No deja de ser sorprendente la facilidad con que los villanos
de ayer pasan a convertirse en los héroes de hoy, del momento. Ocurre en todos
los pueblos del mundo, por lo general gracias a la fragilidad de la memoria
humana que, o es natural, o es el producto de conveniencias personales o de
grupos interesados. Gracias, asimismo, a los cambios bruscos e inesperados de la
situación, en el campo de la política especialmente.
Villanos que hicieron mucho daño, que se manifestaron a través de la violencia,
del asalto, del quebrantamiento o más bien del destrozo de la paz y del orden,
del pillaje sañudo y vesánico, a la vuelta del tiempo más corto que largo,
aparecen poco menos que como sujetos de veneración y de culto.
En cada país, especialmente de nuestra América Morena, tenemos casos a los
cuales referirnos de manera precisa. Y lo hacemos no con el propósito de
solidarizarnos con regímenes de gobiernos de fuerza que, incurriendo en excesos
y desconociendo los derechos elementales de las personas, llenaron cárceles,
metieron balas, hicieron correr sangre sin que cuando menos les temblase el
pulso.
Mas, aunque a estas alturas no sirva de descargo y menos de justificativo,
creemos de justicia apuntar que no siempre las drásticas medidas de los
gobiernos de fuerza estuvieron dirigidas contra pacíficos y buenos cristianos
que salían de una Misa Mayor con el rosario en la mano, aún, sino también contra
violentos y temibles sujetos que se resistían a vivir en paz y que no querían
que otros vivieran pacíficamente.
No es necesario ejercitar mucho la frágil memoria para recordar al vecino Chile
de hace algunas décadas, a merced de la anarquía, avasallado por el asalto, con
su productividad paralizada por huelgas, manifestaciones y asfixiantes tumultos,
empobrecido y desesperanzado y con enormes sectores de ciudadanos chilenos
malvendiendo sus pequeños bienes para dejar el país y tentar mejor suerte en la
incertidumbre de un exilio realmente obligado. Lo que estaba pasando en Chile y
lo que aún estaba por pasar, era sencillamente catastrófico. Al menos así se lo
miraba desde la vecindad y desde la lejanía.
Que se les fue la mano a los que pusieron término a esa situación de caos, de
anarquía y de desastre total, quizás así fue. Que se violaron todos los derechos
de la persona humana, tal vez no haya margen para discutirlo, aunque siempre son
altos los precios que se tienen que pagar por los desastres.
Pero de allí a hacer de los que colocaron a Chile al borde de la desintegración,
de los que terminaron con la paz y el orden en el país trasandino, de los que
abrieron heridas y generaron abismos sociales, odios y resentimientos, unas
víctimas inocentes, hay mucho trecho. Es irracional, más bien.
Pero eso es lo que se está dando. Aparte de que se está haciendo pagar en oro la
vida de los que cayeron haciendo estallar cruelmente un polvorín se pretende que
se los glorifique, que se los inmortalice, que se les erija monumentos y que se
gestione para sus almas ante el Padre Eterno, un lugar en el Paraíso. Por el
contrario, anatema, cárcel, muerte civil y material, a la vez, para los que, si
bien con excesos condenables, curaron a Chile de sus mortales heridas.
Y no es que Chile, su pasado, su presente o su futuro, nos importe mayormente.
Es que la misma historia se ha vivido, se vive y se seguirá viviendo en nuestra
Bolivia.
El absurdo de los feriados en
Bolivia
En este primer Dominicus de 2005, bien vale la pena referirse
al tema de los feriados y la absurda forma de administrarlos en Bolivia. Si no
me equivoco, fue durante la administración de Jorge ‘Tuto’ Quiroga que se aprobó
una norma legal para los días no laborables. Sin ser original, dicha normativa
rescataba elementos de sentido común ya usados en países vecinos. Con el ánimo
de fomentar el turismo, se trasladaba el feriado al último día laborable de la
semana (viernes) o al primero (lunes), para hacer así un fin de semana
extendido. La medida casi no duró nada, pues los sindicatos, la Iglesia y
diversos grupos de interés comenzaron a pedir que se ‘respeten’ sus días
especiales y de tal manera, poco a poco se fue cediendo a las presiones hasta
que volvimos a caer en los famosos feriados ‘sándwich’ de entresemana, que era
justamente lo que se quería evitar.
Por otro lado, hay feriados que no pueden correrse. Tal vez me olvide de alguno,
pero los ‘fijos fijos’ son la fecha de la independencia, los aniversarios
departamentales, Navidad, Año Nuevo y el Día del Trabajo. En el caso específico
de Santa Cruz, 1º de enero, 1º de mayo, 6 de agosto, 24 de septiembre y 25 de
diciembre. Así de simple y así también deben ser sagradamente respetados. Sin
embargo, he aquí que cuando –como ha pasado recientemente con Navidad y Año
Nuevo– estos feriados caen en sábado o domingo, no hay ninguna compensación para
los trabajadores, salvo el consabido horario continuo o ‘tolerancia’ del día de
Nochebuena y del 31 de diciembre.
Así como estoy absolutamente en contra de huelgas y paros, debo expresar que
también estoy totalmente a favor de respetar el sentido de los feriados. Y si
éstos caen en fin de semana, hay que conceder un día de la semana hábil como
factor de compensación. Sin ir muy lejos, es lo que se hizo en Argentina, donde
hubo feriado el 24 y el 31 de diciembre, compensando así los feriados de Navidad
y Año Nuevo que cayeron en sábado.
Por supuesto que ni en este pueblo ni en todo el país nadie dijo nada. Acá la
gente se ha acostumbrado tanto a protestar por ‘burreras’, que nadie protesta
por cosas lógicas. Yo sí lo hago y digo: en este 2005 Navidad y Año Nuevo caen
en domingo. Desde ahora, los gremios deben ir presionando para que se compensen
con un día feriado laborable (antes o después) ambas festividades. Hasta el
próximo domingo.