De Gaspar, Ásésoro y Matilde
Jorge W. Burton Dorado
Para quienes gustan del humor político, no cabe duda que la incorporación de
Asésoro a la camarilla del Duende, constituye uno de los aportes más simpáticos
y entretenidos que Gaspar, dentro de su extensa y calificada producción, nos ha
brindado durante este último tiempo. En este sentido, no es exagerado decir que
su vivaz y pequeño personaje -al igual que Mafalda y Clemente, con relación a
sus autores- ha adquirido tal peso e independencia que, incluso, ha trascendido
la esfera de su autor. En otras palabras, no sólo le pertenece a él, sino a
todos aquellos que lo leen y disfrutan.
Dicha trascendencia, desde luego, pudo haber sido mucho mayor si a alguno de los
medios locales se le hubiera ocurrido incluir al inefable Asésoro en la lista de
los personajes del año. Ello, por supuesto, no sólo hubiera sido un merecido
acto de reconocimiento, que es muy común en otras latitudes, sino una suerte de
incentivo para quienes estén dispuestos a seguir o a emular los pasos del
talentoso Gaspar. Tarea de por sí difícil y riesgosa, habida cuenta que éste,
por su universalidad, se encuentra, dentro del género, a varios cuerpos de
distancia.
Para satisfacción de sus seguidores, sin embargo, tamaña omisión podrá, en
breve, verse ampliamente compensada, ya que Gaspar; es decir, nuestro querido y
estimado Óscar Barbery Suárez, prolífico como es, tiene en sus manos el borrador
de su nuevo libro de cuentos que, a decir verdad, son de una profundidad
extraordinaria. De las 21 narraciones que contiene, resalta, por su permanente
actualidad, la número 14. En ella, la pequeña Matilde -de diez años-, junto a
sus cuatro hermanos menores, inicia su rutina diaria de repartirse, según sus
gustos, experiencias y amistades, las rotondas del segundo anillo de la Grigotá
y la doble vía a La Guardia.
Tal rutina que -según el cuento- consiste en limpiar con un trapito los espejos
retrovisores de los automóviles que pasan al ritmo de los bocinazos, de pronto
un día se ve interrumpida por el pánico. Matilde y sus hermanos, los vende
maníes, los refresqueros y los potosinos que piden limosna observan con horror
que los semáforos han dejado de funcionar. La rueda de esta industria se
detiene. Los semáforos muertos, sin luces, ya no le brindan a nadie los veinte
segundos de esperanza. Sin semáforos no hay conductores detenidos, no hay
ventas, no hay negocio, no hay dádivas, no hay salario, no hay comida, no hay
nada.
“No serán los transeúntes –continúa el cuento-, los vecinos, los conductores o
la Alcaldía, los que llamen a la empresa que mantiene funcionando a los
semáforos. Serán los trabajadores de la rotonda, será Matilde, sus hermanos y
sus compañeros los que dando una cuota pagarán las llamadas telefónicas que sean
necesarias para que vengan a arreglar los semáforos. Serán llamadas urgentes y
desesperadas”. Serán llamadas de atención –habría que añadir- que Gaspar, a
través del histriónico y puntual Asésoro, tratará de colocar dentro de la
abultada agenda que actualmente le espera a la nueva gestión municipal.
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