Un amigo mío se apagó
Paulovich ®® La noticia de perfil
Mi amigo el Dr. Mario Ayo, el flaco Ayo, el roto Ayo, murió hace unos días y
tuve que decirle “feliz Navidad” cuando sus oídos ya no me escuchaban, sus ojos
se habían cerrado, y sus labios ya no chupaban el cigarrillo que envolvía en
humo su fina estampa quijotesca que recorrió las calles de Miraflores y Achumani.
Cegado por el llanto quise reclamarle al Niño Dios por qué se lo llevó el día de
la Navidad y por qué en vez de dejarme un regalo me había arrebatado a un amigo
cuando yo me aprestaba a cantar himnos de gloria con acompañamiento de mis
chulluchullus y de mi tamborcillo celebrando el advenimiento del Salvador, pero
ante la muerte no hay reclamos. Mi único consuelo me lo dio Jesús al decirme que
en el Cielo no le faltaría un cigarrillo a mi amigo Mario, que fiel a la
tagarnina se consumió cual un cigarrillo y su cuerpo se convertirá en cenizas.
Como generalmente sucede con las grandes amistades, nadie nos presentó
formalmente porque él ya me conocía desde siempre y yo sabía que ese señor
delgado y barbado era el doctor Ayo, descendiente de vascos avecindados en las
regiones vineras de Camargo. Mi amigo fue un vasco de alma grande y apellido
corto, y fue el hijo de don Ulpiano Ayo, famoso radiólogo que legó a Mario su
ciencia y su amor por las rosas.
Creo haber sido un fiel escudero de este doctor con pinta y alma quijotesca con
quien recorrimos muchos caminos preguntando a las estrellas sobre los misterios
de la vida, sin darnos cuenta de que esos misterios solamente es posible
conocerlos cuando llega la muerte. Ahora, mi amigo lo sabe todo mientras su fiel
escudero Sancho sigue preguntando a Dios, a la luna, y a las estrellas acerca de
los misterios de la vida en esta ínsula Barataria en la que me dejó, una ínsula
rarísima rodeada de tierra por todas partes.
Para poder continuar escribiendo enciendo un cigarrillo porque este buen
cilindro me trae con las volutas del humo el recuerdo de mi amigo el doctor a
quien nunca traté de tú porque Sancho jamás tuteó a Don Quijote, llamándole
siempre “doctor Ayo”. Desde que él se apagó, fiel a su vocación de fumador, cada
vez que me llevo un cigarrillo a los labios recordaré a mi amigo y creeré que mi
vida es un cigarro, que el humo que se eleva es mi futuro, y que la ceniza que
cae es mi pasado.
También mi pucho se consumirá un día y me apagaré cual un cigarrillo evocando
siempre la amistad entrañable que cultivamos con Mario, con el mismo cariño que
el Dr. Ulpiano Ayo cultivaba sus rosas en su casita de Miraflores. Gracias
doctor Mario Ayo por tu amistad, tu ciencia, tu gran cultura, y tu gracejo. Tu
fiel escudero se encargará de propalar a los cuatro vientos de esta ínsula
Barataria tus muchas virtudes y sobre todo tu nobleza vasca de la que siempre te
sentiste orgulloso.
Para terminar, fumaremos un cigarrillo más para que no se acabe la noche, ni
tampoco el día.
|