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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Miércoles 05, Enero de 2005  

>>    Santa Cruz, depósito de mendigos

En un depósito de mendigos está convertida esta ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Y la mendicidad miserable y penosa que copa casi todos los espacios públicos, calles, avenidas, plazas, plazuelas, rotondas y canteros, no es de la gente nuestra, no es de nuestros desdichados que padecen de alguna deficiencia física o mental o que cargan el peso de los años y de las enfermedades o que arrastran un impedimento absoluto e irreversible o que no encuentran humanamente qué hacer.
No, la mendicidad que ha invadido Santa Cruz de la Sierra y la tiene copada por todos lados, procede de otros distritos, del interior, de la parte alta del país y particularmente del distante y helado Potosí, de donde regularmente nos llegan nuevos contingentes mendicantes.
En su tiempo sufrimos la avalancha de los pordioseros ayoreos, procedentes de sus cálidos y empobrecidos territorios, que se desplazaban hasta la urbe porque en sus lugares de origen la lucha por la subsistencia se había tornado insostenible. Pero nuestras autoridades y nosotros mismos, los vecinos de esta ciudad capital, fuimos duros, implacables con nuestros ayoreos mendigos, a muchos de los cuales, si no a todos, devolvimos a su enmarañado hábitat o sin contemplaciones los confinamos en algún rincón de la periferia urbana.
¿Por qué ahora que se trata de una mendicidad con la que Santa Cruz de la Sierra no tiene razón para cargar, no procedemos, no proceden las autoridades competentes, con la misma firmeza con que procedimos, con que procedieron, en el caso de los pordioseros ayoreos? Tal vez leyendo esta nota editorial nos quieran tildar de inhumanos, de despiadados. Sin embargo, nosotros nos adelantamos a replicar que más inhumanos y más despiadados son los que se deshacen de sus menesterosos emponchándoselos al que mejor les acomode.
De hecho, esos menesterosos, que con sus pesadas y abrigadas vestimentas, totalmente inapropiadas para nuestro clima cálido o más bien tórrido, lo que de por sí constituye una mortificación insufrible adicional, para llegar hasta Santa Cruz de la Sierra no pueden hacerlo por propia iniciativa ni por propios medios. Peor todavía si encima, y como realmente ocurre, llegan en compañía de sus hijos pequeños, criaturas de no más de tres años.
Con qué discernimiento van a coger como destino Santa Cruz de la Sierra. De qué medios físicos van a valerse para abordar un camión, puesto que en avión no lo hacen y tampoco hay tren. Con qué dinero van a pagar el costo del transporte tomando en cuenta que de hecho ningún transportista se ofrecerá gratis para cargar con los harapientos contingentes desde Potosí hasta Santa Cruz de la Sierra.
La figura pues está muy clara. Alguna autoridad de la Villa Imperial, con singular picardía criolla y con menosprecio de Santa Cruz de la Sierra, es la que se ocupa de recoger a los mendigos, de embarcarlos a pulso en camiones, de pagar el transporte, de dar a cada pasajero un pan por cabeza para que coma en el camino y de meterle en el bolsillo cinco o diez bolivianos, alentándolos para que hagan el largo viaje bajo el señuelo de que en Santa Cruz de la Sierra vivirán bien, porque aquí todos somos ricos, porque aquí hay comida al alcance de la mano, porque aquí en estas llanuras pueden curarse de sus males presentes y futuros. Y si no es una autoridad, debe tratarse de una institución, pero, definitivamente, ninguno de los mendigos potosinos llegados hasta Santa Cruz de la Sierra está en condiciones físicas o económicas para hacer el viaje por medios propios.
Hasta por cuestión de dignidad, deberían nuestras autoridades o nuestras instituciones, devolver la “gentileza”. Recoger a los mendigos potosinos o de cualquier otra procedencia y embarcarlos rumbo a sus lugares de origen. Es una afrenta aceptar que tengan convertida a nuestra ciudad en depósito de pordioseros.


No son malas palabras (III)

Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina

Jacuú no es una mala palabra.
Es un modismo nuestro que a mi me suena bonito.
Ya casi nadie habla del jacuú.
El jacuú era la yuca, el plátano, el camote, el joco, el choclo o el zapallo, que se servía en la mesa para acompañar el almuerzo o la cena.
El jacuú, además, llenaba el vacío de nuestras hambres mozas que solían ser insaciables y que en casa atribuían a los bichos en la barriga.
Hoy ya no se reclama el jacuú.
Las amas de casa modernas y bien habladas preguntan a las domésticas: ¿No tenés pancito? ¿No tenés yuquita? ¿No tenés platanito? y cosas así.
Como jacuú se conocía también al acompañamiento del café del desayuno y del café de la siesta.
****
Del baquitú ya nadie tiene noticias.
La culpa es de las cocinas a gas o eléctricas o a kerosene.
El baquitú era el soplador o el soplafuego.
Se lo utilizaba para avivar el fuego a leña de nuestras viejas cocinas.
El baquitú era menos efectivo que el aire que expelíamos inflando los cachetes sobre las leñas que humeaban tanto antes de alegrar el ambiente con sus llamas.
Pero el baquitú o soplador o soplafuego proporcionaba alivio a quienes tenían que prender el fuego o avivarlo.
El baquitú pasó a mejor vida y cuando se lo nombra, pocos saben de qué se trata.
****
Los plásticos acabaron con el Jasayé.
Los plásticos mandaron al cementerio al panacú.
El primero, el jasayé, era un cesto hecho con hojas de motacú trenzadas diestramente.
El segundo, el panacú, también era un cesto, pero alargado y más grande, confeccionado asimismo con las hojas del motacú.
Quesos, huevos, quesillos y otras cosas pequeñas, se acomodaban en el jasayé.
Yucas, plátanos y artículos de mayor volumen contenían los panacuses.
Hoy ya no se ve ni en pinturas jasayeses ni panacuses.
Hoy todo se transporta en esas bolsas horrorosas de plástico que luego se arrojan a las calles donde permanecen jugueteando a los remolinos por efecto de nuestros vientos.
****
No muchos deben saber lo que es un jisunú.
El huevo que se dejaba en el nido de las gallinas para que sobre él, las ponedoras depositaran otros.
El jisunú era muy importante porque sin él las gallinas regaban sus huevos por todas partes y se hacía difícil recolectarlos.
Hoy, que las gallinas ni siquiera necesitan gallos, en las granjas avícolas ponen huevos de pie, sin necesidad de nidos y respondiendo a sistemas casi castrenses.
Cosas del modernismo que han acabado, entre otras, con el jisunú.
Aunque jisunú se sigue llamando al billete nuevo, generalmente de un dólar que se guarda en la cartera con la esperanza de que atraiga a otros.

 

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