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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 13, Febrero de 2005

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Roberto Barbery Anaya

Cierta vez le preguntaron a Oscar Wilde sobre el libre albedrío y la fatalidad. Al cabo de un instante, respondió con una parábola:
“Había una vez un imán y en el vecindario vivían unas limaduras de acero. Un día, a algunas limaduras se les ocurrió bruscamente visitar al imán y empezaron a hablar de lo agradable que sería la visita. Otras limaduras cercanas sorprendieron la conversación y las embargó el mismo deseo. Se agregaron otras y al fin todas las limaduras empezaron a discutir el asunto y gradualmente el vago propósito se transformó en impulso. ¿Por qué no ir hoy?, dijeron algunas, pero otras opinaron que sería mejor ir al día siguiente. Mientras tanto, sin advertirlo, habían ido acercándose al imán, que estaba muy tranquilo, como si no se diera cuenta de nada. Así prosiguieron discutiendo, siempre acercándose al imán, y cuanto más hablaban más fuerte era el impulso, hasta que las más impacientes declararon que irían ese mismo día, hicieran lo que hicieran las otras. Se oyó decir a algunas que su deber era visitar al imán y que ya hacía tiempo que le debían esa visita. Mientras hablaban, seguían inconscientemente acercándose. Al fin prevalecieron las impacientes, y en un impulso terrible la comunidad entera gritó: “Inútil esperar. Iremos hoy. Iremos ahora. Iremos en el acto”. La masa unánime se precipitó y quedó pegada al imán por todos lados. El imán sonrió, porque las limaduras de acero estaban convencidas de que su visita era voluntaria”.
Queda claro que Wilde se aventuró a resolver la aporía, inclinándose por la fatalidad. Sin embargo, no sería más aventurada la posibilidad del libre albedrío. Bastaría con imaginar que algunas limaduras de acero renunciaron voluntariamente a ser parte de la masa que quedó pegada al imán… ¿El resultado?... Bueno, serían las únicas limaduras de acero libres…
(Dedicado a Carlos Hugo Molina)
****
Apreciado Hans:
Con el tiempo he aprendido a distinguir dos escenarios, que no siempre son compatibles: el escenario de la racionalidad y el escenario de las emociones. Si me hubiera guiado exclusivamente por el primero, seguramente, no tendría que haber renunciado; sin embargo, en este caso, el otro escenario, tan irracional como real - ¡eppur si mouve! -, tuvo el peso que le otorgaron las circunstancias.
En todo caso, el ideal sigue siendo el mismo: reconciliar la racionalidad con las emociones. Y precisamente por ello, valoro profundamente tu generosa carta de afecto, en la que se comparten las razones emocionales de mi decisión.
Gracias, amigo. Yo también tengo la certeza de que “nos vamos a seguir viendo, donde sea, como sea”.

Afectuosamente,

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