El absurdo déficit crónico de diésel
Javier de J. Mansilla Peña
El déficit crónico de diésel en el país data de principios de los años 90, y
hasta la fecha no ha habido ninguna propuesta gubernamental para dar solución
definitiva a este problema.
Se vendieron las refinerías de YPFB a Petrobras sin ninguna condición para que
sean ampliadas inmediatamente previendo el crecimiento de la demanda interna. De
que se han hecho mejoras es cierto, pero son más de modernización y optimización
tecnológica. Hoy, dichas refinerías trabajan al ciento por ciento de su
capacidad, es decir, se ha incrementado sustancialmente la producción de
petróleo en el país, pero no tenemos donde refinarlo. En los hechos sobra
petróleo y éste se exporta a Argentina de donde se importa diésel como producto
acabado.
Transredes por su parte se ha dedicado más al maquillaje de los oleoductos y
gasoductos; sus tarifas de transporte son más altas que el transporte de
petróleo en camiones cisternas, pese a las malas carreteras en el país. Este
absurdo funciona sólo en Bolivia. Recientemente han aparecido con una
alternativa para manejar los diferentes petróleos que se producen en el país
según su calidad y así mejorar la extracción de diésel en las refinerías. Esto
es otro maquillaje como paliativo a mediano plazo.
A todo esto se suma el contrabando de diésel hacia los países limítrofes con
excepción de Argentina. Como parte de la solución a este despropósito, el
déficit crónico de diésel, el Gobierno nos sorprendió el último día de 2004 con
un incremento del 23 por ciento en el precio. En el largo plazo no hay
soluciones, o ya no se quieren tomar decisiones mientras no se apruebe la nueva
Ley de Hidrocarburos.
La respuesta política ha sido la misma con Paz Zamora, Sánchez de Lozada,
Banzer, Quiroga y ahora Mesa: dejar todo en las manos invisibles del mercado,
esto es importar diésel. Así, dichas importaciones para atender el mercado
interno cautivo y hasta manipulado por las autoridades pertinentes, han movido
al menos 700 millones de dólares y le han costado al TGN varios cientos de
millones en subvenciones al IEHD para viabilizarlas. Viendo las pingües
utilidades del negocio a vista y placer de los gobernantes de turno, ¿para qué
dictar políticas que cambien las cosas? Un tercio de la renta petrolera nacional
(regalías e impuestos) se ha gastado en dichas importaciones. Como si el dólar
fuese la mercancía más barata y abundante en el país.
La solución de largo plazo es hacer petroquímica en base al gas natural, esto es
producir carburantes como la gasolina y el diésel a partir del gas, y así tener
precios al consumidor afectados en mínimo por el alza del petróleo. Esto es
factible a través de los proyectos GTL (gas a líquidos) que cada uno de los
mencionados gobiernos ha recibido a su turno como propuestas de inversión. Sin
embargo, la toma de decisiones a todas luces y desde todo punto de vista
lúcidas, razonables y deseables en interés del país tendrán que seguir
esperando. Parecen estar primero otros intereses invisibles antes que aquellos
visibles del bien común. A nadie parece importarle que el país entero esté por
reventar de la bronca.
Puestas así las cosas, estamos refundidos y, de yapa, en manos de la novedosa
iniciativa de la Comisión Económica de la Cámara de Diputados, de someter la
nueva Ley de Hidrocarburos a consulta por sectores sociales. Como si el
referéndum no hubiese sido suficiente consulta, aunque amañada por las preguntas
torcidas del Poder Ejecutivo, pero consulta al fin de cuentas.
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