No alcanzamos a comprender qué es lo que nos está pasando. No
alcanzamos a entender de dónde proviene ese manto de tragedia de que parece
estar envuelta nuestra tan pregonada y esperada fiesta grande del Carnaval. No
entendemos de dónde nace la violencia ni en qué vericueto adquiere ímpetu
desolador.
Pero allí está el manto espantoso de la tragedia y allí está, asimismo, la
violencia desenfrenada. Y a influjos de la tragedia, por un lado, y de la
violencia, por el otro, este Carnaval de nuestro Santa Cruz de la Sierra, que
otrora deslumbraba por la belleza de las mujeres, por la gallardía de los
hombres, por el buen gusto de los carnavaleros, por la música alegre, los bailes
chispeantes, los juegos infatigables y hasta los dulces romances, hoy se
zambulle en baños de sangre.
Porque la tragedia acecha, porque aguarda agazapada en una esquina o a mitad de
la cuadra, un joven optimista y alegre carnavalero da un paso en falso, pierde
pie, cae y enluta hogares apreciados. De manera despiadada, la tragedia se ha
patentizado y ha hecho trizas un mundo de esperanzas y de ilusiones.
Los accidentes, en realidad, se dan en cualquier momento. Pueden ocurrir en
Vienes Santo o en Pascua o en las circunstancias más inimaginables, en fin, Pero
que los accidentes se produzcan durante el Carnaval, en el que toca a su
término, en el anterior aún y en el de más atrás todavía, ya es cosa que tiene
que movernos a sorpresa y más que a sorpresa a temor. ¿Será que realmente un
halo de tragedia envuelve a la fiesta grande de los cruceños?
Lo de la violencia fratricida, lo de la violencia que hace correr sangre y que
cobra vidas humanas, generalmente de jóvenes que están empezando a vivir, es más
preocupante todavía. ¿Qué factores son los desencadenantes de esa violencia que
trunca preciosas existencias, que abre tantas heridas, que hace sangrar
corazones de padres, hermanos, amigos, pueblo en última instancia?
¿Es acaso el excesivo consumo del alcohol, de las drogas o de otros estimulantes
lo que desata la violencia homicida que se hace presente de manera puntual en
nuestro Carnaval? ¿Es, por ventura, que la tenencia de armas mortíferas se ha
vuelto incontrolable e irreprimible, hasta el extremo de formar parte, las
mortíferas armas, del atuendo corriente de los carnavaleros?
¿Es que las pasiones humanas, los resentimientos malignos, los odios viscerales,
se sueltan, se expanden en ondas irresistibles a causa del frenesí de los
bailes, del jolgorio en punto de ebullición?
Creemos que este halo fatídico del Carnaval cruceño debe ser objeto de una
investigación por cuenta de sociólogos y humanistas altamente calificados.
Tenemos entidades cuya misión, supuestamente, es la de organizar la fiesta
grande y de llevarla a feliz término. Tenemos, además, la fuerza pública,
encargada de velar por la seguridad y la vida de las personas. Entre todos,
autoridades, instituciones y gente de buena voluntad deben ponerse de acuerdo
para devolver sus buenos pergaminos al Carnaval cruceño o, en su defecto, ver la
forma de ayudarlo a buen morir.
O aportamos todos o Santa
Cruz arde como el infierno
Marcelo Rivero
El jueves 3 de febrero se produjo un incendio en el Plan Tres
Mil con pérdidas materiales considerables para los comerciantes propietarios de
las casetas que ardieron, pero que por fortuna no dejó víctimas humanas. Al día
siguiente otro incendio se declaró en una empresa del centro con daños más
cuantiosos pero, como en el caso anterior, gracias a Dios ninguna persona sufrió
quemaduras u otro percance que afectase su vida.
En ambos siniestros, tal cual acontece desde siempre, los bomberos de la policía
y los voluntarios se vieron en figurillas puesto que carecen de carros en número
suficiente y en óptimas condiciones, asimismo de mangueras, ropa y demás
elementos que les posibiliten cumplir su importantísima tarea con eficacia y sin
tener que arriesgar la vida más de lo debido.
¿Cuántas veces se habrá tratado este tema desde que Santa Cruz de la Sierra dejó
de ser la pequeña población de hace poco más de cuatro décadas, para convertirse
en capital de 500 mil habitantes, luego de 800 mil y ahora de al menos 1,2
millones? Incontables sin duda y los individuos que pueden expresarse en los
medios de comunicación, los expertos en la materia, diversas autoridades y los
vecinos en general han opinado de manera unánime en sentido de que es una
auténtica temeridad que a estas alturas de los acontecimientos estemos en
pañales a la hora en que se produce un incendio. Infelizmente, salvo algún
“calmante”, de la lata no se pasó a la acción y la “locomotora del país” -porque
ya le quedó chiquitingo eso de “capital económica de Bolivia”-, sigue sin
cuerpos de bomberos como los tienen hasta las aldeas en naciones medianamente
avanzadas.
Santa Cruz debe ser la única ciudad del planeta que pasó con holgura el millón
de almas, y mal que mal con un comercio y una industria activos y con un
movimiento de gente que va y viene a los centros educativos, a los de salud, a
las oficinas públicas y particulares, etc. Sin embargo no dispone de un cuerpo
de bomberos policial regularmente equipado y en el colmo de las desventuras los
voluntarios -que en el mundo entero destacan por su capacidad de reacción
técnica y humana- solamente poseen eso, voluntad.
Sí, ganas no les falta ni a unos ni a otros. Pero, como lo estamos constatando
cada vez con mayor frecuencia, si el Estado, si las autoridades locales, si las
instituciones y empresas, si la ciudadanía en general, vale decir si todos no
aportamos para que los bomberos de la policía y los voluntarios estén en aptitud
de cumplir su trabajo como manda el más elemental sentido de la seguridad
pública, cualquier rato veremos arder la ciudad como el mismísimo infierno.