Desaguisado en perspectiva...
Mario Rueda Peña
Parece que se halla ya a la vuelta de la esquina la sanción legislativa de la
modalidad de elección de los prefectos de departamento por voto directo del
pueblo.
En las aceras político-partidarias no se delata nadie que quiera bloquear tal
cambio. Ni de parte de los que caminan por la izquierda, la derecha o el centro
de la calle. La controversia sobre el tema alude únicamente al tiempo. Algunos
consideran que el plazo previsto –hasta el 12 de junio- es demasiado breve para
organizar el evento electoral. Otros creen que el asunto debe ser encarado en
una fecha posterior a la Asamblea Constituyente, definidos que hayan sido los
términos de las autonomías regionales.
Pero, además, se perciben otras sombras premonitorias de un eventual y
conflictivo epílogo de la mudanza que aviva el paso a la ansiada autonomía. Tras
del 12 de junio, colocada la banda prefectural en el pecho de las autoridades
electas, el conflicto podría darse entre legitimidad y legalidad, provocando
tensión extrema en las relaciones entre las flamantes autoridades regionales y
el poder central, independientemente de que rija o no para las mismas un marco
normativo transitorio sobre transferencia de competencias.
Actualmente, como todos saben, la legitimidad es algo que no reverbera con luces
propias en la banda prefectural. Lo hace con fulgores prestados al rojo,
amarillo y verde de la banda presidencial. Autorizan este suministro cromático
los artículos 4º (“El pueblo no gobierna sino por medio de las autoridades
creadas por ley”) y 109 de la Carta Magna (“En cada Departamento el Poder
Ejecutivo está a cargo y se administra por un Prefecto designado por el
Presidente de la República”). Es de esta forma que respecto a los prefectos,
hasta ahora, legitimidad (la que tiene el Presidente elegido democráticamente en
las urnas) y legalidad (elegir al Prefecto en la forma que dispone la Ley
Fundamental) se dan la mano, pero con estruendoso chasquido centralista.
Ojo que después de la elección de los prefectos por voto directo del pueblo, la
legitimidad del gobierno departamental resbalará de la banda presidencial a las
urnas. Es decir, a los pies de la masa ciudadana titular de la soberanía
regional. En consecuencia, la autoridad electa tenderá a cuadrarse más ante la
región que ante la figura presidencial. Le hará más caso a la primera que a la
segunda. No obedecerá en nada a quien desde el Palacio Quemado de La Paz, no
tuvo arte ni parte en su ascensión al máximo puesto de mando de la región “pre-autononómica”.
No le asignará importancia alguna, porque se trata solo de una mera formalidad,
el decretillo supremo por el cual el Jefe del Estado le preserva el cargo contra
eventuales demandas de inconstitucionalidad.
Un Presidente de la República más solo que nunca entre las cumbres nevadas de la
hoyada paceña y prefectos que le dan las espaldas en los 9 departamentos, porque
le temerán más a los votantes que a él. Este desaguisado podría traer graves
consecuencias si se demora demasiado la transición al nuevo modelo de
organización territorial, política y económica del país. Ocurrirá así si la
tortuga reemplaza al galgo en el camino al cambio, tal como ocurrió con el
referéndum sobre los hidrocarburos.... Mucho más ahora todavía, cuando el
referéndum de las autonomías, la Ley de Hidrocarburos y la Asamblea
Constituyente se convierten en las piezas críticas de un rompecabezas tan
monumental que más conducen a la confrontación que al consenso.
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