos, han sido empleados sin misericordia
para distanciarnos hasta de esos pueblos, de esas regiones que no sólo son una
continuación natural geográfica de la nuestra, sino que además comulgan con
nuestros estilos de vida, con nuestros modos de sentir las cosas y, por sobre
todo, es de la misma calidez la sangre que corre por nuestras venas.
Pero así es como está hecho este mundo de ásperos y desagradables materialismos.
No obstante las profundas raíces comunes, valiéndose de perversas artimañas, más
de una vez se ha logrado dejar a Santa Cruz de la Sierra sola en la estacada.
Otros procesos encaminados a dividirnos, a fragmentarnos, a debilitarnos,
apuntan a nuestras instituciones, y no sólo a las cívicas, sino a las de diversa
naturaleza que se crean o instalan en esta tierra que de tan buena fe no se da
ni siquiera por aludida. Hay una insólita proliferación de instituciones, de
organismos, tanto del sector público como del privado, en que se dispersa todo,
desde los ideales, pasando por el esfuerzo, el trabajo, la creatividad, los
recursos económicos siempre escasos, la voluntad, la entrega.
Disgregados en esa multitud de células vivas, la fuerza cruceña se reduce y
hasta podría decirse que se desperdicia, que se malogra. Antes de ingresar en el
juego gregario que es el que conviene a los que, por resentimientos malsanos, no
nos quieren bien, deberíamos robustecer, fortalecer nuestras instituciones
madres, incorporarnos en ellas como combatientes de la primera línea.
Identifiquemos de manera clara y precisa nuestras causas, identifiquémonos con
ellas y estrechémonos bajo un mismo techo, desde donde digamos presente al
unísono cada vez que llegue la hora de jugarse íntegros.
A lo largo de más de sesenta años de ardorosas luchas, tenemos ampliamente
probado, ante la conciencia nacional, que nuestras posiciones son legítimas, son
leales, que si bien apuntan hacia la defensa y la reivindicación de nuestros
derechos, su inspiración es patriótica: Ser grandes para engrandecer a Bolivia y
nada más. Las sospechas con que tantas veces se ha lastimado al pueblo, a la
cálida y fraterna región cruceña, no sólo que han caído arrastradas por su
propio peso, sino que a su debido tiempo las hemos disipado con nuestra verdad,
con la verticalidad de nuestro comportamiento de bolivianos sobre todas las
cosas.
Seamos celosos de nuestra unión. No nos prestemos al juego de los que trabajan
para disgregarnos. Seamos consecuentes con nuestros principios que tienen razón
pura y que tienen fuerza.
Los baches en las calles y
avenidas son criminales
Marcelo Rivero
En fecha reciente un conductor en su vehículo sufrió un
percance en la avenida Cristo Redentor entre los anillos cuarto y quinto, del
que fui testigo y que afortunadamente no pasó del susto del chofer y su
acompañante, aunque de repente dos llantas, los amortiguadores y vaya a saberse
qué otra pieza quedaron a la miseria. En aquel trayecto de norte a sur hay un
bache en vías de convertirse en quebrada, que el hombre no vio -o lo vio tarde-,
por lo que no pudo evitar meterse en él y la vagonetita, fuera de entrar y salir
violentamente, pegó unos bandazos que pudieron provocar un accidente peor si
acaso otro motorizado en ese instante iba por el carril contiguo o unos metros
detrás.
Otra peripecia por igual motivo ocurrió la semana antepasada en una carretera y
de ésta dio cuenta el periodismo ya que terminó con un herido grave y con daños
considerables en un jeep. Y para no hacer largo el recuento sólo recordaré que
hace muchos años murieron tres personas que viajaban en un auto que iba a cierta
velocidad por el segundo anillo (frente al colegio La Salle), donde había un
tremendo bache. Frenó de golpe el chofer, quiso eludirlo, qué pasaría, lo cierto
es que tres tipos pararon los zapatos y nadie asumió responsabilidades.
O sea que la historia se viene repitiendo desde hace decenios, arruinándose los
vehículos, quedando lesionadas las personas o con la vida truncada y en la
municipalidad siguen orondos, sin siquiera pensar que ellos pueden ser las
próximas víctimas y que en cualquier caso es obligación de la comuna mantener en
buen estado el pavimento de calles y avenidas.
De nuevo recordaré lo que veo cada vez estoy en ciudades del exterior -y eso les
consta a quienes han viajado en el pasado o recién nomás-, y no hablo de
naciones desarrolladas sino de este nuestro Tercer Mundo con tantos problemas.
¡Ni un bache en las vías, de cuando en cuando uno observa cuadrillas de
trabajadores haciendo inmediatas reparaciones y con visibles letreros de
precaución! Por eso parece mentira que en la “locomotora del país” topemos con
pozancones cada cien metros, con losetas levantadas y con desniveles
pronunciados, todos los cuales constituyen verdaderos atentados contra la
economía y la vida de la gente.
Puede admitirse que los planes de pavimentación se posterguen uno o más años, lo
que no puede demorar un minuto es la reparación de lo que ya está pavimentado.
No tener las vías expeditas y libres de peligros es un crimen -valga la
reiteración-, porque los vehículos sufren daños (y en muchos casos son
herramientas de trabajo), porque generalmente costaron sacrificios económicos y
lo más importante: porque la integridad física y la vida de los humanos está en
riesgo.