Empezó siendo un rumor lo de la renuncia del Prefecto de Santa
Cruz de la Sierra. Mas, a pesar de trascender originalmente como un rumor, en el
seno de la opinión pública se le asignaba un amplio margen de verosimilitud. A
jugar con cartas muy bravas, y en un momento álgido, se lo había obligado al
Prefecto. Y como la mano venía extremadamente dura, no podía descartarse una
salida por cualquier lado.
En un par de días, el rumor dejó de serlo y la confirmación de la renuncia se
produjo a la vista del documento firmado por la propia autoridad y dado a
conocer a través de los medios de comunicación, e incluso por boca del
renunciante mismo. Que renuncie un Prefecto en este país nuestro y en este medio
cruceño en que todavía padecemos el síndrome de la inestabilidad, no es cosa del
otro mundo, no deja mucho margen para el asombro ni para la pena ni para el
regocijo.
Sin embargo, en el caso del actual Prefecto renunciante a estas alturas, vale la
pena hacer algunas consideraciones, en razón de la obra desarrollada por la
autoridad, de un lado, y, del otro, de las tensiones cívico sociales en que ha
estado discurriendo la vida cruceña estas últimas semanas pre carnavaleras.
Se empeñó el Prefecto en ejercicio, en poner orden en las reparticiones de su
dependencia y en buena medida, al parecer, lo estaba logrando y cosas
significativas tenía logradas. Puso de manifiesto una madura capacidad
profesional y al mismo tiempo dio muestras fehacientes de la solidez de sus
convicciones pero sin encerrarse dentro de ellas, sin negarse a escuchar a los
que por diversas causas disentían de sus principios. Nunca fue el Prefecto en
ejercicio, más papista que el propio Papa. Cumplió con lo suyo, como era su
deber, pero con la conciencia, así lo creemos, sinceramente, de no estar
incurriendo en acciones u omisiones serviles e inconvenientes para el bien
comunitario.
Con una honradez que le viene por vieja herencia familiar, manejó los siempre
escasos recursos que se asignan al Gobierno Departamental. Buscó afanosamente
las formas para lograr que los fondos a su alcance llegaran allí donde las
necesidades eran mayores, donde más gente desamparada podía beneficiarse, donde
el área de su jurisdicción mejor y más oportunamente servida se vería. Pero si
no se hizo gran cosa, no fue culpa suya, no fue a causa del dispendio
irresponsable. Fue la consecuencia natural de nuestras pobrezas franciscanas.
Con su chispa siempre a flor de piel, el pueblo empezó a identificar al Prefecto
en ejercicio como el infatigable bombero, apagando hoy un incendio aquí, mañana
otro más allá y al día siguiente, en el extremo opuesto, uno nuevo. Un bombero
sacrificado y a tiempo completo, fue realmente el Prefecto, considerando la
multitud de incendiarios que tenemos sueltos en nuestro valle de lágrimas, ora
al asalto de tierras, ora bloqueando caminos, ora sitiando ciudades, ora
disparando nutrida metralla, en fin, contra la paz, el orden, el imperio de la
ley y el principio de autoridad. Tal vez si no lo hubiesen desgastado tanto como
bombero, el Prefecto en ejercicio hubiera dejado sentada una cátedra sobre el
ejercicio prefectural.
Supo moverse con discreción, con prudencia, con cabal sentido de hijo de esta
tierra, y ésta es la parte más destacada del otro lado de la medalla, en el
largo conflicto que tuvo en pie de lucha a las fuerzas vivas de Santa Cruz de la
Sierra que se manifestaron con el espíritu cívico bien templado. Si en la
coyuntura vidriosa en que todos, de una u otra manera nos vimos envueltos, el
Prefecto en ejercicio perdía los estribos y apelaba al expediente de la fuerza
bruta, vaya Dios a saber lo que pudo haber pasado. Ningún compromiso tenemos con
el Prefecto renunciante ni con nadie, pero estamos habituados a dar a Dios lo
que es de Dios y a César lo que es de César.
Ausencias que se dejan sentir
(III)
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Qué hermosa sombra la que proyectaba el viejo bibosi.
Ocupaba un lugar en el lado sur.
Segunda acera de la tranquila y tibia Plaza Principal que ya llevaba el nombre
de “24 de Septiembre”.
Frente al edificio que entonces era sede de la Corte Superior de Justicia.
Y en el que además se acomodaban los juzgados en materias civil y penal.
Con sus jueces, sus fiscales, diligencieros y otros funcionarios de los más
variados rangos.
E incluyendo a ése no muy numeroso, entonces, pero sí inquieto, nervioso como
siempre, mundo litigante.
El frondoso bibosi era una bendición.
Su sombra gloriosa, a muchos nos curó de la sofocación.
*****
Un viejo abogado se estableció a la sombra del bibosi.
Sus títulos eran legítimos.
Estaban en perfecto orden.
Era cosa que realmente no se podía negar.
Del bibosi, o más bien de su sombra, hizo su peculiar bufete.
Pudo llamarse bufete placero o bufete al paso o también bufete callejero.
Atención esmerada.
Al menos mientras dure la luz del sol.
No se habla inglés.
*****
En su bufete al paso, el viejo abogado firmaba escritos.
Por supuesto que en papel valorado y con los timbres de ley.
Pero los escritos había que llevarlos redactados ya.
Seguramente el abogado no poseía máquina de escribir.
O si la tenía, en la Plaza Principal, en su bibosi-bufete, no hallaba donde
colocarla.
Por eso los escritos había que llevarlos listos.
Sólo para la rúbrica del letrado.
Así funcionaba el despacho.
Así se desempeñaba nuestro viejo abogado del bibosi-bufete.
*****
Digna de admirar la rúbrica del abogado.
Tal vez ni el mismo diablo tuvo nunca una firma con tantos floreos como la de
nuestro personaje.
Lazos y más lazos por arriba y por abajo.
Quienes requerían de su firma coincidían en que lo que cobraba era el trabajo
que le significaba dibujar tantos floreos.
Y en rigor de verdad, sólo cobraba unos cuantos reales.
Apenas lo suficiente para pagarse un cafecito antes de despestañar la siesta,
que hacía allí mismo, en su bibosi-bufete.
El abogado desapareció.
Igual que el bello bibosi.