La ‘negación’ de lo natural en Occidente
Realidad. Una sobreviviente india del tsunami habla consigo misma tratando de comprender qué le sucedió a su barrio de pescadores en Nagapattinam
AFP. París
La dificultad de aceptar lo natural en las sociedades occidentales ha quedado
en evidencia, paradójicamente, por el maremoto que asoló el sur de Asia, y que
es percibido por los occidentales como un acontecimiento ‘no natural’, estiman
filósofos.
"Más allá del espantoso drama, se percibe un trastocamiento de los valores muy
sorprendente", señaló Bernard Salignon, profesor de Filosofía y Psicoanálisis de
la Facultad de Montpellier (sur de Francia). La paradoja es que "un tsunami
aparece como no natural, cuando una guerra, que podría evitarse, se considera
natural".
"Esto me hace pensar en Heidegger, que evoca nuestra voluntad científica y
tecnológica de controlar la tierra. Cuando el hombre percibe una falla en ese
control, en vez asumirla y dar a la tierra -o al mar- lo que le pertenece, niega
lo ocurrido. Niega lo natural", explica Salignon.
El filósofo Paul Virilio evoca también "la confusión de lo natural y de lo
artificial que prevalece en nuestra sociedad racionalizada. La ciencia, a raíz
de su éxito -incluso en el dominio militar-, se iguala a la potencia de los
fenómenos geofísicos. Esta falta de humildad es sumamente preocupante para el
porvenir".
Virilio señala ‘el ejemplo aberrante’ dado por los especialistas después del
sismo. Se dijo que ese acontecimiento era comparable a la energía de 30.000
bombas atómicas. “Es increíble tal ejemplo. Demuestra hasta qué punto una
catástrofe natural puede ser referida a otra, sea ésta artificial o militar",
afirmó.
Ambos filósofos evocan la pérdida de ‘la dimensión simbólica’ en nuestras
sociedades. Bernard Salignon señala que el tsunami "queda fuera de lo simbólico
y del lenguaje" y "como el lenguaje es imposible de medir, se colma con imágenes
esa imposibilidad de decir y de pensar".
"El mundo moderno, secularizado y globalizado, se ha desacostumbrado al lenguaje
simbólico, y por ende a sus referencias a los grandes misterios, a los grandes
enigmas, a los grandes mitos, como el del diluvio", sostiene Virilio.
El filósofo agrega: "una sociedad que tiene una visión simbólica, religiosa,
está preparada para hacer frente a acontecimientos de esta naturaleza a través
de un mea culpa comunitario, el de la iglesia, el del culto".
"En cambio, en una sociedad 'racionalizada' la búsqueda del porqué se convierte
en búsqueda de un responsable político.
Y en este campo, las consecuencias pueden ser temibles. Se cuestionará la falta
de sistema de alerta, la falta de coordinación, de prevención.
Las grandes catástrofes llevan a grandes acusaciones inevitablemente", asegura.
“¿Cómo permite Dios que suceda una cosa así?”
Frente a la catástrofe resurge la pregunta sobre Dios: "¿Cómo puede permitir
algo así?" Es la ‘pregunta de la teodicia’, clave en teología, con la que los
estudiosos de la religión buscan una explicación plausible para tantas fuentes
de sufrimiento.
Para el padre Eberhard von Gemmingen, de Radio Vaticano, "las catástrofes nos
recuerdan que no podemos mirar las cartas de Dios, que su accionar es a veces un
secreto doloroso."
Sequía y guerras pueden endilgarse a intervenciones humanas, pero los terremotos
no tienen culpables y resulta difícil recurrir al ‘pecado original’ en busca de
una explicación.
El apocalipsis en Asia es un hecho geológico causado por el movimiento de placas
tectónicas, sin culpas humanas.
La pregunta ya la generó Jesús, al predicar que el mal era un desafío a la fe en
la justicia de Dios y en la reivindicación del paraíso. La creencia en una vida
después de la muerte se convierte así en consuelo. Pero, según Von Gemmingen,
aún así, “sólo podemos confiar en que detrás hay un sentido, que conoceremos un
día. Pero hoy seguiremos en la oscuridad."
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