img_logo.gif (2140 bytes)

img_arribadeber.gif (4941 bytes)

  • STAFF   COMENTARIOS   CONTACTARSE   

Noticias

Portada                 

Santa Cruz            

Seguridad             

Nacional               

Internacional          

Economía             

Deportes               

Sociales               

Escenas               

El Deber como tu Página de Inicio

btn_secciones.gif (615 bytes)

Editorial                

Opinión                 
Lectores               
Club de Lectores
Clima              

btn_suplementos.gif (615 bytes)

 

 

 

 


EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 13, Febrero de 2005  

>>    Poner término a la impunidad

No es sólo por los sucesos trágicos que pusieron su profunda nota de dolor en la versión 2005 del Carnaval cruceño, que realmente dejaron conmocionada a nuestra grande familia y que incluso causaron impacto en el sentir nacional.
No es sólo la contingencia de una fiesta en que, como es sabido, se dan excesos en el consumo de alcohol, supuestamente de otros estimulantes orgánicos que alteran los sentidos y desencadenan las pasiones humanas.
No es sólo la tolerancia, la permisividad, la indiferencia y hasta la negligencia en el cumplimiento de deberes inexcusables, tan manifiestas durante las ruidosas fiestas del dios Momo, lo que produce brotes alarmantes de criminalidad.
Aunque nos duela reconocerlo, aunque nos cueste admitirlo, es cierto que estos brotes alarmantes de criminalidad están a la orden del día, justamente en esta ciudad nuestra de Santa Cruz de la Sierra que, hasta hace muy poco tiempo, se tenía por muy fraternal, por muy cálida, por muy acogedora, por muy respetuosa de las leyes de Dios y de las de los hombres también. Y no precisamente porque hubiese llegado la hora del Carnaval. Los brotes de la criminalidad ya forman parte de nuestro quehacer cotidiano.
Allí es donde está la parte realmente terrible del problema. Una lógica que tomamos de los pelos para medio consolarnos, nos induce atribuir a los excesos carnavaleros los ásperos brotes del crimen. Pero en el fondo no hay quien ignore que tales brotes oprobiosos ya son figura corriente dentro de los cuadros cada vez más nutridos de nuestras desdichas y miserias.
Mirando un poco más en el fondo del problema, somos del criterio que tanto o más que los descontroles carnavaleros tiene que ver con los pavorosos brotes del crimen, la impunidad en que se mueven muchos, por no decir todos, los criminales. Una impunidad que deja la impresión de no tener solución. Una impunidad que, consiguientemente, alienta a los criminales para reiterarse en la comisión de sus crímenes. Una impunidad, en fin, que es el mejor caldo de cultivo para esos especímenes humanos que vienen con la mentalidad torcida y con el torrente sanguíneo realmente envenenado.
El paso más importante según nuestro modesto juicio, para alzar una barrera contra el crimen, no es la supresión del Carnaval, ni la modificación de las reglas a que debe ajustarse, ni la intervención directa y rectora del Gobierno Municipal de la ciudad. Por ahí no andan las cosas porque el crimen, lo reiteramos, no es una peculiaridad de las carnestolendas. El crimen es más el producto de los desajustes sociales en que nos estamos precipitando. Hay que empezar por reforzar las organizaciones que tienen a su cargo la defensa de la vida de las personas y de sus bienes. Hay que encarar de manera efectiva su equipamiento, tanto en lo tocante a medios de transporte y de comunicación, como en lo concerniente a armamento y otros elementos auxiliares. Hay que mejorar los niveles de conocimiento del personal asignado a esta materia y, muy importante asimismo, remunerarlo adecuadamente, como corresponde al rol que está llamado a desempeñar. Y, en definitiva, hay que hacer, asimismo, un ajuste severo en el aparato de la administración de justicia y entre el personal que maneja ese vital aparato, de modo que, por todos los medios, se impida que la impunidad continúe. Mientras haya impunidad, la delincuencia, el crimen, irán siempre en aterrador aumento, sea en tiempo de Carnaval o no lo sea.


La cultura del vino en Santa Cruz

Dominicus

De un tiempo a esta parte se ha incrementado el consumo del noble fruto de la vid en la capital oriental y en toda Bolivia también. La industria nacional ha hecho importantes progresos, estimulando así que la gente beba vino en lugar de cerveza, whiskies, ‘coctelitos’ y demás parafernalia etílica. Asimismo, el comprador tiene opciones de buenos vinos importados. Todo es cuestión de preferencias y plata.
El vino tinto, en particular, ha tenido un notorio repunte reforzado por los estudios sobre su conexión positiva con propiedades antioxidantes, prevención de enfermedades cardiovasculares, etc. Se afirma que debe tomarse por lo menos una copa de vino tinto por día por razones de salud. Sea esto último o simple placer, lo importante es la moderación. Todo exceso llega a ser peligroso y adictivo. Cada cual debe saber sus limitaciones y ser prudente.
Más allá de esta elemental observación, es un hecho que el vino tinto es -de lejos- mucho menos dañino que cualquier otra bebida alcohólica y si a ello le agregamos sus potenciales virtudes, no es extraño que las ventas hayan crecido. Falta sí, una cultura cruceña en torno al vino. Esa falta es patente en restaurantes (inclusive los que pretenden ser sofisticados) y en el simple consumo privado. Se repite que el vino tinto debe tomarse a “temperatura ambiente” y sin saber exactamente cómo es eso y de dónde viene, aquí en Santa Cruz lo toman a temperaturas de más de 30 grados, en una rara aproximación hacia la sopa....
El error estriba en captar literalmente lo de “temperatura ambiente”. Por temperatura ambiente se entiende la europea promedio:18 grados con 50% de humedad, no los calores de nuestra ciudad. Por tanto, lo que corresponde para degustar apropiadamente aquí un buen tinto es tomarlo fresco, manteniéndolo en un aparato especial o heladera que lo refrigere adecuadamente. Les puedo asegurar que consumir así el vino tinto es mucho más agradable que hacerlo caliente, como casi todos lo sirven en este pueblo.
Si del tinto pasamos al blanco, éste debe estar obviamente más frío, normalmente entre 8 y 10 grados. El champagne tampoco debe estar ‘helado”; 6 u 8 grados bastan y sobran.
Tomen el vino como les aconsejo. No se arrepentirán. Si van a un restaurante y -como casi siempre hacen- les traen el vino tinto natural (caliente), pidan un balde de hielo y enfríenlo por un rato hasta que adquiera los 18 grados.
Bueno, alguna vez había que dedicarse a un tema frívolo. ¡Salud!

 

Contáctese con nosotros: editorial@eldeber.com.bo

< Anterior ^Arriba


Portada | Internacional | Nacional | Santa Cruz  | Economía | Deportes | Sociales | Escenas
EditorialOpinión | Contactarse | Staff


© Copyright 2004, El Deber. Todos los derechos reservados.