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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 05, Enero de 2005

../images/blanco.gifUn país agitado



Víctor Fagilde ®®Desde Ladainas

Efectivamente, creo que España, además de hermosa y vital, se ha convertido en un país extremado y, no se si necesariamente, agitado. La agenda regional, la de los planteamientos nacionales y la de las opciones en materia exterior, desgrana día a día incertidumbre, confusión y sobresaltos que incorporan así nuevos elementos a la agitación nacional.
Desde la perspectiva regional, el conflicto desencadenado por las aspiraciones de la selección catalana de hockey sobre patines, ganadora del mundial B, al no conseguir ser considerada como entidad independiente, en lo deportivo, de la española, ha puesto de nuevo en evidencia las carencias del modelo de articulación que nos rige y la necesidad de encontrar perfiles menos difusos en la ordenación de la convivencia nacional. Para que no faltase componente alguno, un político catalán próximo al Gobierno cuestiona por ello el apoyo de Cataluña a Madrid para organizar y albergar los Juegos Olímpicos de 2012. En la misma agenda no ha sido menos agitada la disputa lingüística entre catalanes y valencianos. ¿Lengua distinta? ¿La misma lengua con otros matices? ¿Una lengua, dos —o tres, porque también jugaría el mallorquín— denominaciones?
En lo que se refiere a la agenda nacional, la intensidad de la agitación supera incluso a la regional. Las declaraciones del Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, Miguel Ángel Moratinos, acerca del golpe de Estado contra Hugo Chávez en Venezuela, el galimatías de la actuación de la Guardia Civil en Asturias en los meses previos al atentado de Atocha, los requiebros en la tramitación de la ley que reforma las elecciones al Consejo General del Poder Judicial, en donde los populares quieren mantener el statu quo —los magistrados habrán de elegirse por mayoría absoluta—, frente a la posición socialista de cambiarlo por el de dos tercios, y la crispación alrededor de las comparecencias, firmes y tensas, de José María Aznar y de José Luis Rodríguez Zapatero en la Comisión parlamentaria que investiga lo sucedido el 11-M, nos ha dejado a muchos un cuello que pugna por llegar a la camisa, sin que las fuerzas políticas, y posiblemente el país también, consigan ponerse de acuerdo, ni en lo sucedido ni en como cerrar políticamente un episodio dramático que llenó España de tragedia y muerte.
Para completar el escenario, se ha vivido una reprobable y dolorosa aparición de xenofobia y racismo en escenarios deportivos, y el propio estadio Santiago Bernabéu, mientras jugaban el Real Madrid y la Real Sociedad de San Sebastián, ha tenido que ser desalojado por una amenaza de bomba que, tras haber sido revisado de arriba a abajo todo el estadio, resultó ser falsa.
La agenda exterior no se ha quedado atrás. Los desencuentros y la distancia con Estados Unidos, que es posible que no haya, aunque lo parezca; la sintonía y la afinidad con Venezuela, que lo parece, aunque sea posible que no las haya; y el cambio de tercio en las relaciones con Cuba y con la Unión Europea, que lo hay y, además, parece que han aportado su media montaña y no sólo su granito de arena a la tensión nacional, en la que los ecos y tambores de la última contienda electoral aún no se han apagado.
España, como reza el título de este comentario, se ha convertido en un país agitado, en el que son pocas las posibilidades, al menos en el corto y en el medio plazo —dejando a salvo el paréntesis de las fiestas navideñas—, de que el barco de lo diario tome rumbos distintos para navegar por mares menos procelosos y en aguas más tranquilas, que permitan a los ciudadanos a bordo, a modo de marinería comprometida, disfrutar del paisaje y a los patrones al mando darse cuenta de que existe.

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