Se han extraviado, y para siempre al parecer, los sentimientos humanos. Ya no
somos, los que nos preciamos de pertenecer al género, seres con corazón, con
alma, con sentimientos humanitarios. Máquinas, robots, pues decir animales es
ultrajar gratuitamente a este género irracional, eso es ni más ni menos lo que
somos. Puras armazones metálicas moviéndonos a impulsos de controles remotos.
Dolor, misericordia frente a los padecimientos del prójimo, solidaridad con los
heridos, con los azotados por las tragedias, con los que lloran muertes,
heridas, sangre, devastaciones, miserias, soledad y todo género, en fin, de
padecimientos, son cosas que ya no conjugamos, que no sabemos hacer más.
Sólo contamos como individuos, fatuos en nuestro bienestar personal y a lo sumo
el bienestar de nuestro entorno íntimo. Soberbios en el goce de nuestras
fuerzas, de nuestra inteligencia para beneficio de cada cual. Nada nos importa
de lo que ocurre más allá de nuestros dominios, y menos todavía de lo que está
lejos. Que sobrevengan las mayores tragedias, que caiga el cielo a pedazos, todo
está bien, todo normal con tal de que no nos alcance. Ni siquiera nos detenemos
a pensar, con ánimo previsor, que a lo mejor mañana u otro día cualquiera a
nosotros nos corresponderá vivir los dramáticos papeles de las víctimas fatales.
El crudo cuadro demostrativo de nuestra inhumanidad, de nuestra carencia
absoluta de sentimientos en que se involucra a la mayor parte de la gente del
planeta tierra, acabamos de darlo en relación con la terrible tragedia que ha
asolado buena parte del sur de Asia, dejando los horrorosos rastros de un
apocalipsis sin precedentes. Pueblos enteros borrados en minutos de espanto.
Piedra sobre piedra no quedó a la vista, en tanto trabajaba sin descanso la
guadaña fatídica segadora de hombres, de mujeres y de niños.
Pero no bastaron las ciento cincuenta mil o tal vez más vidas truncadas y
desaparecidas ni las ciudades que se vinieron abajo como castillos de arena a
merced de las aguas y de los temblores, para movernos, para mover a los pueblos
del mundo entero, a la piedad, a la compasión, al dolorido recogimiento. De
ninguna manera. Seguimos todos, siguió todo el mundo girando como si nada, dando
los últimos toques para celebrar el año nuevo, para beber, bailar, cantar,
divertirse a lo grande. ¿Ciento cincuenta mil muertos y desaparecidos en algún
lugar remoto de la tierra? ¿Ciento cincuenta mil seres de carne, hueso y alma
como nosotros fulminados por las fuerzas naturales descontroladas?
¡Ah, eso ocurrió muy lejos, no nos atañe! ¿Nos detuvimos a pensar, se detuvo a
pensar alguien en el mundo, que mañana o cualquier otro día podía ser nuestro
turno?
Pero ya pasó la fiesta del Año Nuevo y nadie nos quita lo bailado. Ahora estamos
en aprestos para repetir la algazara en homenaje al pagano dios Momo
carnavalero. Nos duele descubrirnos, nos incluimos reconociendo nuestras
liviandades, tan carentes de compasión, tan huérfanos de los sentimientos de la
solidaridad.
Porque, entiéndaselo en su justa dimensión, solidaridad no es llegar hasta los
sobrevivientes con cajas de comidas, de ropas o de medicinas. Eso, menos que
solidaridad, es obligación del que tiene y puede dar al que todo lo ha perdido.
La solidaridad se manifiesta compartiendo penas, dolores, enjugando llantos,
susurrando voces de consuelo, orando junto a los desdichados y absteniéndose,
por supuesto, de manifestaciones de júbilo, habiendo tantos que sufren.
No son malas palabras (IV)
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Ahora les llaman ‘cuñas’.
Les llaman también ‘calzas’.
Se trata de las pequeñas piezas que se utilizan para disimular rendijas.
O para igualar las patas de las mesas, las cómodas, los roperos y otros muebles
que, por defectos de fabricación, resultaban chiclanes.
Una cuña o una calza son, en estos tiempos, los mejores remedios para emparejar
los objetos chiclanes.
O los que presentan fisuras, hendiduras, grietas, huecos y otras vainas oir el
estilo.
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Pues, hasta antes de que permitiésemos que prostituyeran nuestras sonoras formas
de expresión autóctonas, a las cuñas o a las calzas las llamábamos ‘jetapú’.
“A ver, buscame un ‘jetapú’ oí jau, que la pata de esta mesa está chiclán”.
“Traeme una maderita o un jonecito o un cartoncito, para ponerle de ‘jetapú’ a
este trinchante que está cojeando”.
La única renguera que no corregía el jetapú era la renguera del perro mañoso.
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El jabón bueno era el que ‘jatupeaba’.
El ‘Jatupú’ era la característica primordial del jabón que usaban las estrellas
del cine.
Ningún jabón lavaba bien la ropa, calzoncillos, camisas, sostenes, si no
jatupeaba.
El jatupú era la espuma del jabón.
Hacer jatupear era el acto de lograr del jabón, la espuma.
Por analogía se decía que una persona jatupeaba cuando empezaba a hacer espuma a
causa de un trabajo esforzado.
Se jatupeaba, asimismo, en el acto de hacer el amor.
Jatupú era un parónimo de jetapú, pero no un sinónimo.
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“Te estás volviendo plequecó”, le dije en su cara pelada a una morocha que tuvo
su buen tiempo, pero que a estas alturas ya no ablanda del primer hervor.
No sé qué entendería por plequecó.
Supongo, sin embargo, que pensó que se trataba de una galantería.
No por nada me respondió con una ancha sonrisa a tiempo que replicaba “¡gracias
mi rey!”.
Pues lo de plequecó no es ningún cumplido.
Se dice plequecó de aquellas adiposidades de la anatomía gelatinosas y
blanduzcas.
Más o menos lo mismo que pululé.
La gente plequecó ya no circula en estos tiempos.
O se somete a la liposucción o se queda en casa a mirar telenovelas y a
suspirar.