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| EDITORIAL |
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 06, Enero de 2005
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Chaqueos en Amboró |
Dudamos, -y creemos que con sobradas razones-, de la eficacia
de las entidades y de los mecanismos para evitar los chaqueos dentro de la
reserva del parque Amboró. Nos atrevemos a pensar más bien, -y de igual manera
con buenas razones-, que tal vez no haya entidades oficiales que alienten tales
chaqueos, pero sí hay personas que, si no las alientan, las encubren, aunque lo
más probable es que hagan ambas cosas al mismo tiempo y hasta de manera abierta.
Los chaqueos en la reserva Amboró, no solamente contravienen disposiciones
legales expresas, no sólo que ponen en riesgo grave una reserva importante y muy
valiosa al servicio de la vida silvestre que en muchas vertientes se halla en
vías de extinción. Además de todo ello, que ya es muy significativo como para no
tomarlo en cuenta, los chaqueos están poniendo en riesgo inminente el ecosistema
aledaño al mencionado parque. Son alarmantes los relatos que, al respecto, se
hacen llegar hasta la opinión pública, a través de los medios de comunicación.
Se trata, en unos casos, de ríos, riachuelos y lagunas que experimentan largas y
agotadoras sequías porque las lluvias son cada vez más escasas. La falta o la
escasez de agua, consiguientemente, está deteriorando la calidad de las tierras
aledañas al parque Amboró y los empobrecidos y olvidados ocupantes de esas
tierras no ven otra alternativa que alzar los brazos y abandonarlo todo, o sea
la lucha y el esfuerzo de varias generaciones.
El calentamiento excesivo del ambiente hace el resto. Las condiciones para la
subsistencia se tornan insoportables. Si los seres humanos, ocupantes legítimos
de las tierras aledañas, se ven precisados de emigrar, las aves y los animales
que conforman lo que fuera una variada y preciosa fauna, toman el mismo camino o
mueren. En suma, que las tierras que colindan con Amboró se están transformando
en enormes desiertos en que dentro de muy poco tiempo no va a ser posible
concebir siquiera, ninguna forma de vida.
Y todo como producto de ese chaqueo clandestino que no hay ente ni mecanismo que
pueda evitar y que más bien cuenta, al parecer, con no pocos socapadores y
alentadores.
Vencidos por las inclemencias del clima que generan los chaqueos en el corazón
del parque Amboró, qué es lo que hacen los que trabajaban las tierras aledañas
tras evidenciar descorazonados que no tienen cómo luchar contra la violenta
desertificación.
Pues, la respuesta es muy sencilla y clara. Se desplazan, con sus penurias y
harapos a cuestas, rumbo a la ciudad capital y pasan, de manera automática, a
engrosar los cinturones de la miseria de la de por sí atosigada urbe. En la
región cruceña se plantea el doble problema, por un lado el del territorio
degradado, y por el otro, el de la marginalidad mendicante poniendo su toque
desdoroso en nuestras calles y plazas.
Pero, más que todo eso, cuenta el daño que en sí se le causa a la reserva del
parque Amboró. Allí empiezan a mostrarse las manchas grises de la aridez, los
ribetes inocultables de la desertificación, el empobrecimiento doloroso de la
flora y de la fauna, la desaparición, en fin, de todas las formas de vida. Sin
duda alguna que todos esos fenómenos repercutirán de manera dura e implacable,
en el medio urbano nuestro y en el de algunas provincias cercanas.
Por lo que significan hasta hoy y por lo que pueden significar en un futuro
inmediato, el tema de los chaqueos en el parque Amboró hay que manejarlo con
firmeza. Manejar con firmeza no significa otra cosa que aplicar la ley sin mirar
la cara a nadie.
¡Cosas para ver!
Raspapinchete
Teniendo como fondo los escombros de uno de los tantos hoteles
destruidos por el maremoto que en los últimos días de diciembre asoló el sudeste
asiático, matando a más de ciento cincuenta mil personas, dos turistas europeos,
-algunas versiones afirman que son unos flemáticos ingleses-, aparecen en traje
de baño y con sendas botellas de cerveza en la mano.
¡Vaya postal!
En lo que quedó de la playa, ambos se muestran dialogando despreocupados
mientras, entre trago y trago para refrescar el gaznate, dejan que los rayos del
sol terminen de dorar sus cuerpos.
No muy lejos de allí, la gente afectada por la catástrofe seguía llorando a sus
muertos, deambulando entre sus destrozadas viviendas, padeciendo de sed o sin
tener qué llevarse a la boca.
En similares imágenes que ya le han dado la vuelta al mundo, se observa a
decenas de otros turistas ‘playeando’ en sitios donde ese brutal fenómeno
natural conocido como ‘tsunami’, sembró muerte y destrucción a su paso.
Se dice que son visitantes que adquirieron paquetes turísticos y que tras salvar
su vida,-en vez de empacar a toda prisa y regresar a casa en el primer vuelo
disponible, decidieron quedarse para no perder la inversión efectuada por unas
vacaciones que en exóticos países asiáticos, los pondría a distancia de los
rigores del invierno en Europa.
Disfrutan entonces como si nada hubiese ocurrido. Se bañan en las aguas del mar
que en algunas partes todavía siguen devolviendo los restos de las víctimas de
una de las peores tragedias experimentadas por la humanidad.
Un alto funcionario del gobierno tailandés, puesto en aviso, llegó prontamente
hasta los impávidos ‘playistas’ para reclamarles y reflexionarlos acerca de su
actitud.
¡Si le habrán llevado el apunte!
Y es que los imperturbables ‘veraneantes’ parecen estar vacunados contra la
tragedia y el dolor de sus semejantes.
Ajenos, en consecuencia, a todo cuanto de malo ocurre a su alrededor. Se
preguntarán acaso con qué se pincha o se corta aquello de la solidaridad.
Insensibilizados, no tienen escrúpulo alguno para recrearse tranquilamente, para
asolearse y beber cerveza en el escenario de una de las mayores devastaciones
producidas en el planeta.
Así están las cosas en el mundo...
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