img_logo.gif (2140 bytes)

img_arribadeber.gif (4941 bytes)

  • STAFF   COMENTARIOS   CONTACTARSE   

Noticias

Portada                 

Santa Cruz            

Seguridad             

Nacional               

Internacional          

Economía             

Deportes               

Sociales               

Escenas               

El Deber como tu Página de Inicio

btn_secciones.gif (615 bytes)

Editorial                

Opinión                 
Lectores               
Club de Lectores
Clima              

btn_suplementos.gif (615 bytes)

 

 

 

 


logo_brujula.gif (1087 bytes)

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 08, Enero de 2005

../images/blanco.gifPalabras que no se usan



Susana Hurtado de Barrero

Me encuentro más feliz que tiluchi después de un aguacero al encontrar que por fin las políticas de género han empezado a calar hondo en los hogares, más propiamente en el testimonio del columnista Tertuliador –de la cual soy asidua lectora- que desde el mojón de la esquina, con ojo de sucha citadino, observa detenidamente lo bueno y lo malo que sucede en la ciudad.
En su artículo No son malas palabras de fecha 31-12-04 este pintón del año cuarenta aproximadamente, da testimonio de que a su hogar ha llegado un cambio introducido por su media naranja, un léxico extraño para él. ¡Bien por la señora! ¡Aleluya! Me supongo que ella disimulará sus canas con Koleston y no con sebo de vela, como lo hacía la abuelita. Es que se ha puesto a tono con todo, y con los logros de género también.
Por más de 2.000 años las mujeres hemos sido objeto de algunas ‘palabras tiernas’ dichas en sociedad como ‘mi mujer’, ‘mi señora’. Este adjetivo calificativo de pertenencia nos colocó en el lugar de propiedad privada absoluta y exclusiva, donde el cónyuge tenía la potestad de pensar y decidir por la mujer. Definitivamente no son malas palabras, sin duda alguna, porque se usaron durante la cantidad de años arriba mencionada, y el uso y la costumbre hacen que todo parezca bien o normal. Ahora cabe preguntarle a mi admirado columnista: ¿le preguntó a su compañera qué siente cuando usted la presenta como su esposa? (palabra que suena a episcopal, según su confesión en el artículo).
Con seguridad que responderá que le da igual, pero no es así. Sólo las mujeres sabemos lo que sentimos y al expresar la palabra esposa, no se está haciendo mención al accesorio de seguridad de los policías, ni mucho menos al yugo que representa para los hombres, sino todo lo contrario, establece un marco legal de igualdad de condiciones y derechos. Si nos vamos a la etimología de la palabra veremos que nos viene del latín: spóndeo = esponsales, que significa prometer. Por lo tanto el corazón de su media naranja late de emoción cuando usted expresa con la palabra esposa que es la elegida, la única entre todas ‘sus mujeres’ que alcanzó el lugar privilegiado de gozar de su amor y aguantarlo con todos sus afectos y desafectos por toda la vida. Así que no es lo mismo mi querido y admirado columnista ‘mi mujer o mi señora’ que ‘mi esposa’.
Las palabras que no se usan son: mi amor, sigue usted teniendo los ojos de guapurú. Somos como el bibosí en motacú y otras por el estilo que se dijeron al principio, cuando andaban bajando el ala para conquistarnos, y ésas si que no han pasado de moda; siempre hacen temblar las choquezuelas, tragar apuradingo y son tan mágicas que nos vuelven más zonzas, porque seguimos pensando que la luna es de queso y que los hombres nacieron para hacernos felices. ¡Bueno, es tan bello soñar y no cuesta nada!

* Abogada

< Anterior ^Arriba


Portada | Internacional | Nacional | Santa Cruz  | Economía | Deportes | Sociales | Escenas
EditorialOpinión | Contactarse | Staff


© Copyright 2004, El Deber. Todos los derechos reservados.