El ‘Perro’ Vargas. La historia de
un caza asesinos
Investigador. Nació en La Paz y tiene una experiencia de 20 años en la Policía, muchos de ellos los vivió en Santa Cruz
Roberto Navia
El ‘Perro’ Vargas se siente feliz cuando termina su trabajo. ¿En qué
consiste?, ¿qué hace? Es especialista en escenarios del crimen y en entrevistas
con humanos de alto perfil delictivo. Sus padres lo bautizaron con el nombre de
Freddy y ahora que es adulto tiene un escritorio en la esquina de una habitación
rústica de la PTJ, en la Villa Primero de Mayo. El éxtasis de la felicidad lo
envuelve cuando esclarece un caso o atrapa a un asesino.
Para no dar lugar a malas interpretaciones, Vargas aclara que le dicen ‘Perro’
sin ánimos de ofender, por el lado amable, hasta por respeto. Él es un sabueso
para detectar el paradero de los más buscados y sin tropezar su lengua consigue
hablar rápido para describir su larga lista de asesinos capturados.
“En un sinfín de casos estuve metido”, dice desde su escritorio sin adornos.
“Participé en investigaciones que fueron muy famosas a nivel internacional: en
el caso de los Argüella, desenterrando a los cadáveres. “Yo me apasiono con mi
trabajo”. El arresto que consolidó su carrera policial fue el de Javier Meneses
(1999), que se escapó a principios de este mes del hospital San Juan de Dios y
fue recapturado el pasado viernes.
Pero es al entrar a la ducha cuando se da cuenta que su trabajo le dejó marcas y
fantasmas eternos. “Al abrir la puerta y al apretar el interruptor, la luz
rebota en el piso mojado pero lo que ve es sangre regada, tan intensa que le
suele cegar la vista”.
El fantasma se le prendió en el cuerpo hace años (no se atreve a recordar la
fecha), cuando hizo el levantamiento del cadáver de una mujer adulta y el de una
niña, a las que les habían arrancado el corazón. “El escenario del crimen era un
quiosco y un dormitorio en el barrio 4 de Noviembre”.
“Adelante estaba la venta de abarrotes, atrás había dos camas y un televisor. Ni
bien entramos al lugar pude ver un manto de sangre que brilló como un celofán.
Fue un impacto, como cuando a uno le sacan una foto con flash en un cuarto
oscuro. Todo se me quedó grabado en la mente”.
El ‘Perro’ sigue narrando: “Al principio pensamos que había un animal feroz que
había jalado los cuerpos que estaban debajo de una cama. Pero después vimos que
todo era producto de una mano criminal. Lo peor es que un corazón estaba casi
clavado en la pared, sobre el refrigerador. Afuera un perro aullaba de miedo,
cuidando la casa”.
Tiempo después, aún sin olvidar aquel fatídico día, el destino lo obligó a
realizar el levantamiento de los cadáveres de las personas que mataron a la
mujer adulta y a la niña que se quedaron sin corazón. “Los degollaron en la
cárcel. Junto a otros policías entré a la celda oscura, habían cortado la luz.
Metieron un foco que funcionaba a pilas y la sangre regada en las paredes brilló
como un celofán. Me recordé el levantamiento del cadáver de la señora y de la
niña. Fue lo más consternante que he sufrido”.
A pesar de los momentos que vivió empapado en las historias de sangre, el
teniente Vargas dice que no puede escapar de su propia conciencia y por eso
acostumbra a reflexionar. “En este trabajo se pierde lo más hermoso que tiene la
vida: poder creer en alguien. El policía cuando escucha llorar a las personas no
sabe si lo hacen por alegría o por dolor”.
Dice que ha visto ‘llorar a mares’ a muchas personas, quienes luego a escondidas
se reían. Vargas nunca descarta que quien llora hasta puede ser el asesino.
- ¿Qué detalles toma en cuenta en una investigación?
- Uno tiene que colocarse en los zapatos del delincuente. Uno tiene que ser más
objetivo que subjetivo, tomar en cuenta lo que hay en el escenario del crimen.
El teniente con más de 20 años en la institución policial cree tener autoridad
para decir que una evidencia que no haya sido recolectada en un principio, por
más pequeña que sea, al final de la investigación se convierte en un gran cráter
que perjudica todo el proceso.
Desde su escritorio sin adornos sueña en voz alta y con los ojos abiertos dice
que anhela que la Policía tenga un banco de huellas digitales. “Contamos con un
pequeño laboratorio que nos saca de apuros, el grande no lo tenemos, tal vez
está en Sucre pero no lo conocemos. Trabajamos de manera empírica”.
A los fantasmas que lo sacuden cuando entra a la ducha, se suman algunas
amenazas que le llegan sin pedirle permiso. La que recuerda con mucho dolor es
aquella amenaza que terminó con la muerte de su perro. “Recibí una llamada
telefónica. Me dijeron que si seguía investigando me pasaría lo mismo que a mi
mascota. Cuando llegué a mi casa, el animal estaba afuera, muerto...”
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