Roy Prinz rompe cadenas. Autonomía tallada
Prinz no puede abstraerse de lo que pasa y creó una escultura de casi tres metros que representa los movimientos pro autonómicos de los últimos meses. Después de medio año de trabajo, tiene lista su escultura. Aspira a instalarla en un espacio público, como símbolo de lo que sucede en Santa Cruz
Pablo Ortiz
El mapa de Bolivia está ondulado, como una hoja de papel que sale de su
vaina. El envoltorio, en este caso, es una pieza de madera vieja, con apariencia
de podrida que aún mantiene anclado al mapa por el lado occidental. En el
oriente, las cadenas han sido rotas: Pando ya está completamente liberado al
igual que Beni, y Santa Cruz acaba de romper las cadenas y los eslabones aún
muestran la tensión de la ruptura. Sin embargo, el mapa aparece completo, sin
fisura y con una textura pulcra, que contrasta con la raída apariencia de la
vaina que la contenía. Eso es Autonomía, la escultura de 2,7 metros de altura y
80 centímetros de diámetro que Roy Prinz ha creado para graficar el momento
actual que vive Bolivia. Madera y metal se funden para crear una obra política,
intencionada que para este escultor de 50 años no representa otra cosa que el
deseo de una nueva generación de acabar con el centralismo “secante y podrido”.
La escultura de Prinz es algo angustiante. Genera en quien la ve un sentimiento
de peligro, de tensión. El mapa tallado en mara se ‘libera’ de su cascarón
podrido rompiendo cadenas, con violencia, y eso hace que el escultor reconozca
que el parto de su nuevo país no será fácil. “Es como el niño cuando nace. En el
primer paso, seguramente, se va a caer, el segundo también; pero luego comenzará
a caminar, como un individuo erguido”, dice, y no alcanza para generar cierta
tranquilidad.
Describe su intención como un gráfico del deseo de los cruceños y del oriente
por separarse del centralismo, pero no así de Bolivia. “Mi escultura es Bolivia
saliendo del centralismo podrido y viejo y el oriente rompiendo las cadenas,
pero salimos todos, los nueve hermanos unidos, en una Bolivia nueva, pero
autónoma”, dice.
En su opinión, la autonomía permitirá una mejor vivencia del país entero, con
una nueva concepción. “Quiero la autonomía para que mis hijos y mis nietos vivan
mejor. Con ella tendremos mayores recursos y más amplitud para nuestras
necesidades. Vamos a tener una mejor convivencia”, dice.
Para él, todo este movimiento, iniciado en el cabildo de junio del año pasado,
es fruto de la concepción y el pensamiento de una nueva generación, “de un nuevo
deseo de ser mejores, de cambiar esta situación magra en la que vivimos. Creo
que al final nos vamos a unir, que Santa Cruz está dando el primer paso para
unirnos de una forma nueva y diferente. Pues es hora de que pechemos todos para
que salga el nuevo país”, dice.
Prinz deja en claro que está de acuerdo con la concepción de autonomía, aunque
difiere un poco con las formas de llevarlas a cabo. Él preferiría que se diera
un paso a la vez, aunque justifica lo que sucede al decir que “hay que romper el
primer eslabón de la cadena que nos estaba oprimiendo”.
En los últimos años, la obra escultórica de Prinz ha estado marcada
eminentemente por la política. En 2000 creó la instalación Cama de sangre. En
ese momento, Evo Morales era más sindicalista cocalero que líder del Movimiento
Al Socialismo y tenía el Chapare completamente bloqueado. Las muertes por
enfrentamiento entre el Ejército y manifestantes amenazaban con generar una
guerra civil y Prinz no encontró otra manera de plasmarlo que con una Cama de
sangre.
En 2001, ganó la Bienal de Santa Cruz con El clavo del horror, una escultura en
metal que representaba a las Torres Gemelas de Nueva York atravesadas por un
enorme clavo. Para 2003, pretendía concursar en el Salón Internacional del Arte
de La Paz con una instalación denominada El bloqueo. Se trataba de tres cubos
que representaban la disputa que existía en el país por la exportación de gas.
Sin embargo, el 16 de octubre, su obra fue usada para bloquear las calles de La
Paz y echar del gobierno a Gonzalo Sánchez de Lozada. El bloqueo se convirtió en
realidad.
Para Prinz, su obra cumplió con el cometido y fue reinterpretada por el pueblo.
En su opinión, un artista no es otra cosa que la vivencia de los pueblos
reflejada a través de la manera de ver de una persona. “El artista siente, vibra
y capta los movimientos y sensaciones de la sociedad. No podemos estar fuera de
ese contexto”, dice.
En este caso, él, como artista, vibra con la autonomía y no encontró otra forma
de reflejarla que con el material más noble: la madera.
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