Un país agitado
Víctor Fagilde ®®Desde Ladainas
Efectivamente, creo que España, además de hermosa y vital, se ha convertido
en un país extremado y, no se si necesariamente, agitado. La agenda regional, la
de los planteamientos nacionales y la de las opciones en materia exterior,
desgrana día a día incertidumbre, confusión y sobresaltos que incorporan así
nuevos elementos a la agitación nacional.
Desde la perspectiva regional, el conflicto desencadenado por las aspiraciones
de la selección catalana de hockey sobre patines, ganadora del mundial B, al no
conseguir ser considerada como entidad independiente, en lo deportivo, de la
española, ha puesto de nuevo en evidencia las carencias del modelo de
articulación que nos rige y la necesidad de encontrar perfiles menos difusos en
la ordenación de la convivencia nacional. Para que no faltase componente alguno,
un político catalán próximo al Gobierno cuestiona por ello el apoyo de Cataluña
a Madrid para organizar y albergar los Juegos Olímpicos de 2012. En la misma
agenda no ha sido menos agitada la disputa lingüística entre catalanes y
valencianos. ¿Lengua distinta? ¿La misma lengua con otros matices? ¿Una lengua,
dos —o tres, porque también jugaría el mallorquín— denominaciones?
En lo que se refiere a la agenda nacional, la intensidad de la agitación supera
incluso a la regional. Las declaraciones del Ministro de Asuntos Exteriores y
Cooperación, Miguel Ángel Moratinos, acerca del golpe de Estado contra Hugo
Chávez en Venezuela, el galimatías de la actuación de la Guardia Civil en
Asturias en los meses previos al atentado de Atocha, los requiebros en la
tramitación de la ley que reforma las elecciones al Consejo General del Poder
Judicial, en donde los populares quieren mantener el statu quo —los magistrados
habrán de elegirse por mayoría absoluta—, frente a la posición socialista de
cambiarlo por el de dos tercios, y la crispación alrededor de las
comparecencias, firmes y tensas, de José María Aznar y de José Luis Rodríguez
Zapatero en la Comisión parlamentaria que investiga lo sucedido el 11-M, nos ha
dejado a muchos un cuello que pugna por llegar a la camisa, sin que las fuerzas
políticas, y posiblemente el país también, consigan ponerse de acuerdo, ni en lo
sucedido ni en como cerrar políticamente un episodio dramático que llenó España
de tragedia y muerte.
Para completar el escenario, se ha vivido una reprobable y dolorosa aparición de
xenofobia y racismo en escenarios deportivos, y el propio estadio Santiago
Bernabéu, mientras jugaban el Real Madrid y la Real Sociedad de San Sebastián,
ha tenido que ser desalojado por una amenaza de bomba que, tras haber sido
revisado de arriba a abajo todo el estadio, resultó ser falsa.
La agenda exterior no se ha quedado atrás. Los desencuentros y la distancia con
Estados Unidos, que es posible que no haya, aunque lo parezca; la sintonía y la
afinidad con Venezuela, que lo parece, aunque sea posible que no las haya; y el
cambio de tercio en las relaciones con Cuba y con la Unión Europea, que lo hay
y, además, parece que han aportado su media montaña y no sólo su granito de
arena a la tensión nacional, en la que los ecos y tambores de la última
contienda electoral aún no se han apagado.
España, como reza el título de este comentario, se ha convertido en un país
agitado, en el que son pocas las posibilidades, al menos en el corto y en el
medio plazo —dejando a salvo el paréntesis de las fiestas navideñas—, de que el
barco de lo diario tome rumbos distintos para navegar por mares menos procelosos
y en aguas más tranquilas, que permitan a los ciudadanos a bordo, a modo de
marinería comprometida, disfrutar del paisaje y a los patrones al mando darse
cuenta de que existe.
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