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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 12, Febrero de 2005

../20050212/images/na4.jpg‘Febrero Negro’ dejó 31 muertes en la impunidad


Injusticia. Pasaron dos años de la masacre que asoló al centro de la sede de Gobierno. Hubo dos informes de los hechos, en ninguno se determinó responsabilidades de las tres decenas de muertos y de los 143 heridos


Erick Ortega

David Vargas / Ex mayor de Policía «Las muertes son responsabilidad política”

Hace dos años que los familiares de las víctimas de Febrero Negro esperan a que se haga justicia por la revuelta que duró dos días y que causó 31 personas fallecidas y 143 heridas.
Todo empezó a las 13:30 del 12 de febrero de 2003. Ese día la historia del país comenzó a cambiar. Jornadas atrás, el Gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada había anunciado que implantaría un ‘impuestazo’, pero pronto encontró una férrea oposición entre los grupos sindicales. Un segmento de la Policía se amotinó, ese miércoles 12 de cielo despejado, los militares decidieron tomar el control de la ciudad de La Paz a punta de armas.
Durante 48 horas, las malas noticias se esparcieron como perdigones por la sede de Gobierno. Entre el 12 y el 13 de febrero murieron 31 personas, la mayoría como consecuencia de los proyectiles de armas de fuego usadas por los uniformados, según los informes del fiscal Santiago Duarte, el médico forense Freddy Torrejón y el investigador de la División de Homicidios Freddy Medina.
No fueron los únicos afectados. El Defensor del Pueblo también tiene registradas a 143 personas heridas.
A pesar de que el Gobierno canceló las indemnizaciones de los familiares de las víctimas, el dinero no alcanzó para reparar el daño. Desde entonces, los afectados de Febrero Negro reclaman un juicio justo.
“El ex viceministro José Luis Harb nos decía: ya les hemos pagado, qué mas quieren”, se lamenta la señora María Calcina, cuyo hijo de 16 años falleció cuando pasaba por el lugar.
Ella no levantó el dinero de la indemnización y lo dejó en la Fiscalía para adelantar el proceso. En determinado momento se les dijo a los familiares que el juicio se estancaría debido a la falta de plata.
Aparte de los familiares, el Gobierno de Sánchez de Lozada solicitó la intervención de la Organización de Estados Americanos (OEA) para elaborar un informe sobre los acontecimientos.
El referente inmediato era la participación de la institución en la masacre de Navidad, ocurrida en el anterior gobierno de Goni. En ese entonces la OEA no determinó responsabilidades.
En mayo de 2003, entre sus conclusiones, la entidad estableció que: “Las Fuerzas Militares actuaron en defensa de la democracia y del Estado de derecho ante el ataque policial, y actuaron de forma contenida y proporcional, así se haya dado tan alto número de víctimas”. Respecto a la labor de la Policía se estableció que ésta había realizado una “insubordinación contra la Constitución y las leyes bolivianas”.
El informe fue elaborado por criminólogos colombianos, brasileños y personal del FBI. Nunca contó con el respaldo de los familiares de las víctimas ni de Derechos Humanos, y tampoco con el del Defensor del Pueblo.
Esta última entidad presentó un video al Ministerio Público en el que se demuestra cómo cuatro militares disparan hacia la población civil. Entre las pruebas para empezar un proceso judicial ordinario también se mostraron los videos y las fotografías realizados por los medios de comunicación que cubrieron las manifestaciones populares.
Un año después de las muertes, el juicio de los militares avanzó, pero impulsado por ellos mismos.
El tribunal castrense, dirigido por Óscar Azcárraga, procesó a los cuatro implicados en el video de la Asamblea de Derechos Humanos (Gróver Monroy Aliaga, Rafael Enrique Mendieta, Yamil Édgar Rocabado y José Enrique Costas). Todos quedaron libres.
El almirante Azcárraga afirmó que las víctimas que murieron en las inmediaciones de la plaza San Francisco no habían recibido disparos de los militares. Además señaló que el ángulo de tiro de los uniformados era diferente al que mató a la enfermera Ana Colque y al obrero Wilmer Collanque, y dejó secuelas a la doctora Carla Espinoza.
Este juicio se constituyó en uno de los principales obstáculos para llevar a los uniformados a un proceso por la vía ordinaria. Según las leyes bolivianas no se puede juzgar a una persona dos veces por el mismo delito.
En primera instancia, el caso había sido propuesto a la sala tercera del Tribunal de la Corte Superior de Distrito de La Paz, pero desde ahí derivó al tribunal militar.
“Se trató de un juicio inventado y por eso no es válido”, argumenta Waldo Albarracín, Defensor del Pueblo, a dos años de los acontecimientos.
El proceso fue retomado por el Ministerio Público, pero hasta ahora no hay avances. Lo único que se escucha del caso son las quejas de las chicanas presentadas al fiscal adscrito al caso, William Alave.
Esta semana, los únicos cuatro acusados por la masacre estaban a punto de ser declarados rebeldes por no someterse a la justicia ordinaria. Esto sólo quedó en intención.
“Se está creando una cultura de la impunidad para los militares y eso no puede ser”, afirma Albarracín. Pese a todo él no se resigna.
Los familiares de las 31 personas que fallecieron en esas jornadas tampoco olvidan. Las heridas del 12 y 13 de febrero de 2003 continúan abiertas.
En esos dos días murieron 11 policías que lucharon contra el alza de los impuestos. Cuatro militares perdieron la vida por defender a un Gobierno que cayó ocho meses después; la mayoría de ellos eran soldados de 18 años. El resto de las víctimas fueron civiles y sus familiares no tienen la memoria frágil.
“Hay que tener fe nomás; algún día la justicia llegará”, comenta María Calcina, que no olvida la última sonrisa que su hijo le dejó el 12 de diciembre.

