Entre lo grotesco, la sinrazón
y el malestar social
Susana Seleme Antelo
Un entrañable amigo me hizo llegar el siguiente correo electrónico: “¿Los
chulupis, suchas, murciélagos y demás habitantes multiétnicos te han botado del
campanario? Hasta ahí llegan los loteadores. Si podés volver, desde esa altura
que te permite ver el horizonte, ayudame a salir de este país que se está yendo
a la mierda.” Primero me causó gracia por ingenioso. Pero luego me inundó un
estremecimiento desolado por la carga de humor negro y, quizás, hasta
premonitorio.
El alza del precio de los carburantes contribuye dramáticamente al malestar
social instalado en todo el país, y espero que no signifique que nos estamos
yendo a tal parte. Sin desconocer los componentes políticos, sociales y otros,
el origen de ese malestar sigue siendo, en última instancia, la persistente
crisis económica, la no reactivación productiva, la falta de empleo y trabajo
estables. Y el malestar se expresa entre lo grotesco y la sinrazón, entre la
intolerancia y la violencia.
El incremento de carburantes estaba contenido en el Presupuesto General de la
Nación que el Poder Ejecutivo envió al Congreso en octubre pasado, que los
parlamentarios rechazaron y devolvieron al Ejecutivo. En el plazo de ley, el
Presidente aprobó ese presupuesto, sin modificaciones. El incremento era una
exigencia de los organismos de financiamiento internacional.
Según un dirigente del sector soyero, el ‘dieselazo’ puede tumbar las 60.000
hectáreas de soya cruceña por falta de competitividad, pero en ese tumbe,
también tumbarán al Gobierno. Ojalá que esos catastróficos presagios no se
cumplan y que las autoridades, los sectores productivos y sociales encuentren
una salida razonable y racional, que nos aleje de fatales improvisaciones, de la
sinrazón, la violencia y la intolerancia.
Sinrazón fueron los actos de vandalismo que sufrieron la Prefectura y la sede de
los transportistas. No es que hubiéramos esperado pía mansedumbre de la
población ante el incremento del diésel, de la gasolina, del transporte público
y, por ende, de los bienes de la canasta familiar. Pero tampoco queríamos
violencia ciega.
Por otra parte, la sinrazón de esa violencia ¿merecía la intolerancia de los
dirigentes del transporte público que con un paro indefinido, en protesta por la
agresión a su sede, deja a cientos de miles de personas sujetas al
desplazamiento por la ciudad como malamente puedan?
Grotesco fue un programa de televisión local sobre el impacto del ‘dieselazo’.
Los televidentes fuimos testigos de un pugilato bochornoso entre el conductor
del programa y dos autoridades políticas cruceñas. En términos de ciudadanía
somos iguales autoridades y simples mortales, pero el ‘vos’, los gritos y el uso
de adjetivos desaprensivos tienen connotaciones de incivilidad, pues lo cortés y
el respeto no quitan lo valiente. Lo que descalifica ese hecho no fue sólo la
grosería de la imagen, sino lo grotesco de la manipulación en la construcción
mediática informativa.
¡A dónde nos conduce este malestar social, como si Bolivia y Santa Cruz no se
merecieran otras oportunidades para un mejor destino! O tiene asidero la ácida
ironía de mi amigo, que mantengo en reserva por respeto a la intimidad. Yo
seguiré en este campanario, aunque a veces el horizonte se vea loteado por la
sinrazón de la violencia y grotescas expresiones de intolerancia.
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