Palabras que no se usan
Susana Hurtado de Barrero
Me encuentro más feliz que tiluchi después de un aguacero al encontrar que
por fin las políticas de género han empezado a calar hondo en los hogares, más
propiamente en el testimonio del columnista Tertuliador –de la cual soy asidua
lectora- que desde el mojón de la esquina, con ojo de sucha citadino, observa
detenidamente lo bueno y lo malo que sucede en la ciudad.
En su artículo No son malas palabras de fecha 31-12-04 este pintón del año
cuarenta aproximadamente, da testimonio de que a su hogar ha llegado un cambio
introducido por su media naranja, un léxico extraño para él. ¡Bien por la
señora! ¡Aleluya! Me supongo que ella disimulará sus canas con Koleston y no con
sebo de vela, como lo hacía la abuelita. Es que se ha puesto a tono con todo, y
con los logros de género también.
Por más de 2.000 años las mujeres hemos sido objeto de algunas ‘palabras
tiernas’ dichas en sociedad como ‘mi mujer’, ‘mi señora’. Este adjetivo
calificativo de pertenencia nos colocó en el lugar de propiedad privada absoluta
y exclusiva, donde el cónyuge tenía la potestad de pensar y decidir por la
mujer. Definitivamente no son malas palabras, sin duda alguna, porque se usaron
durante la cantidad de años arriba mencionada, y el uso y la costumbre hacen que
todo parezca bien o normal. Ahora cabe preguntarle a mi admirado columnista: ¿le
preguntó a su compañera qué siente cuando usted la presenta como su esposa?
(palabra que suena a episcopal, según su confesión en el artículo).
Con seguridad que responderá que le da igual, pero no es así. Sólo las mujeres
sabemos lo que sentimos y al expresar la palabra esposa, no se está haciendo
mención al accesorio de seguridad de los policías, ni mucho menos al yugo que
representa para los hombres, sino todo lo contrario, establece un marco legal de
igualdad de condiciones y derechos. Si nos vamos a la etimología de la palabra
veremos que nos viene del latín: spóndeo = esponsales, que significa prometer.
Por lo tanto el corazón de su media naranja late de emoción cuando usted expresa
con la palabra esposa que es la elegida, la única entre todas ‘sus mujeres’ que
alcanzó el lugar privilegiado de gozar de su amor y aguantarlo con todos sus
afectos y desafectos por toda la vida. Así que no es lo mismo mi querido y
admirado columnista ‘mi mujer o mi señora’ que ‘mi esposa’.
Las palabras que no se usan son: mi amor, sigue usted teniendo los ojos de
guapurú. Somos como el bibosí en motacú y otras por el estilo que se dijeron al
principio, cuando andaban bajando el ala para conquistarnos, y ésas si que no
han pasado de moda; siempre hacen temblar las choquezuelas, tragar apuradingo y
son tan mágicas que nos vuelven más zonzas, porque seguimos pensando que la luna
es de queso y que los hombres nacieron para hacernos felices. ¡Bueno, es tan
bello soñar y no cuesta nada!
* Abogada
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