Una vez más, -y van quién sabe cuántas-, una manifestación de
protesta, probablemente muy justificada, derivó en grosera y degradante muestra
de vandalismo, con todas las agravantes del caso. Sí, con todas las agravantes
del caso, puesto que no sólo quebrantó el orden y la paz e hizo cundir el
terror, sino que también dejó un saldo de heridos y golpeados, sin que se
llegase, por la misericordia de Dios, a la pérdida de vidas inocentes.
Es inevitable, y a lo mejor es el ingrediente que los exaltados, los
irracionales, que no son pocos, necesitan para hacer de las manifestaciones de
protesta, una especie de estúpido escarmiento, un derramamiento de sangre
incluso. Permitir o más bien convocar la intromisión de vándalos, de
malvivientes calificados, de delincuentes de marca mayor, para que la marcha,
para que la protesta alcance su punto de caramelo. La sociedad civil, el vecino
pacífico, el hombre que se gana su pan trabajando, se inquietan, se
desasosiegan, se aterrorizan ante el anuncio de las marchas, de las
manifestaciones de protesta, porque saben, sin sombras de dudas, en qué
terminan.
Se lo apreció en la última manifestación que tuvo lugar hace pocas horas en esta
laboriosa ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Las causas de la manifestación,
seguramente muy razonables, muy justificadas. Eso no lo vamos a discutir ni hoy
ni nunca. Pero por muy justificadas, por muy razonables las causas, el desenlace
vandálico resulta imposible aceptar, aunque ya caiga dentro del terreno de lo
previsible, desde que en estos tiempos, hasta lo más insólito se está volviendo
rutinario.
A los malvivientes, a los delincuentes comunes que se infiltran en las marchas,
en las manifestaciones de protesta, no les tiembla el pulso a la hora de arrojar
alevosamente una piedra contra un edificio público o uno privado, o un humilde y
sacrificado defensor del orden y de la seguridad o de un vecino ocasional
llevado por la curiosidad. No le tiembla el pulso a la hora de hacer estallar un
petardo con suficiente potencia para provocar daños físicos irreversibles en la
humanidad del prójimo. A partir de esa piedra, de ese petardo que manejan
alevosamente los vándalos, el infierno se desata y empiezan a caer siempre
muchos más justos que pecadores.
Los vándalos, desde luego, nunca aparecen para dar la cara. Nadie los
identifica, nadie los acusa, nadie les pide cuentas, los funcionarios al
servicio de la justicia hacen de la vista gorda. Los vándalos curiosamente
impunes de por vida, vuelven al primer plano en la próxima manifestación con más
piedras, con más petardos, con más armas contundentes y con detonantes poderosos
para hacer saltar un polvorín.
Hasta no hace mucho tiempo, desde esta laboriosa ciudad de Santa Cruz de la
Sierra, nos jactábamos de haber quedado significativamente al margen de ese
socorrido y brutal expediente de las marchas y de las manifestaciones de
violencia. Pero ya lo tenemos incorporado en nuestro quehacer ciudadanos, ya
forma parte de nuestra gimnasia, ya hemos encontrado cómo conjugarlo en los
planos de las protestas y de los reclamos. Para nosotros, que somos gente de paz
y que nos creemos medianamente civilizados y medianamente responsables y
conscientes de nuestros deberes, es una pena que nos estemos incorporando en las
rutinas del vandalismo.
En cualquier parte del mundo, el que atenta contra la seguridad y la vida de sus
semejantes, el que destroza bienes públicos o particulares, el que quebranta, en
fin, la paz y el orden y desacata a la autoridad legítimamente constituida, es
un delincuente sin eufemismos que valgan. Aquí entre nosotros, por esos
delincuentes que caen en asonadas, hay que pagar muy caro, hay que pagarlos en
oro y, encima, convertidos en mártires. ¿De qué? Hasta ahora no damos con la
respuesta correcta.
Gastroturismo
Oso Molino * ®® Sonría “Plis”
Luego de haber pasado unas fecundas y opíparas vacaciones que
me permitieron recargar las pilas, soy un convencido de que no hay como mi país.
No fui de ‘shoping’ a Miami ni a Buenos Aires, ni a las playas brasileñas que me
gustan mucho, por esos montículos mulatos con hilos dentales que lucen las
garotas de Ipanema.
Estuve en Cochabamba en un lugar paradisiaco. Bueno, en realidad en tres lugares
muy especiales que me permitieron pasear en bote, estar en una cabaña de ensueño
al lado de una laguna donde los peces se pescan con los dientes, entran a tus
canastos porque brincan más que comparseros en Carnaval.
Así como anteriormente estuve en la Chiquitania empapándome de la espiritualidad
de su gente que tiene de alma un violín y un entorno de templos tan bellos o de
otra vacación donde me tragué la inmensidad del salar de Uyuni y ni qué decir
del Madidi, Rurrenabaque and company, me tocó esta vez, experiemntar el
gastroturismo.
Comí choclos, duraznos, uvas, pique macho, silpanchos, truchas, pejerrey. Fui a
ver a Oriente contra Strongest y Aurora, recorrí los jardines públicos de una
ciudad que creció mucho, con sus distribuidores de tránsito que son
espectaculares y funcionales, tomé cerveza, brindé con champaña, hice el amor,
obviamente no todo al mismo tiempo, pero la pasé bomba.
Al terminar mi periplo me convencí de que tenemos mucho que vender. Lugares para
todos los gustos y para todos los bolsillos.
Fomentando el turismo y más que todo, creando una industria verdadera sin
chimeneas pero con profesionalismo. No sólo se requiere gente amable, sino
capacitada. No sólo se requiere bonachones hospitalarios, sino personas que
sepan las raíces históricas y demás detalles para ‘vender’ el país como Dios
manda.
Hay otra clase de turismo que nos puede diferenciar de otras latitudes. Podemos
ofertar a nivel internacional, curiosidades bajo las siguientes premisas:
- “Venga a Bolivia y vea como se chicotea a choferes rompehuelgas”.
- “Conozca un país que ante cualquier medida pide la renuncia de su Presidente”
- “Quedé anonadado al saber que chicos antes de cumplir 20 años que quieren ser
estrellas de fútbol, ya son unos borrachines”.
En fin, hay muchas cosas por ver en Bolivia. Pero seamos positivos. Bolivia es
una gran nación. Ancha y bella. Un mosaico de posibilidades que hay que conocer
antes de que Chile siga haciéndolo.
De momento, alzo mi vaso con bicarbonato, resultado de mi gastroturismo y brindo
por todos mis amigos lectores para que tengan feliz 2005.
* Ex trabajador del Servicio de Caminos. Actual caminante sin camino porque se
hace camino al andar. Viajero sin brújula. Mochilero de la tercera edad