La médica Espinoza fue operada 12 veces, le faltan 5 cirugías más

El último recuerdo que tiene la médica Carla Espinoza del 13 de febrero de 2003 es el del cuerpo inerte del albañil Wilmer Collanque. “Me subí a una escalera en forma de ‘A’, rompí la calamina plástica, saqué mi bandera de la Cruz Roja, jalé el cuerpo de la víctima, quería bajarlo de ahí y de pronto quedé inconsciente”.
Eran aproximadamente las 14:00 cuando la doctora acudió a prestar auxilio a la víctima caída en el techo del edificio con el número 202 de la calle Jenaro Sanjinés; en ese instante recibió el disparo y tuvo que ser trasladada al Hospital General de Miraflores.
Luego de que la bala le perforó el rostro la doctora quedó inconsciente. Cinco meses después despertó en una cama de un nosocomio chileno.
Junto a ella estaba su madre. La misma mujer que el 13 de febrero le aconsejó que no salga a la calle y que evite ir a las zonas de mayor riesgo.
Al abrir los ojos la mujer de 29 años tenía muchas cosas que preguntar. No pudo hacerlo porque la bala que recibió le partió la lengua.
Desde entonces hasta ahora su cuerpo recibió doce operaciones; le faltan cinco. Ella sabe que su vida no será la de antes porque sufrió daños irreversibles.
Dos años después la doctora no encuentra explicación alguna a la actuación de la persona que apretó el gatillo teniéndola en la mira. “Siento impotencia, tristeza y rabia”. Toma un respiro y vuelve a elaborar sus palabras: “Rabia porque mi trabajo era salvar vidas y no respetaron ni la bandera de la Cruz Roja”.
Ya identificó a los responsables de su desgracia. Tiene como prueba un video de Derechos Humanos en el que cuatro militares disparan hacia el sitio en el que ella estaba.
Pese a que le faltan palabras, Espinoza no abandona los deseos de justicia. Por eso fue a declarar al Ministerio Público el pasado 17 de enero. “Esto no debe quedar en el olvido”, dice.

Julián: el hijo que no volvió a casa

“Julián era un muchacho con muchas ganas de vivir. Era cariñoso, hogareño…”, las palabras de María Calcina brotan con dificultad, pero continúa: “Tenía gran sensibilidad y era muy bueno conmigo…”. No puede más y el recuerdo convierte en llanto a su voz.
Una vez que se calma, deja deslizar los últimos recuerdos de su hijo, que murió a los siete días de cumplir 16 años. Lo imagina alistándose para ir a su colegio Italo Boliviano, ese fatídico 12 de febrero.
Calcina recuerda que a la una de la tarde se encontraba en el atrio de la Alcaldía encabezando una protesta porque el Concejo había anunciado el cobro de un impuesto al sector.
Luego de una reunión con el alcalde, los comerciantes obtuvieron una respuesta favorable, el reloj marcaba las 14:00, según la mujer. En ese momento su hijo almorzaba cerca a la plaza Pérez Velasco. Luego fue en busca de su madre, caminó hacia la Alcaldía, a un par de cuadras de la Plaza Murillo. Todo indica que allí encontró la muerte.
A las seis de la tarde Calcina estaba segura de que Julián se encontraba con su padre, y éste pensaba que su hijo se hallaba al lado de su madre.
A esa hora los periódicos lanzaron ediciones extras a las calles y se especulaba que más de 10 personas habían muerto cerca de la Plaza Murillo. Fue entonces que la preocupación hizo presa de Calcina. Se comunicó con su esposo y él le dijo que no tenía noticias de Julián.
Emprendieron una peregrinación por los hospitales de la ciudad. El último lugar al que decidieron acudir fue a la morgue. Ella no entró porque estaba segura de que su hijo no estaba allí.
Minutos después escuchó el alarido de su esposo. “Mi hijo estaba allí, con toda la barriga abierta”, habla con un nudo eterno en la garganta.
“Pensar que quería ser militar...” comenta entre suspiros. Luego añade: “Sé que ellos lo mataron y no descansaré hasta que se haga justicia”.

El proceso

Febrero de 2003. El Gobierno de Sánchez de Lozada pidió a la OEA que realizara un informe sobre los trágicos sucesos.
Mayo de 2003. Entre las conclusiones del informe, los investigadores aprobaron el desempeño de los militares y criticaron la tarea de “insubordinación” de la Policía.
Febrero de 2004. Los militares empezaron un proceso interno para determinar las responsabilidades de cuatro de sus miembros. Éstos fueron descubiertos mientras disparaban a objetivos civiles, cerca de la plaza San Francisco. Los uniformados quedaron libres.
Enero de 2005. El caso es retomado por el Ministerio Público y la doctora Espinoza presta su declaración. Lleva consigo la bandera ensangrentada de la Cruz Roja que no respetaron los uniformados.
Febrero de 2005. Los militares procesados estaban a punto de ser declarados en rebeldía por no someterse a la justicia ordinaria.

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