Sin escrúpulos
Cecilia Moreno
Me sumo a las opiniones de quienes se sienten agredidos y ven con perplejidad
cómo Enrique Salazar impunemente manosea a las personas, las humilla a su gusto
y ofrece en bandeja la tragedia a los televidentes, a quienes buscan informarse
y a quienes sienten atracción especial por las arenas. El objetivo es claro:
aumentar el ‘rating’, el medio usado: Red Uno; el beneficio que se alcanza:
poder económico y político para los dueños del medio y sus gestores.
Admito que mi ingenuidad se ve afectada y que aún me impresionan estas
groserías. No he perdido la esperanza de una sociedad que dignifique y respete
al otro y que trabaje en función de ello. También me parece de película imaginar
al director y al dueño del canal, con su sonrisa afable, aplaudiendo y
frotándose las manos por el circo que ofrece Salazar y alentando tamaña
desventura de las víctimas del canal porque es rentable.
Recuerdo a Gladys Moreno respondiendo con dignidad a tamañas insinuaciones; me
viene a la mente Gil, con joven ímpetu, defendiéndose tercamente y poniéndose a
tono con el azuzador. Recuerdo lo insidioso de las preguntas a los candidatos a
alcalde que pasaron por el programa, arriesgando su prestigio y la privacidad de
sus vidas, y también al prefecto haciendo gala del autocontrol que le impone su
papel, contrastando con altura moral los insultos del desprestigiado
comunicador, tan esencialmente primario y quizás por eso peligroso.
La gente sabe que en países donde se respetan los derechos de las personas, el
proceder de Salazar debería, cuando menos, tener sanciones públicas para él y
para el propio canal, que incurre en morbosidad y abuso de poder, en tanto medio
de comunicación masivo.
El desprestigio de Salazar es, a todas voces y a callados medios, la
responsabilidad de los que están atrás también. Finalmente, en este Estado de no
derechos, quedan pocos caminos: el de ahogarnos individualmente, el de
desahogarnos colectivamente, o el de hacer y decir lo que se siente, que es una
forma de ganar el cielo.
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