20 años después del choque
de Eastern en el Illimani
Misterio. El 1 de enero de 1985, un Boeing 727 de Eastern Airlines chocó con el Illimani. Murieron
todos los pasajeros; tres días después llegaron tres alpinistas bolivianos a recoger los restos de la historia
Erick Ortega
La tarde del 4 de enero de 1985 el miedo mordió el alma de
Bernardo Guarachi y lo dejó estático. La nieve caía impávida ante sus ojos y
detrás de ella observaba asientos de avión, alfombras, maletas destrozadas,
sangre, cueros de cocodrilo y fierros retorcidos.
Detuvo sus pasos y se sentó en la blanca nieve del Illimani, a más de 6.200
metros de altura sobre el nivel del mar. Estaba cerca del cielo pero se sentía
en el infierno. “Por primera vez sentí miedo, miedo de verdad”, comenta el
alpinista luego de veinte años de haber visto el peor desastre aéreo de Bolivia.
Guarachi no estaba solo en la cima; unido a él por una soga se encontraban Juan
Pablo Ando y Freddy Ortiz. El primero reprimió el llanto y el segundo permaneció
en silencio. Bajo sus pies estaban los restos del Boeing 727 de Eastern.
Cinco días atrás la nave estaba en Asunción y tenía a 28 pasajeros que estaban
ilusionados con llegar a Miami. Entre ellos se encontraba el hombre más rico de
Paraguay acompañado por su familia; también iban dos miembros del Cuerpo de Paz
de Estados Unidos y ocho coreanos. La tripulación estaba compuesta por chilenos
y norteamericanos.
El piloto que comandaba la nave, Larry Campbell, de Estados Unidos, surcaba los
cielos de Bolivia por primera vez. Según las grabaciones emitidas desde la torre
de El Alto, la nave cumplía su ruta normal entre Asunción y La Paz. A unos 500
kilómetros de distancia del Illimani recibió la orden de mantener su rumbo este
y conservar la altura, 32.000 pies. La tripulación comandada por Campbell hizo
lo contrario, bajó a 16.000 pies y giró hacia el norte. La excesiva nubosidad
seguramente ocultó al nevado y cuando el piloto vio venir su destino, levantó el
pico de la nave buscando altura. Fue demasiado tarde. El Boeing chocó con
violencia y dejó una gigante cruz en uno de los picos del nevado. “Todo estalló
como un globo”, dice el alpinista Juan Pablo Ando, intentando ser gráfico.
En octubre de ese año llegaron especialistas de Estados Unidos que fundamentaron
esta hipótesis. “Los cuerpos se desintegraron por el golpe y se deshicieron como
carne molida. Además, debido a su calor corporal, fueron absorbidos por la
nieve”, explica Bernardo Guarachi, que luego de 10 meses entendió la explicación
del suceso.
Sin embargo, ese día, parado sobre los restos del avión Guarachi sintió miedo.
Tuvo la sensación de que caminaba sobre cuerpos sin vida. Por eso sus pies se
deslizaban despacio. Detrás, sus compañeros lo seguían silenciosos. A estas
alturas habían olvidado el hambre y el frío de sus ropas húmedas, sólo les
interesaba hallar alguna identificación del avión.
El cónsul de Estados Unidos, Roy Fichte, había acompañado a los alpinistas hasta
los 4.950 metros del nevado y les había encomendado recuperar la caja negra del
avión.
En realidad se trataba de dos cajas anaranjadas, cada una medía 60 centímetros
de largo, por 20 de ancho y 30 de espesor. Ando y Ortiz no sabían estas
características, Guarachi sí. Según los alpinistas, la búsqueda fue en vano y
sólo se limitaron a sacar la carta de vuelo del piloto, algunos tickets de las
maletas y cartas con destino a Quito (Ecuador). Los restos del avión estaban
dispersos entre 200 y 400 metros.
Pasaron la noche allí. Les informaron de que iba a llegar un helicóptero a
recogerlos y por eso buscaron conciliar el sueño en las alturas.
Desde que ocurrió el accidente llegaron helicópteros desde Estados Unidos y Perú
con el objetivo de recuperar la caja negra. A partir del dos de enero se
realizaron unos 12 vuelos por la zona, pero las tormentas eléctricas y las
avalanchas hacían imposible el aterrizaje.
El cinco de enero los alpinistas descendieron de la montaña y contaron su
historia a cuanto micrófono se les ponía delante. En ese momento se enterró el
avión y empezó el mito de la tragedia en el Illimani.
Pese a que el accidente fue en territorio boliviano, las acciones efectivas
estuvieron coordinadas desde la embajada estadounidense, lo que inquietó a los
periodistas e hizo que pusieran en tela de juicio el trabajo de las autoridades
nacionales. Las Fuerzas Armadas bolivianas, mediante un comunicado que se envió
a los medios, reivindicaron su autonomía de acción en territorio nacional. En la
actualidad, el canciller de 1985, Gustavo Fernández Saavedra, prefiere no
escarbar en la historia y dice que el Gobierno hizo su trabajo.
