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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 07, Enero de 2005  

>>    Manifestaciones y vandalismo

Una vez más, -y van quién sabe cuántas-, una manifestación de protesta, probablemente muy justificada, derivó en grosera y degradante muestra de vandalismo, con todas las agravantes del caso. Sí, con todas las agravantes del caso, puesto que no sólo quebrantó el orden y la paz e hizo cundir el terror, sino que también dejó un saldo de heridos y golpeados, sin que se llegase, por la misericordia de Dios, a la pérdida de vidas inocentes.
Es inevitable, y a lo mejor es el ingrediente que los exaltados, los irracionales, que no son pocos, necesitan para hacer de las manifestaciones de protesta, una especie de estúpido escarmiento, un derramamiento de sangre incluso. Permitir o más bien convocar la intromisión de vándalos, de malvivientes calificados, de delincuentes de marca mayor, para que la marcha, para que la protesta alcance su punto de caramelo. La sociedad civil, el vecino pacífico, el hombre que se gana su pan trabajando, se inquietan, se desasosiegan, se aterrorizan ante el anuncio de las marchas, de las manifestaciones de protesta, porque saben, sin sombras de dudas, en qué terminan.
Se lo apreció en la última manifestación que tuvo lugar hace pocas horas en esta laboriosa ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Las causas de la manifestación, seguramente muy razonables, muy justificadas. Eso no lo vamos a discutir ni hoy ni nunca. Pero por muy justificadas, por muy razonables las causas, el desenlace vandálico resulta imposible aceptar, aunque ya caiga dentro del terreno de lo previsible, desde que en estos tiempos, hasta lo más insólito se está volviendo rutinario.
A los malvivientes, a los delincuentes comunes que se infiltran en las marchas, en las manifestaciones de protesta, no les tiembla el pulso a la hora de arrojar alevosamente una piedra contra un edificio público o uno privado, o un humilde y sacrificado defensor del orden y de la seguridad o de un vecino ocasional llevado por la curiosidad. No le tiembla el pulso a la hora de hacer estallar un petardo con suficiente potencia para provocar daños físicos irreversibles en la humanidad del prójimo. A partir de esa piedra, de ese petardo que manejan alevosamente los vándalos, el infierno se desata y empiezan a caer siempre muchos más justos que pecadores.
Los vándalos, desde luego, nunca aparecen para dar la cara. Nadie los identifica, nadie los acusa, nadie les pide cuentas, los funcionarios al servicio de la justicia hacen de la vista gorda. Los vándalos curiosamente impunes de por vida, vuelven al primer plano en la próxima manifestación con más piedras, con más petardos, con más armas contundentes y con detonantes poderosos para hacer saltar un polvorín.
Hasta no hace mucho tiempo, desde esta laboriosa ciudad de Santa Cruz de la Sierra, nos jactábamos de haber quedado significativamente al margen de ese socorrido y brutal expediente de las marchas y de las manifestaciones de violencia. Pero ya lo tenemos incorporado en nuestro quehacer ciudadanos, ya forma parte de nuestra gimnasia, ya hemos encontrado cómo conjugarlo en los planos de las protestas y de los reclamos. Para nosotros, que somos gente de paz y que nos creemos medianamente civilizados y medianamente responsables y conscientes de nuestros deberes, es una pena que nos estemos incorporando en las rutinas del vandalismo.
En cualquier parte del mundo, el que atenta contra la seguridad y la vida de sus semejantes, el que destroza bienes públicos o particulares, el que quebranta, en fin, la paz y el orden y desacata a la autoridad legítimamente constituida, es un delincuente sin eufemismos que valgan. Aquí entre nosotros, por esos delincuentes que caen en asonadas, hay que pagar muy caro, hay que pagarlos en oro y, encima, convertidos en mártires. ¿De qué? Hasta ahora no damos con la respuesta correcta.


Gastroturismo

Oso Molino * ®® Sonría “Plis”

Luego de haber pasado unas fecundas y opíparas vacaciones que me permitieron recargar las pilas, soy un convencido de que no hay como mi país. No fui de ‘shoping’ a Miami ni a Buenos Aires, ni a las playas brasileñas que me gustan mucho, por esos montículos mulatos con hilos dentales que lucen las garotas de Ipanema.
Estuve en Cochabamba en un lugar paradisiaco. Bueno, en realidad en tres lugares muy especiales que me permitieron pasear en bote, estar en una cabaña de ensueño al lado de una laguna donde los peces se pescan con los dientes, entran a tus canastos porque brincan más que comparseros en Carnaval.
Así como anteriormente estuve en la Chiquitania empapándome de la espiritualidad de su gente que tiene de alma un violín y un entorno de templos tan bellos o de otra vacación donde me tragué la inmensidad del salar de Uyuni y ni qué decir del Madidi, Rurrenabaque and company, me tocó esta vez, experiemntar el gastroturismo.
Comí choclos, duraznos, uvas, pique macho, silpanchos, truchas, pejerrey. Fui a ver a Oriente contra Strongest y Aurora, recorrí los jardines públicos de una ciudad que creció mucho, con sus distribuidores de tránsito que son espectaculares y funcionales, tomé cerveza, brindé con champaña, hice el amor, obviamente no todo al mismo tiempo, pero la pasé bomba.
Al terminar mi periplo me convencí de que tenemos mucho que vender. Lugares para todos los gustos y para todos los bolsillos.
Fomentando el turismo y más que todo, creando una industria verdadera sin chimeneas pero con profesionalismo. No sólo se requiere gente amable, sino capacitada. No sólo se requiere bonachones hospitalarios, sino personas que sepan las raíces históricas y demás detalles para ‘vender’ el país como Dios manda.
Hay otra clase de turismo que nos puede diferenciar de otras latitudes. Podemos ofertar a nivel internacional, curiosidades bajo las siguientes premisas:
- “Venga a Bolivia y vea como se chicotea a choferes rompehuelgas”.
- “Conozca un país que ante cualquier medida pide la renuncia de su Presidente”
- “Quedé anonadado al saber que chicos antes de cumplir 20 años que quieren ser estrellas de fútbol, ya son unos borrachines”.
En fin, hay muchas cosas por ver en Bolivia. Pero seamos positivos. Bolivia es una gran nación. Ancha y bella. Un mosaico de posibilidades que hay que conocer antes de que Chile siga haciéndolo.
De momento, alzo mi vaso con bicarbonato, resultado de mi gastroturismo y brindo por todos mis amigos lectores para que tengan feliz 2005.

* Ex trabajador del Servicio de Caminos. Actual caminante sin camino porque se hace camino al andar. Viajero sin brújula. Mochilero de la tercera edad

 

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