Estado, INRA y tierras
en el Oriente boliviano
Gustavo Pinto Mosqueira
El diagnóstico dice que el Estado boliviano está separado de la sociedad.
Aunque sería más acertado afirmar que está por encima (es un castigo) de las
sociedades regionales, culturas y etnias que lo conforman. Esta sobreposición se
explica por el autoritarismo político-cultural incrustado en los collas que lo
han dirigido desde los gobiernos. Más de 35 dictadores es mucha dosis
autoritaria. Autoritarismo que en estos últimos 40 años se ha expandido por
regiones no andinas vía, por ejemplo, administración pública y escuela única
burocratizadas, ineficientes y obstaculizadoras de la iniciativa individual. A
esta práctica dictatorial se le sumó, a partir de 1952, un nacionalismo estatal
cívico-militar chauvinista, negador de las diversas identidades etnoculturales y
de las demandas regionales.
Hoy ese Estado, desde el Ejecutivo y otras instancias de poder, no ha logrado
representar las voluntades e intereses de las diversas regiones, pueblos y
etnias que existen en el territorio boliviano. Porque un referéndum tramposo
sobre el gas no es gran cosa para convencernos de que nuestros intereses
sociales y personales serán respetados. Sobre todo porque ha retornado al poder
el nacionalismo estatal, expresado en el ‘mesismo’ y secundado por el ‘masismo-sindicalista’,
desconocedores de la diversidad cultural e intolerantes ante las ideas políticas
de pueblos y gentes no andinos.
Con estas dieciochescas concepciones del Estado -que lo confunden o identifican
con una ‘nación’ y hablan de la ‘nación boliviana’, siendo que ésta no existe,
que defienden el ‘Estado Papá Noel (repartidor de dinero y pegas –para eso
quieren refundar YPFB–), que desconocen las nuevas concepciones que plantean
reformas estatales para construir un Estado de comunidades autónomas o un Estado
inteligente y negociador ante el mundo globalizado, que siguen fomentando la
vigencia de un Estado convertido en Leviatán (monstruo) para el ciudadano de
cualquier cultura o región sobre el que recae su administración burocratizada-,
será casi imposible modernizar el Estado boliviano.
Basta ver la estructuración del INRA para darse cuenta de esto. Su organización,
cuya cabeza es el presidente de turno, pasando por el ministro de Desarrollo
Sostenible, el superintendente agrario, la dirección nacional y las
departamentales y un sinnúmero de otras instancias jurídicas, amén de la gran
cantidad de funcionarios (típica expresión de un centralismo monárquico),
muestra que está por encima del individuo y su derecho a la tierra. El ciudadano
no está primero, sino la estructura estatal agraria, convertida en un castigo
para aquél que quiere, por ejemplo, sanear sus tierras en Santa Cruz y Beni. Esa
estructura político-jurídica está hecha de modo tal que, con la excusa de hacer
la reforma agraria dirigida intencionalmente al Oriente boliviano, viene siendo
utilizada para dejar sin tierras a cientos de cambas, que tradicionalmente han
sido ganaderos y agricultores, para otorgarlas a los collas.
El trabajo de sus funcionarios tampoco es el mejor. Muchos ganaderos benianos
vienen quejándose de las mediciones arbitrarias que utilizan sus técnicos en los
límites de sus estancias, sin respetar, por ejemplo, límites naturales como un
arroyo. No se hace un trabajo coordinado con el interesado. Aquí se nota que
este Estado es expresión del ‘garrote’ para el beniano y el cruceño que trabajan
o viven de la tierra. ¿Hasta cuándo soportaremos esta flagelación estatal
autoritaria siendo que los cambas siempre hemos sido libres?
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