En un depósito de mendigos está convertida esta ciudad de
Santa Cruz de la Sierra. Y la mendicidad miserable y penosa que copa casi todos
los espacios públicos, calles, avenidas, plazas, plazuelas, rotondas y canteros,
no es de la gente nuestra, no es de nuestros desdichados que padecen de alguna
deficiencia física o mental o que cargan el peso de los años y de las
enfermedades o que arrastran un impedimento absoluto e irreversible o que no
encuentran humanamente qué hacer.
No, la mendicidad que ha invadido Santa Cruz de la Sierra y la tiene copada por
todos lados, procede de otros distritos, del interior, de la parte alta del país
y particularmente del distante y helado Potosí, de donde regularmente nos llegan
nuevos contingentes mendicantes.
En su tiempo sufrimos la avalancha de los pordioseros ayoreos, procedentes de
sus cálidos y empobrecidos territorios, que se desplazaban hasta la urbe porque
en sus lugares de origen la lucha por la subsistencia se había tornado
insostenible. Pero nuestras autoridades y nosotros mismos, los vecinos de esta
ciudad capital, fuimos duros, implacables con nuestros ayoreos mendigos, a
muchos de los cuales, si no a todos, devolvimos a su enmarañado hábitat o sin
contemplaciones los confinamos en algún rincón de la periferia urbana.
¿Por qué ahora que se trata de una mendicidad con la que Santa Cruz de la Sierra
no tiene razón para cargar, no procedemos, no proceden las autoridades
competentes, con la misma firmeza con que procedimos, con que procedieron, en el
caso de los pordioseros ayoreos? Tal vez leyendo esta nota editorial nos quieran
tildar de inhumanos, de despiadados. Sin embargo, nosotros nos adelantamos a
replicar que más inhumanos y más despiadados son los que se deshacen de sus
menesterosos emponchándoselos al que mejor les acomode.
De hecho, esos menesterosos, que con sus pesadas y abrigadas vestimentas,
totalmente inapropiadas para nuestro clima cálido o más bien tórrido, lo que de
por sí constituye una mortificación insufrible adicional, para llegar hasta
Santa Cruz de la Sierra no pueden hacerlo por propia iniciativa ni por propios
medios. Peor todavía si encima, y como realmente ocurre, llegan en compañía de
sus hijos pequeños, criaturas de no más de tres años.
Con qué discernimiento van a coger como destino Santa Cruz de la Sierra. De qué
medios físicos van a valerse para abordar un camión, puesto que en avión no lo
hacen y tampoco hay tren. Con qué dinero van a pagar el costo del transporte
tomando en cuenta que de hecho ningún transportista se ofrecerá gratis para
cargar con los harapientos contingentes desde Potosí hasta Santa Cruz de la
Sierra.
La figura pues está muy clara. Alguna autoridad de la Villa Imperial, con
singular picardía criolla y con menosprecio de Santa Cruz de la Sierra, es la
que se ocupa de recoger a los mendigos, de embarcarlos a pulso en camiones, de
pagar el transporte, de dar a cada pasajero un pan por cabeza para que coma en
el camino y de meterle en el bolsillo cinco o diez bolivianos, alentándolos para
que hagan el largo viaje bajo el señuelo de que en Santa Cruz de la Sierra
vivirán bien, porque aquí todos somos ricos, porque aquí hay comida al alcance
de la mano, porque aquí en estas llanuras pueden curarse de sus males presentes
y futuros. Y si no es una autoridad, debe tratarse de una institución, pero,
definitivamente, ninguno de los mendigos potosinos llegados hasta Santa Cruz de
la Sierra está en condiciones físicas o económicas para hacer el viaje por
medios propios.
Hasta por cuestión de dignidad, deberían nuestras autoridades o nuestras
instituciones, devolver la “gentileza”. Recoger a los mendigos potosinos o de
cualquier otra procedencia y embarcarlos rumbo a sus lugares de origen. Es una
afrenta aceptar que tengan convertida a nuestra ciudad en depósito de
pordioseros.
No son malas palabras (III)
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Jacuú no es una mala palabra.
Es un modismo nuestro que a mi me suena bonito.
Ya casi nadie habla del jacuú.
El jacuú era la yuca, el plátano, el camote, el joco, el choclo o el zapallo,
que se servía en la mesa para acompañar el almuerzo o la cena.
El jacuú, además, llenaba el vacío de nuestras hambres mozas que solían ser
insaciables y que en casa atribuían a los bichos en la barriga.
Hoy ya no se reclama el jacuú.
Las amas de casa modernas y bien habladas preguntan a las domésticas: ¿No tenés
pancito? ¿No tenés yuquita? ¿No tenés platanito? y cosas así.
Como jacuú se conocía también al acompañamiento del café del desayuno y del café
de la siesta.
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Del baquitú ya nadie tiene noticias.
La culpa es de las cocinas a gas o eléctricas o a kerosene.
El baquitú era el soplador o el soplafuego.
Se lo utilizaba para avivar el fuego a leña de nuestras viejas cocinas.
El baquitú era menos efectivo que el aire que expelíamos inflando los cachetes
sobre las leñas que humeaban tanto antes de alegrar el ambiente con sus llamas.
Pero el baquitú o soplador o soplafuego proporcionaba alivio a quienes tenían
que prender el fuego o avivarlo.
El baquitú pasó a mejor vida y cuando se lo nombra, pocos saben de qué se trata.
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Los plásticos acabaron con el Jasayé.
Los plásticos mandaron al cementerio al panacú.
El primero, el jasayé, era un cesto hecho con hojas de motacú trenzadas
diestramente.
El segundo, el panacú, también era un cesto, pero alargado y más grande,
confeccionado asimismo con las hojas del motacú.
Quesos, huevos, quesillos y otras cosas pequeñas, se acomodaban en el jasayé.
Yucas, plátanos y artículos de mayor volumen contenían los panacuses.
Hoy ya no se ve ni en pinturas jasayeses ni panacuses.
Hoy todo se transporta en esas bolsas horrorosas de plástico que luego se
arrojan a las calles donde permanecen jugueteando a los remolinos por efecto de
nuestros vientos.
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No muchos deben saber lo que es un jisunú.
El huevo que se dejaba en el nido de las gallinas para que sobre él, las
ponedoras depositaran otros.
El jisunú era muy importante porque sin él las gallinas regaban sus huevos por
todas partes y se hacía difícil recolectarlos.
Hoy, que las gallinas ni siquiera necesitan gallos, en las granjas avícolas
ponen huevos de pie, sin necesidad de nidos y respondiendo a sistemas casi
castrenses.
Cosas del modernismo que han acabado, entre otras, con el jisunú.
Aunque jisunú se sigue llamando al billete nuevo, generalmente de un dólar que
se guarda en la cartera con la esperanza de que atraiga a otros.