La contaminación de las aguas del manso y cordial río Piraí
empezó hace muchos años. Desde aquellos tiempos en que por falta de
alcantarillas, las aguas residuales de nuestros hogares, las llamadas aguas
negras, eran vertidas dentro de pozos ciegos, empezó el calvario terrible del
acogedor, pintoresco y poético río Piraí.
Claro, los pozos ciegos, con el correr del tiempo rebalsaban de aguas
residuales, aguas negras propiamente dichas, y constituían, como es de imaginar,
un gravísimo problema doméstico que no sólo apestaba el ambiente hogareño y
hasta el de los vecinos, sino que además se convertía en poderoso foco de
infección y de transmisión de toda clase de enfermedades.
Es entonces, varias décadas pasan de ello, que aparecen muy oportunamente, sin
duda, las empresas que se especializaron en el desagotamiento de las aguas
residuales o aguas negras domiciliarias y en su consiguiente eliminación, además
de la limpieza de los mencionados pozos para que continuaran funcionando.
Pero como las aguas negras tenían que ser eliminadas, las referidas empresas
adoptaron el expediente fácil de verterlas en el manso cauce de nuestro
indefenso río Piraí. Allí fue donde tuvo su comienzo la despiadada contaminación
de las aguas del río que habría de acabar con toda la riqueza piscícola, que era
decorativa, preciosa y realmente doméstica y entrañable.
Pero no sólo se puso fin a la riqueza piscícola que contenían las aguas del
manso Piraí. Al mismo tiempo se liquidó la exuberante flora ribereña, hecha de
viejos, de centenarios arbolones, muchos de ellos de exquisitos frutos
silvestres como el pacay, por ejemplo, que se lo encontraba en abundancia. Y con
la flora, se le dio el tiro de gracia alevoso a la fauna, de inquietos y
graciosos animalillos, de aves de vivos y fascinantes colores y de trinos
celestiales. Y contaminadas las aguas, las arenas del río dejaron de ser
blanquecinas, adquirieron tonalidades barrosas y el paisaje sufrió en general
total deterioro.
Simultáneamente, a lo largo de las riberas del Piraí se establecieron
industrias, fábricas diversas cuyos desechos, sin mayores trámites, fueron
vertidos en el cauce del ya desahuciado río. Los desechos, casi todos con una
serie de componentes químicos letales, completaron la obra destructiva y
sellaron el destino fatal del Piraí, incluyendo su otrora bello entorno.
Sólo en Bolivia y seguramente sólo en Santa Cruz de la Sierra se pudo sacrificar
un don precioso de la naturaleza por las conveniencias materiales de unos pocos,
en desmedro de tantos y de tantos. Con toda seguridad que en cualquier otra
parte del mundo, en defensa del medio ambiente, de los pocos lugares de
esparcimiento accesibles para multitudes, aquellos que vertieron sus desechos en
el río habrían sido obligados a eliminarlos de otra manera, a tratar sus aguas
servidas para potabilizarlas, mas, en ningún caso, se hubiese permitido que se
consumara tanto daño a lo que hoy se conoce como ecosistema.
Los mal llamados colonos y otros caudillos locales ensimismados en razón de su
fuerza bruta y con el apoyo de políticos y politiqueros, pusieron su parte para
la deforestación de las riberas del Piraí y para hacer invivibles las
condiciones de ese ambiente.
¿Que se lo puede recuperar? No lo creemos. La naturaleza está mortalmente
herida.
Variaciones sobre la sandía
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
A la sandía, afortunadamente, aún no le han hecho taquiraris.
Tampoco carnavales, tampoco chobenas.
La sandía debe estar muy resentida por eso.
Si al totaí y al motacú los tienen de cortito con los taquiraris, los carnavales
y las chobenas, ¿por qué han olvidado a la sandía?
Lo más que se ha dicho de la sandía, en alarde de ingenio, ha sido “sandía
voladora”.
Y estaba referido a un jugador de fútbol, arquero él, que tenía, al parecer, la
contextura de una sandía y que “volaba” para atrapar las pelotas que le
disparaba el Diablo Etcheverry.
Pero, por lo demás, la sandía nunca fue tema de letristas folclóricos.
Y que sepamos, tampoco de salsas ni de boleros.
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La sandía, la rica sandía, en sus buenos tiempos, procedía de Paurito o de
lugares aledaños.
Adquiría dos formas clásicas.
O era redonda o era alargada.
Hasta tres formas, diríamos.
Y es que también había sandías ochavadas, tababeces.
Su jugoso, dulce y exquisito jane, que ahora se llama pulpa, (siempre supuse que
pulpa era la mujer del pulpo), o bien lucía rojo o bien amarillo.
Cuando el jane era blanco o rosado pálido, la sandía no se debía comer.
Se corría el riesgo de agarrar una diarrea de la gran seven.
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Ahora la sandía es perfectamente redonda o es perfectamente alargada, como
hechas en moldes.
Ya no hay sandías ochavadas o tababeces.
Y todas son rojas, cruce con urucú, afirman algunos, y aunque poco o nada tengan
de dulces.
Total, se las espolvorea con Ecqual y santo remedio.
Ya no proceden de Paurito, sino de una fábrica del parque industrial..
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Creemos en la sabiduría de la naturaleza.
Consideramos que no le pela nunca.
Pero no conseguimos explicarnos cómo una sandía adulta, seria, respetable, puede
tener siento y miles de semillas.
Que ahora se llaman pepas.
Para una sandía criada con todas las de la ley.
Amamantada con toda su leche.
Para una sandía de pelo en pecho, con una sola semilla grande bastaba y hasta
sobraba.
Pero resulta que una sola sandía tiene ciento y miles de semillas.
O la naturaleza le peló.
O se ha propuesto tomarnos el pelo.
¡He dicho!