No es sólo por los sucesos trágicos que pusieron su profunda
nota de dolor en la versión 2005 del Carnaval cruceño, que realmente dejaron
conmocionada a nuestra grande familia y que incluso causaron impacto en el
sentir nacional.
No es sólo la contingencia de una fiesta en que, como es sabido, se dan excesos
en el consumo de alcohol, supuestamente de otros estimulantes orgánicos que
alteran los sentidos y desencadenan las pasiones humanas.
No es sólo la tolerancia, la permisividad, la indiferencia y hasta la
negligencia en el cumplimiento de deberes inexcusables, tan manifiestas durante
las ruidosas fiestas del dios Momo, lo que produce brotes alarmantes de
criminalidad.
Aunque nos duela reconocerlo, aunque nos cueste admitirlo, es cierto que estos
brotes alarmantes de criminalidad están a la orden del día, justamente en esta
ciudad nuestra de Santa Cruz de la Sierra que, hasta hace muy poco tiempo, se
tenía por muy fraternal, por muy cálida, por muy acogedora, por muy respetuosa
de las leyes de Dios y de las de los hombres también. Y no precisamente porque
hubiese llegado la hora del Carnaval. Los brotes de la criminalidad ya forman
parte de nuestro quehacer cotidiano.
Allí es donde está la parte realmente terrible del problema. Una lógica que
tomamos de los pelos para medio consolarnos, nos induce atribuir a los excesos
carnavaleros los ásperos brotes del crimen. Pero en el fondo no hay quien ignore
que tales brotes oprobiosos ya son figura corriente dentro de los cuadros cada
vez más nutridos de nuestras desdichas y miserias.
Mirando un poco más en el fondo del problema, somos del criterio que tanto o más
que los descontroles carnavaleros tiene que ver con los pavorosos brotes del
crimen, la impunidad en que se mueven muchos, por no decir todos, los
criminales. Una impunidad que deja la impresión de no tener solución. Una
impunidad que, consiguientemente, alienta a los criminales para reiterarse en la
comisión de sus crímenes. Una impunidad, en fin, que es el mejor caldo de
cultivo para esos especímenes humanos que vienen con la mentalidad torcida y con
el torrente sanguíneo realmente envenenado.
El paso más importante según nuestro modesto juicio, para alzar una barrera
contra el crimen, no es la supresión del Carnaval, ni la modificación de las
reglas a que debe ajustarse, ni la intervención directa y rectora del Gobierno
Municipal de la ciudad. Por ahí no andan las cosas porque el crimen, lo
reiteramos, no es una peculiaridad de las carnestolendas. El crimen es más el
producto de los desajustes sociales en que nos estamos precipitando. Hay que
empezar por reforzar las organizaciones que tienen a su cargo la defensa de la
vida de las personas y de sus bienes. Hay que encarar de manera efectiva su
equipamiento, tanto en lo tocante a medios de transporte y de comunicación, como
en lo concerniente a armamento y otros elementos auxiliares. Hay que mejorar los
niveles de conocimiento del personal asignado a esta materia y, muy importante
asimismo, remunerarlo adecuadamente, como corresponde al rol que está llamado a
desempeñar. Y, en definitiva, hay que hacer, asimismo, un ajuste severo en el
aparato de la administración de justicia y entre el personal que maneja ese
vital aparato, de modo que, por todos los medios, se impida que la impunidad
continúe. Mientras haya impunidad, la delincuencia, el crimen, irán siempre en
aterrador aumento, sea en tiempo de Carnaval o no lo sea.
La cultura del vino en Santa
Cruz
Dominicus
De un tiempo a esta parte se ha incrementado el consumo del
noble fruto de la vid en la capital oriental y en toda Bolivia también. La
industria nacional ha hecho importantes progresos, estimulando así que la gente
beba vino en lugar de cerveza, whiskies, ‘coctelitos’ y demás parafernalia
etílica. Asimismo, el comprador tiene opciones de buenos vinos importados. Todo
es cuestión de preferencias y plata.
El vino tinto, en particular, ha tenido un notorio repunte reforzado por los
estudios sobre su conexión positiva con propiedades antioxidantes, prevención de
enfermedades cardiovasculares, etc. Se afirma que debe tomarse por lo menos una
copa de vino tinto por día por razones de salud. Sea esto último o simple
placer, lo importante es la moderación. Todo exceso llega a ser peligroso y
adictivo. Cada cual debe saber sus limitaciones y ser prudente.
Más allá de esta elemental observación, es un hecho que el vino tinto es -de
lejos- mucho menos dañino que cualquier otra bebida alcohólica y si a ello le
agregamos sus potenciales virtudes, no es extraño que las ventas hayan crecido.
Falta sí, una cultura cruceña en torno al vino. Esa falta es patente en
restaurantes (inclusive los que pretenden ser sofisticados) y en el simple
consumo privado. Se repite que el vino tinto debe tomarse a “temperatura
ambiente” y sin saber exactamente cómo es eso y de dónde viene, aquí en Santa
Cruz lo toman a temperaturas de más de 30 grados, en una rara aproximación hacia
la sopa....
El error estriba en captar literalmente lo de “temperatura ambiente”. Por
temperatura ambiente se entiende la europea promedio:18 grados con 50% de
humedad, no los calores de nuestra ciudad. Por tanto, lo que corresponde para
degustar apropiadamente aquí un buen tinto es tomarlo fresco, manteniéndolo en
un aparato especial o heladera que lo refrigere adecuadamente. Les puedo
asegurar que consumir así el vino tinto es mucho más agradable que hacerlo
caliente, como casi todos lo sirven en este pueblo.
Si del tinto pasamos al blanco, éste debe estar obviamente más frío, normalmente
entre 8 y 10 grados. El champagne tampoco debe estar ‘helado”; 6 u 8 grados
bastan y sobran.
Tomen el vino como les aconsejo. No se arrepentirán. Si van a un restaurante y
-como casi siempre hacen- les traen el vino tinto natural (caliente), pidan un
balde de hielo y enfríenlo por un rato hasta que adquiera los 18 grados.
Bueno, alguna vez había que dedicarse a un tema frívolo. ¡Salud!