Cada vez se hace más difícil, sensiblemente, en nuestro país,
trabajar esforzadamente e invertir los frutos de ese trabajo esforzado y de
mucho sacrificio personal, generalmente, en la conformación de un patrimonio
personal o familiar.
Y no sólo que se hace cada vez más difícil. Lo peor está en que se corre el
riesgo de perder los frutos del esfuerzo y del sacrificio a merced de grupos
organizados a los que se da diferentes denominaciones, se les reconoce
implícitamente un estatus, pero que, en el fondo, no son otra cosa que
asaltantes vulgares y con el agravante del respaldo irracional de la fuerza
bruta.
Para ilustrar lo arriba expresado, basta con remitirse a los asaltos de los que
sistemáticamente son objeto las propiedades rurales. A despecho de títulos
legítimos, de pacífica posesión a través de años y generaciones, las propiedades
rurales están permanentemente expuestas a la codicia de los asaltantes, que no
lo pensarán dos veces antes de echarles el guante para acomodarse dentro de
ellas y erigirse, arma en mano, en detentadores omnímodos.
Con semejante amenaza pendiendo sobre la cabeza se está liquidando el espíritu
inversor de la buena gente que todavía queda en el país. ¿Vale la pena invertir,
-ésta es la gran duda-, lo que suele ser el fruto del esfuerzo y el sacrificio
de años y de generaciones, para que en cualquier momento cambie de mano
violentamente?
Están en su legítimo derecho, tienen sobradas razones, todos los que luego de
amasar con sudor, honradez y fatigas incontables, un patrimonio pequeño, mediano
o grande, lo transforman en divisas fuertes y lo sacan del país para depositarlo
en cuentas bancarias confiables del exterior. Están en su legítimo derecho,
asimismo, y sobran razones, si además de mandar al exterior los frutos del
trabajo sacrificado en procura de garantías y seguridades, abandonan las tierras
rurales, se repliegan hacia las ciudades e incluso deciden marcharse lejos del
país, esperanzados en no ser testigos de la debacle que, por lo que se ve,
espera a Bolivia.
En peor situación están todavía los inversionistas extranjeros, individuos, que
no son muchos, y empresas, que tampoco son tantas. Claro, frente a ellos, frente
a los extranjeros, ha brotado como hongos, alimentado ya se sabe de dónde y para
qué, una acentuada xenofobia, un rechazo, un repudio fatal e inapelable. En este
tiempo, nada de lo que lleve el sello de lo transnacional es bueno. Nada de lo
que se supone contaminado por el imperialismo conviene a los intereses de la
república ni del pueblo boliviano.
Vaya postura tan contradictoria, sobre todo si se tiene presente que con
nuestros propios recursos (¿?) no tenemos ni la más remota posibilidad de echar
a andar una empresa nacional ni para producir, con posibilidades de éxito,
mondadientes o escobas.
En las últimas horas, bajo la presión de la turbamulta, ha sido ahuyentada otra
inversión extranjera. No vamos a discutir si lo estaba haciendo bien o lo estaba
haciendo mal. Lo que en el fondo nos preocupa es el panorama sombrío que se le
está pintando en Bolivia a la inversión extranjera en particular. Y nos preocupa
porque, -de eso sí estamos seguros-, con nuestros propios recursos (¿?) nunca
llegaremos a ninguna parte.
No son malas palabras
Tertuliador ®® Desde el Mojón de la esquina
En nuestros buenos tiempos, algunas cosillas nos gustaban
abizcochadas.
Abizcochadas las tortillas de hojitas.
Abizcochada la yuca frita.
Abizcocha’o el puerquito al horno.
Abizcocha’o el pato también al horno.
Abizcocha’o el cuñapé.
En fin, todas nuestras comidas que se cocinaban en el horno, nos gustaban
abizcochadas.
Todos los manjares que se cocían en las brasas nos caían de chuparse los dedos
cuando nos salían abizcochados, o mejor, abizcocha’os.
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Ahora ya nadie habla de yucas abizcochadas.
Ni del cuerito del puerquito bien abizcocha’o.
Ahora la tortilla de hojita o está crocante o no está crocante.
Hasta el famoso pan de arroz del taquirari no está mal abizcocha’o.
Es famoso pan de arroz, simplemente no está crocante.
Y salvando el mejor criterio de los tantos pico-futres del que está lleno
nuestro amado campanario, yo creo que mejor le cae, a lo que tiene la textura
del bizcocho, el adjetivo abizcocha’o.
¿De dónde nos sale, entonces, lo de crocante?
¿Por qué cambiamos nuestras viejas formas de llamar a las cosas?
¿Qué de malo tienen?
De verdad, no son malas palabras.
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Tal vez no me lo van a creer, pero es la purísima verdad.
Muchas, muchísimas lunas hace, aquí en esta villa nuestra tan sencilla y tan
plácida, que no se usaba el ‘chau’ a la hora de las despedidas.
Nos despedíamos con una “hasta luego”.
O con un “nos vemos cualquier rato”.
O con un “hasta lueguito nomás” cuando el reencuentro era inminente.
O con un “adiós” cuando la separación tiraba para largo.
Hoy, hasta para dar la vuelta a la manzana, nos despedimos con un ‘chau’.
Aunque en honor de la verdad, cuando la despedida es por corto tiempo, el ‘chau’
se transforma en ‘chaucito’.
“Chau Pepe” es expresión que se utiliza cuando un amigo nos da en préstamo algo
que no pensamos devolverle ni en ésta ni en la otra vida.
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¿Y lo del besuqueo al encontrarnos y al despedirnos?
Eso sí que es reciente.
Para mí, muy lindo el besuqueo cuando me encuentro con Carla Morón o me despido
de Maricruz Ribera.
Por lo general, el besuqueo de saludo o de despedida, gracias a Dios, es entre
hombres con mujeres o entre mujeres con hombres o entre mujeres entre sí.
Pero está entrando de a poquito el besuqueo de saludo o despedida, entre
hombres.
No lo puedo evitar. A mí que soy benemérito, se me pone la carne de gallina.