Diésel, un caso patético
Willi Noack
‘Patético’, según la RAE, “dícese de lo que es capaz de mover y agitar el
ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o
melancolía.” El del diésel es un caso patético.
Los actores son un grupo que se caracteriza por un desencadenado egoísmo, y es
el sector transportista. Por otro lado un Gobierno que cede, cede y cede ante
presiones para conseguir, momentáneamente, una traicionera tranquilidad
(‘gobernabilidad’) sin importarle que estos acuerdos, resultados de chantajes,
causarán problemas mayores en el corto plazo. Los actores víctimas somos los que
tenemos que soportar las consecuencias de tanto egoísmo, combinado con la
ausencia de raciocinio económico. Si un diálogo desemboca en acuerdos inviables,
vienen situaciones mucho peores que el primer problema, pues postergar una
solución real será castigado, sin margen de duda. Se debe dialogar pero sin
sacrificar raciocinio, y se debe gobernar con medidas necesarias, por más que a
nadie le guste.
En el caso concreto esta medida consiste en un paulatino incremento de los
precios. Tenemos buenas y similares experiencias con la gradual devaluación del
boliviano con la que se evitan otras devaluaciones traumáticas.
Pero el primer intento tibio del Ejecutivo de encarecer en proporción minúscula
los precios de los hidrocarburos fue brutalmente inhibido por los transportistas
(y otros que actúan con motivos partidarios). El Gobierno cedió: congeló los
precios. Esta intervención en el mecanismo fundamental del libre mercado, que es
el del establecimiento de precios conforme a la demanda y oferta, es uno de los
pecados más peligrosos, y además, un bumerang que golpea violentamente al que lo
lanza.
Lo que resultó era totalmente previsible. El precio mucho más alto en países
vecinos conllevó al contrabando lucrativo, para contrabandistas hormiga pero
también para los mismos transportistas. El Estado corrupto no está en
condiciones de inhibir este contrabando. Se produjo una escasez, lo que motivó a
los sectores a exigir al Gobierno importar más diésel, que enseguida salió del
país generando una alta ganancia para los contrabandistas, que exigieron
vehementemente que el Ejecutivo normalice la crisis del desabastecimiento, que,
en gran medida, ellos mismos ocasionaron.
Para el TGN la subvención se convirtió en una pesadilla. Los países que
financian hasta los gastos operativos de Bolivia vetaron el congelamiento de los
precios. En reunión de emergencia nuestros gobernantes tuvieron que reconocer
que la lógica económica no se puede suspender, y decretaron el gasolinazo, que
hubiese sido evitable con el incremento minúsculo.
Tal como durante la UDP, reapareció el diésel en venta a precios superiores,
probablemente ocultado durante diez largos días por los especuladores que
hicieron su agosto.
El grupo egoísta va a utilizar la subida del diésel para incrementar de manera
desproporcionada sus precios de transporte, chantajeando con brutalidad al
Gobierno débil para imponer sus intereses, utilizando su capacidad de paralizar
al país con sus bloqueos, demostrando que representan un poder de facto
impresionante, pero que se utiliza en beneficio exclusivo de sus miembros.
¿Acaso toda esta situación no es patética?
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