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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 10, Febrero de 2005
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Una explicación a la respetada Catalina
No acostumbro lanzar la piedra y esconder la mano. Soy el autor del editorial
de que usted se ocupó en su artículo de prensa publicado aquí el 05.02.05.
Vistas las cosas como usted las ve, supongo que de muy buena fe, su artículo,
incuestionablemente, es cabal, inobjetable. Pero vistas las cosas como yo las
veo, igualmente de buena fe, mi editorial cuestionado no es menos cabal, no es
menos inobjetable, y las razones son las siguientes:
1.- Todos los movimientos cívicos, sociales o políticos que se generan en Santa
Cruz de la Sierra, producen urticaria en las “alturas”, de donde invariablemente
llegan voces condenatorias que ponen en la picota del escarnio todo lo que es
cruceño y, últimamente, de modo particular, a la execrable oligarquía que, por
lo que parece, se encuentra hasta en la leche. Pero allá ellos, desde las
alturas, con sus argumentos y sus razones para descalificar los gritos de
rebeldía y de reivindicación que se dejan sentir desde nuestras ardorosas
llanuras.
2.- Mas, si no tenemos porqué esperar que desde las alturas nos apoyen y peor
que nos aplaudan, a lo menos a que podemos aspirar es a que nos guarden respeto
en nuestro propio patio, ni siquiera que se sumen a nuestras causas. Repudiar
que nos abran fuego desde dentro es legítimo, sobre todo si se tiene en cuenta
la forma fraternal con que acogemos a los que llegan a compartir nuestros
destinos. Eso quiso traslucir el editorial y alguna otra lectura que se le dé,
corre por cuenta de cada cual.
3.- Afirma usted, asegurando que le consta, que fueron nuestros ayoreos,
nuestros chiquitanos, nuestros guarayos los que se movilizaron, de todas maneras
en número muy escaso, con el objeto de hacer tronar su artillería, que gracias a
Dios no pasó de ser fuego de artificio. Pues yo, y verdaderamente me consta
porque estuve muy cerca del bailecito, debo reconocer que realmente revistaron
en la quinta columna unos ayoreos, unos chiquitanos, unos guarayos, tantos como
los dedos de una o de dos manos. El grueso, que no fue tan grueso, fue de los
mal llamados “colonos”, de los bloqueadores de San Julián, de los asaltantes de
tierras de Pailas y de otros yerbajos, que es bien sabido de dónde proceden. Por
lo demás, es un secreto, pero a voces, aquel referido a la identidad de los que
mueven esta forma de avasallamiento de que somos víctimas en nuestro propio
patio, siempre cálido, siembre abierto, siempre fraterno.
Pedro RIVERO MERCADO
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