Desde que Guarachi arribó a la ciudad fue acusado de haber levantado dinero y
pertenencias de los pasajeros del avión. El alpinista responde que su primera
charla con sus compañeros de escalada fue sobre el respeto a las personas que
murieron. “Además, así hayamos visto oro no podíamos levantarlo porque nuestras
vidas eran más importantes y no podíamos cargar demasiadas cosas”, dice el
alpinista, y hace referencia a los 30 kilos de equipaje que cargó en su espalda.
El miércoles 9 de enero de 1985, el relacionador público de Eastern Airlines,
Félix Forestieri, echó más hielo al accidente. “La nieve que caiga durante este
tiempo sepultará totalmente los restos del avión; creemos que si es decisión de
Dios, los restos se quedarán en el Illimani”, manifestó.
Después de estas palabras se prohibió el ascenso al nevado durante meses. En
octubre llegaron los expertos norteamericanos, hicieron excavaciones, volvieron
a su país y dejaron en el olvido el hecho.
Sin embargo, en el último ascenso de Guarachi al Illimani, en 2004, sintió de
nuevo el olor del miedo. “Parece que el Illimani está ensombrecido”, afirma, y
luego se da cuenta de que pasaron dos décadas de la tragedia del Boeing. “Ya se
han cumplido 20 años y no me he dado cuenta”, habla con su voz andina, llena de
misterio y de premonición.
Dudas enterradas con sábana
blanca
Cuando Bernardo Guarachi estaba a punto de llegar al lugar del
desastre recibió una orden por radio para suspender la búsqueda. El alpinista se
negó y una hora después le dijeron que podía seguir escalando. Hasta ahora no
comprende por qué recibió la orden, ni quién la envió. Ése es sólo uno de los
misterios que ensombrecen el caso.
Entre otras, está la historia de una azafata chilena que cambió su turno de
trabajo con otra compañera y así salvo la vida. Pero, su suerte fue parcial
porque un par de años después fue asesinada.
Para aumentar el enigma, el año pasado llegó Judith Kelley, esposa de uno de los
fallecidos del Eastern, y se reencontró con Guarachi. Ella comentó que fue
enviada a la cárcel por seguir investigando el tema y prefirió no profundizar
más en las heridas.
A esto se suman las preguntas enterradas en la caja negra. Por ejemplo, nadie
explica por qué el piloto cambió el rumbo.
En la caja negra se encuentran almacenadas las últimas instrucciones del piloto.
Estos datos son fundamentales para conocer las razones del acciente y determinar
los montos que la empresa aseguradora debe pagar.
Tampoco se entiende por qué se esperó hasta octubre para seguir con la búsqueda,
si ésta se podría haber hecho antes, cuando el terreno estaba en buenas
condiciones. El accidente también pone en tela de juicio la independencia de las
autoridades para actuar eficazmente.
Aquella tripulación de lujo
El Boeing 727 de la línea Eastern Airlines no era un avión más
que pasaba por los cielos bolivianos.
En la nave iban tres pasajeros de Estados Unidos, ocho asiáticos y siete de
Paraguay; cinco de estos últimos eran de la familia Matalón, una de las más
adineradas de la época. Dos norteamericanos pertenecían al Cuerpo de Paz en
Paraguay. Además, entre las víctimas también pereció la esposa del embajador de
Estados Unidos en Paraguay. Entre los tripulantes se encontraban 10 personas.
Cinco de ellas estadounidenses y cinco chilenas. Recorrían por primera vez esta
ruta. Según los voceros de la empresa aérea Eastern, se indemnizó a todos los
familiares de las víctimas del accidente.
Desde
las alturas
Fallas. Al mismo tiempo que los escaladores avanzaban
en el nevado, otro grupo de la Fuerza Aérea Boliviana y la Cruz Roja trepaba por
el cerro. Nunca llegaron al lugar.
Cooperación. El trabajo de los alpinistas bolivianos en el Illimani fue
gratuito, no recibieron dinero de la embajada norteamericana.
Hogar. Juan Pablo Ando tiene un albergue en la montaña. Él pasa la mitad
de su vida al pie del cerro. Participó con éxito en los últimos seis rescates
del Illimani.
Experiencia. Bernardo Guarachi es el alpinista más importante de Bolivia.
Escaló el Illimani más de 180 veces y fue el único boliviano que conquistó el
Everest.
Película. Una de las viudas de la tragedia del Boeing informó a Guarachi
de que existía interés por realizar una película que contara la historia de la
tragedia.
Cueros. Entre los restos que encontraron los alpinistas habían cueros de
cocodrilo; en ese tiempo, su comercialización estaba prohibida.
Restos. Los hallazgos de los rescatistas fueron objeto de pugnas entre el
Gobierno de Bolivia y la embajada de Estados Unidos.
Víctimas. Casi medio centenar de personas han fallecido en el cerro
Illimani durante el último cuarto de siglo.
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