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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 08, Enero de 2005

../20050108/images/es7.jpgEsperanza al borde de La alegría


El relato que presenta Víctor Hugo Viscarra, autor de Alcoholatium y Borracho estaba, pero me cauerdo, se incluirá en su próximo libro. Será una serie de narraciones que prepara la editorial Correveidile. Este es un adelanto de las creaciones literarias del narrador que vive en La Paz


Víctor Hugo Viscarra

Cuando sintió aquel aliento tan pesado y fétido posarse sobre su boca,ella creyó comprender que una especie de peregrinaje no muy halagüeño sobre la tierra recién había comenzado inexplicablemente.
Hizo un intento de apartar su boca de aquella otra que babeante se acercaba más y más hacia la de ella, pero le fue imposible, porque los dos brazos del hombre se aferraron a su cabeza, y sin darle tiempo a pensar en nada, casi le quitaron la respiración, para, posteriormente, esas manos ajenas comenzaran a recorrer torpemente su cuerpo, especialmente aquellas partes que hasta esos momentos nadie las había manoseado.
Quiso gritar pidiendo que alguien la ayudase en aquel trance, pero su subconsciente le recordó que eso era lo menos recomendable en aquellas circunstancias, porque claramente le habían advertido minutos atrás, que si se oponía a lo que había tenido que suceder ineludiblemente, las cosas iban a empeorar perjudicándole más aún todavía.
Maldijo el momento en que había abandonado para siempre la casa de sus padres adoptivos, y como presentía que cualquier intento de regreso era más que imposible, con una especie de desesperación notó que sus prendas íntimas las estaban rompiendo torpemente, y un vientecillo frío le acariciaba sus partes púdicas.
Mordiéndose los labios hasta hacerse sangrar un poco, gimió al sentir que le desgarraban todo el cuerpo, y aguantando las lágrimas que brotaban de los ojos, pensó que aquello no era más que una horrible pesadilla, de la cual iba a despertar en cualquier instante.
Pocas horas antes había sido sorprendida por dos personajes mientras dormía su cansancio en uno de los bancos de la plaza. Acaso habrían sido pasada la medianoche, porque cuando abrió los ojos, notó al instante que todo cuanto le rodeaba estaba desierto y abandonado. El frío le recordó que su ropa no le proporcionada el calor suficiente a su cuerpo, por lo que, casi sin proponérselo, su cuerpo comenzó a temblar convulsivamente, y ella sólo atinaba a cruzar sus brazos sobre su pecho intentando evitar que el poco calor corporal que le quedaba, escapase de su cuerpo.
Le habían pedido su carnet de identidad, y, claro está, ella no lo tenía. Es más, nunca, mientras vivía con sus padres adoptivos, éstos se preocuparon de proporcionárselo. Ahora que estaba en un problema por demás desagradable, sintió la falta de ese documento para afrontar los problemas que se los veía venir con la pareja de individuos que tenía enfrente.
Le preguntaron todo con respecto a su vida y de las existencias de quienes hasta hacía dos días atrás habían formado parte de su núcleo familiar. Una vez que ella les hubo relatado su versión, una risotada le hizo entender que sus oyentes no le creían nada de nada. "Cómo era posible -dijo uno de ellos -, que la hija de una persona decente esté durmiendo en la calle a esas horas". Y al tiempo que le ordenaban a que se ponga de pie, le ordenaron que caminase junto a ellos, mientras decían que la iban a conducir hasta un centro de menores.
Mientras caminaba, ella trató de convencerles de que lo que les había contado era la verdad; pero, no le creían, o es que no querían creerle, y cuando sus pasos comenzaron a transitar por callejuelas mal iluminadas y desiertas, ella comprendió perfectamente que su mundo infantil se había derrumbado, y que mil mundos desconocidos le abrían inmisericordemente sus puertas.
Un letrero mal iluminado y perdido en una vetusta pared anunciaba la presencia de un alojamiento. Monótonamente entró en su interior, porque eso era lo que le habían ordenado sus captores, y mientras uno de ellos se acercaba hasta la administración, el otro se quedó con ella, mientras que una de sus manos se ceñía a su talle abrazándola como si fuera su enamorada.
"Listo", dijo el primero, y mientras le mostraba su compañero una solitaria llave, agregó: "Oye, pasaremos, el amigo nos va a prestar la pieza por media hora".
Caminaron por un pequeño pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación que les había sido prestada, y tras abrirla entraron en ella, al tiempo que la mano de uno de ellos encendía la luz, y su otra mano se deslizaba por las posaderas de la muchacha.
Minutos después, cuando el hombre se levantó jadeante de encima de su cuerpo, sin darle tiempo a que la muchacha se recupere de su dolorosa experiencia, el otro se tendió sobre ella (mientras su compañero estaba ocupado, prestamente él se había desvestido), y ella comprendió que todas las cosas que le habían contado sus amigas de colegio acerca de la primera vez, no se podían comparar con lo que ella estaba viviendo en esos momentos. No había escuchado que le recitasen versos en el oído, ni que mil sirenas épicas le cantasen himnos de amor y de gloria. No hubo nada de eso, sólo salvajismo y movimientos bruscos.
No, la realidad había sido todo lo contrario, y en vez de sentirse transportada hasta el cielo, fuertes dolores la ataban a la tierra, mientras su cuerpo soportaba fieras embestidas que nada tenían de poéticas, pero, sí mucho de torpeza y desesperación.
Cuando el segundo hombre se echó a su lado, ella se sintió la mujer más sucia que pisaba la tierra, porque en una noche fría y nublada, había perdido lo que supuestamente tenía que guardar hasta el matrimonio, y es más, lo había perdido irremediablemente con dos desconocidos que echándose encima de sus sueños inocentes la transportaron por otros mundos para ella hasta entonces desconocidos, y que no se asemejaban en nada a lo que había creído que eran las entregas diáfanas y amorosas.
Contempló casi sin ver a los dos hombres que parsimoniosamente arreglaban sus ropas, y ni siquiera le dio las gracias al que le arrojó unas monedas sobre la cama, puesto que sus manos seguían protegiendo aquel pecho que ingenuamente ella creía que aún estaba puro, pero que ya había sido mancillado; y no por una sola persona, sino, por dos.
Lentamente se levantó de la cama, y lentamente se colocaba sus ropas, sintió que otro hombre ingresaba a la pieza, y que tras apagar la luz, se abrazó a ella obligándola a recostarse sobre el camastro, y fue en ese preciso momento en que Esperanza perdió la fe en los seres humanos, y entendió perfectamente que su infierno recién había comenzado.

* In memoriam de las amigas que hasta ayer fueron y hoy no son más

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