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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 08, Enero de 2005

../images/blanco.gifUn amigo mío se apagó



Paulovich ®® La noticia de perfil

Mi amigo el Dr. Mario Ayo, el flaco Ayo, el roto Ayo, murió hace unos días y tuve que decirle “feliz Navidad” cuando sus oídos ya no me escuchaban, sus ojos se habían cerrado, y sus labios ya no chupaban el cigarrillo que envolvía en humo su fina estampa quijotesca que recorrió las calles de Miraflores y Achumani.
Cegado por el llanto quise reclamarle al Niño Dios por qué se lo llevó el día de la Navidad y por qué en vez de dejarme un regalo me había arrebatado a un amigo cuando yo me aprestaba a cantar himnos de gloria con acompañamiento de mis chulluchullus y de mi tamborcillo celebrando el advenimiento del Salvador, pero ante la muerte no hay reclamos. Mi único consuelo me lo dio Jesús al decirme que en el Cielo no le faltaría un cigarrillo a mi amigo Mario, que fiel a la tagarnina se consumió cual un cigarrillo y su cuerpo se convertirá en cenizas.
Como generalmente sucede con las grandes amistades, nadie nos presentó formalmente porque él ya me conocía desde siempre y yo sabía que ese señor delgado y barbado era el doctor Ayo, descendiente de vascos avecindados en las regiones vineras de Camargo. Mi amigo fue un vasco de alma grande y apellido corto, y fue el hijo de don Ulpiano Ayo, famoso radiólogo que legó a Mario su ciencia y su amor por las rosas.
Creo haber sido un fiel escudero de este doctor con pinta y alma quijotesca con quien recorrimos muchos caminos preguntando a las estrellas sobre los misterios de la vida, sin darnos cuenta de que esos misterios solamente es posible conocerlos cuando llega la muerte. Ahora, mi amigo lo sabe todo mientras su fiel escudero Sancho sigue preguntando a Dios, a la luna, y a las estrellas acerca de los misterios de la vida en esta ínsula Barataria en la que me dejó, una ínsula rarísima rodeada de tierra por todas partes.
Para poder continuar escribiendo enciendo un cigarrillo porque este buen cilindro me trae con las volutas del humo el recuerdo de mi amigo el doctor a quien nunca traté de tú porque Sancho jamás tuteó a Don Quijote, llamándole siempre “doctor Ayo”. Desde que él se apagó, fiel a su vocación de fumador, cada vez que me llevo un cigarrillo a los labios recordaré a mi amigo y creeré que mi vida es un cigarro, que el humo que se eleva es mi futuro, y que la ceniza que cae es mi pasado.
También mi pucho se consumirá un día y me apagaré cual un cigarrillo evocando siempre la amistad entrañable que cultivamos con Mario, con el mismo cariño que el Dr. Ulpiano Ayo cultivaba sus rosas en su casita de Miraflores. Gracias doctor Mario Ayo por tu amistad, tu ciencia, tu gran cultura, y tu gracejo. Tu fiel escudero se encargará de propalar a los cuatro vientos de esta ínsula Barataria tus muchas virtudes y sobre todo tu nobleza vasca de la que siempre te sentiste orgulloso.
Para terminar, fumaremos un cigarrillo más para que no se acabe la noche, ni tampoco el día.

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