Bolivia: espacio privilegiado
pero no valorado
Agustín Saavedra Weise
Los horribles desastres de la semana pasada ocasionados por un terremoto y
sus secuelas de olas gigantes (Tsunamis) que barrieron con más de 120.000 vidas
en el sur asiático, me han dejado estremecido, tal como seguramente lo
estremecieron a usted, amigo lector. Ha sido tan tremendo todo lo ocurrido, que
inclusive un amigo se atrevió a hacerme el burlón comentario de “Agustín, no
defienda más la salida al mar de Bolivia para evitarnos un Tsunami nativo; es
mejor ser mediterráneo”.
Dejando de lado el mal gusto del chiste, lo cierto es que me puse a pensar en el
espacio que tenemos, pese al mar quitado y legítimamente anhelado. Como lo
escribí junto con Mariano Baptista –allá por 1978 y luego he visto que Carlos
Mesa lo repite en varios de sus discursos–, pese a las amputaciones
territoriales nos hemos quedado con una buena base territorial: 1.098.000 y pico
de kilómetros cuadrados, aproximadamente casi 110 millones de hectáreas y...
¡para solamente ocho millones de habitantes! Hay tierra de sobra para todo y
para todos. Mayor razón entonces, para calificar de absurda y triste (o movida
por oscuros intereses) la llamada ‘lucha por la tierra’ que enfrenta hoy a
grupos antagónicos.
Por otro lado y al margen de una superficie que podría albergar sin problemas
diez veces más de población que la actual, tenemos buena provisión de agua
mediante sistemas lacustres y dos cuencas hidrográficas, a las que hay que sumar
aguas por deshielos cordilleranos. Agreguemos recursos naturales, enormes
fuentes y reservas energéticas, bosques, flora y fauna, más la bendición de
tener pocos desastres naturales. Bolivia es nomás –como siempre se repite– el
país mendigo sentado en trono de oro. Y su trono dorado –pero sin uso positivo–
es su territorio, su enorme espacio, que no es valorado ni dominado
efectivamente, sino someramente ocupado formalmente y sujeto a descuidos o
abandonos, tanto en fronteras como en el extenso ‘hinterland’. Ni siquiera del
pasado se ha sabido extraer lecciones sobre las consecuencias del abandono y
descuido del suelo patrio.
La tragedia de Asia del Sur debería llamarnos de una buena vez a la definitiva
reflexión. Es hora de revalorizar al espacio nacional y de dotarse de una sana
geopolítica de integración interior. Vengo bregando por esto durante décadas
mediante conferencias, clases y notas. Ante los oídos sordos no me desaliento;
seguiré insistiendo en lo mismo.
El día que Bolivia valore y controle sanamente su ubérrimo espacio, ese será el
día que Bolivia sea, parafraseando al Libertador Simón Bolívar. Mientras eso no
ocurra, una Bolivia enclenque e invertebrada seguirá reptando por las
sinuosidades de la pobreza, la mendicidad, el subdesarrollo y la mediocridad.
Más peligroso aún: quizá provocando acciones exógenas por su abulia, ya que no
se puede retener eternamente todo lo bueno sin hacer nada para aprovecharlo,
pues si uno no lo hace, tarde o temprano lo harán los de afuera.
Sin conciencia y madurez geográfica, sin valorización del propio espacio, no hay
futuro posible.
Espacio enorme, rico y privilegiado, pero lamentablemente no valorado. He aquí
el triste caso boliviano, que urge remediar para darle a nuestro pueblo un
destino mejor. Todavía no es tarde, pero ya estamos bastante atrasados en la
cita con la historia.
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