En realidad, la fiesta grande de los cruceños empezó hace
rato. El Carnaval, que no es otra cosa que nuestra fiesta grande, desde tiempos
inmemoriales en Santa Cruz de la Sierra, viene a ser una especie de prolongación
de las celebraciones de la Navidad y del Año Nuevo. Nos justificamos, no sin
buenos argumentos, proclamando que este excesivo culto al jolgorio y a las
liviandades de la vida, es la manifestación del espíritu de nuestra gente.
Tomando en cuenta, entonces, que por lo menos el ambiente carnavalero se
instaló, igual que siempre, simultáneamente con los festejos de fin de año,
corresponde apuntar que la parte culminante de la farándula con que se rinde
pleitesía al dios Momo, comienza este domingo y se prolongará durante tres días
continuos, vale decir, hasta el martes venidero.
En el transcurso de los tres días, los grupos carnavaleros, muchos de ellos con
diez, veinte y hasta más de cincuenta años de vida, además de los nuevos y de
los que están estrenándose que nunca son pocos, salen a recorrer las calles, las
avenidas y las plazas de la ciudad en que el tráfico vehicular, gracias a Dios,
se reduce a lo mínimo, y en que las actividades laborales tanto públicas como
privadas se suspenden totalmente. Las metas de los grupos carnavaleros, durante
estos tres días de farándula, son las llamadas ‘casas de espera’ en que se dan
cita atractivas mozas, todas predispuestas para bailar y muchas, asimismo,
abiertas al filtreo. En las casas de espera, siempre hay a mano bebidas
refrescantes y frías cervezas que se expenden a precios corrientes, aunque nunca
faltan especuladores que se aprovechan de las circunstancias.
Hasta hace pocos años las casas de espera eran muchas, tres, cuatro o más en
cada barrio, y venían a constituirse en la pascana grata, en la que era posible
recuperar energías para proseguir la caminata bajo nuestros ardientes e
implacables soles tropicales. Pero de un tiempo a esta parte, el número de casas
de espera se ha reducido notablemente lo que determina que el ambular de los
carnavaleros, aparte de tedioso, genere adicionales fatigas y cansancios.
Sin que hubiese sido nuestro propósito, hemos proporcionado una especie de
pantallazo del carnaval cruceño, mejor dicho, de su desarrollo que
indudablemente va sufriendo perceptibles cambios. Este comentario lo concebimos,
más que con la finalidad de ilustrar sobre los usos de nuestra fiesta grande,
con la intención de hacer cordiales recomendaciones dirigidas, muy en
particular, a los jóvenes carnavaleros de nuestra linda y querida tierra.
Tal vez resulte muy trillada nuestra exhortación, pero en todo caso, nunca
vendrá demás. Que la diversión sea sólo entre los que están participando
activamente, que no se trata de incorporar por ningún medio, menos todavía por
el de la fuerza, a las personas que se mantienen al margen. Que no se abuse en
el consumo de bebidas alcohólicas o de otros estimulantes que son gravemente
dañinos para la salud física, mental y espiritual de quienes los consumen. Que
se respete el ornato público que, siendo tan pobre el nuestro, lo menos que
podemos hacer es conservarlo. Que se respete, de igual manera, la propiedad
privada, que no emporque las paredes de las casas, que no quede impresa en ellas
la mancha de una penosa falta de cultura.
La diversión va a ser completa si los carnavaleros se comportan conforme al
grado de civilización en que subsistimos, y con ánimo pacífico y fraterno.
Santa Cruz y sus amores no
correspondidos
Dominicus
Santa Cruz se parece a ratos a ese niño robot que vi en una
película y que lo único que pedía era ser amado, aunque lo maltraten e intenten
destruirlo. No de otra manera se explica esa verdadera y reiterada manía de
proclamarle amor a los otros ocho departamentos de Bolivia cuando se sabe de
sobra que –a la hora señalada– todos se desmarcan y nadie nos quiere ni nos
sigue. Desde los tradicionales y gratuitos ‘contreras’ (La Paz, Oruro, Potosí y
Cochabamba) hasta los pendulares, como Chuquisaca, y los pseudoamigos como Beni,
Pando y Tarija, los ocho tienen algo en común: unos más que otros, tarde o
temprano se han puesto, se ponen o se pondrán, contra Santa Cruz. En cada
oportunidad enarbolarán sus demagógicas banderas de ‘unidad nacional’ contra los
–para ellos– desalmados y díscolos cruceños que quieren pensar diferente, aunque
jamás hemos querido separarnos de Bolivia ni lo hemos proclamado, como sí lo
hicieron varias veces (está documentado) en La Paz, y ya no en 1898, sino desde
las lejanas épocas en que el archienemigo de la integridad boliviana, el peruano
Agustín Gamarra, campeaba por la urbe altiplánica como Pedro por su casa, hasta
que Ballivián –con la invalorable ayuda del ejército cruceño– le sentó la mano
en la gloriosa batalla de Ingavi (18 de noviembre 1841).
Pese a todo este bagaje, pese al poder intrínseco que tiene nuestra tierra
oriental y en un ejercicio que ya linda en la babosidad, la dirigencia cruceña
persiste en proclamar sus amores a toda costa; acepta contrita los repudios o la
aceptación –a regañadientes– de quienes no aman a Santa Cruz, aunque lo
necesitan y viven de esta tierra.
En la vida real de los humanos normales, tal cuadro no podría darse jamás. Si me
quieren, ahí estoy y doy más amor; si no me quieren, me voy a otra parte o hago
mi propia vida. Así de simple.
Pero no, entre los líderes de Santa Cruz la cosa es implorar ‘ad nauseam’ amor y
más amor. Asimismo, caer una y otra vez en hábiles manipulaciones. Hay que
reconocer que los collas son muy inteligentes, pues asustan a la dirigencia
local y ésta, en lugar de percatarse de lo tramado, hace exactamente lo que los
autores de la guerra psicológica quieren que haga. Ellos ganan sin combatir –don
supremo del estratega, según Sun Tzu– mientras acá el león se deja recortar la
melena. Al mismo tiempo, se siguen balbuceando palabras de amor que en la
contraparte nadie acepta y nadie quiere. Yo ya no entiendo nada...