Nadie da en el blanco...
Mario Rueda Peña
En Bolivia, la política equivale a polígono de tiro en el cual todos, casi
todos, quieren hacer fama. Esto marca la diferencia con países altamente
desarrollados, de estructura social más o menos simplificada (los de abajo, los
del medio y los de arriba) y capaz, por lo mismo, de reflejos políticos fuertes
en la superestructura, en la cual se inscriben los partidos políticos. En estas
naciones prósperas ellos son casi siempre fuertes (no más dos o tres),
turnándose en el ejercicio del poder al ritmo de los cambios de opinión pública
que determinan el resultado concreto de gestión en el marco de favorables o
adversos factores coyunturales. En todo caso, ellos y nadie más que ellos son
los que compiten en el campo de tiro, casi siempre por encargo de los de arriba
(transnacionales, los grandes del sistema financiero, etc.) que por tener
demasiados rifleros bajo control no necesitan exponer genio y figura en tan
estruendoso espacio de artillería.
En Bolivia, como quiera que su estructura social es demasiado enrevesada y de
altísima fragmentación el reflejo político de la misma en la superestructura
(galería en la que ya fulguran, además, las Agrupaciones Ciudadanas y los
Pueblos Indígenas), todo el mundo, rifle en ristre, va al campo de tiro.
Disparan al blanco los de arriba (Gobierno), los del medio (sectores
corporativos de todo un verdadero arco iris social donde muchos tonos se mezclan
con otros, como ocurre en las capas ligadas a la economía informal) y los de
abajo que tampoco conforman un bloque unitario, porque les divide la pertenencia
sindical o étnico-cultural.
Lo grave no radica en que hayan tantos tiradores en el polígono, sino que nadie,
ni los de arriba ni los del medio ni los de abajo, dan en el blanco. Repasemos
en forma somera algunos de los disparos erráticos. La clave de los males que
padece Bolivia está en la economía, pero se tiene en la mira únicamente a la
superestructura. Se quiere salir del subdesarrollo a punta de constituyentes, en
la creencia más o menos tonta de que es posible erigir una casa (nación) a
partir del techo y no de los cimientos. En materia educativa se coloca el acento
principal en lo bilingüe encandecido de ultranativismo y no en lo rigurosamente
pedagógico ajustado a los parámetros que en este campo impone el actual proceso
de globalización, uno de los cuales es la funcionalidad del, o los, idiomas. En
lo que hace a la problemática indígena se tiran los dados más a la que ya
algunos denominan ‘indianización definitiva’ de nuestros nativos que a su
‘bolivianización’ en términos de integración a la sociedad, en condiciones de
equidad, lo que exige darles economía antes que identidad. Ésta, finalmente,
será atractiva para los turistas foráneos, pero no para ellos. No aludimos a los
que hacen de sus dirigentes, que sí la quieren, por razones obvias. Nos
referimos a los del montón. A ésos que saben que con solo identidad no van a
ningún lado.
La lista de disparos erráticos se alarga con la cuestión de los hidrocarburos,
el Bonosol, la política gubernamental de contención (más bien de estímulo) de
las invasiones de tierras privadas, las consultas sobre modalidades de elección
y tamaño de la Constituyente (asunto que parece nos llevará a un embrollo mayor
aún al del Referéndum sobre el gas), por sólo citar algunos asuntos.
Nadie da en el blanco. Ni los de arriba, porque se dejan influir por los del
medio y los de abajo, ni estos ni aquellos, porque el rifle ideológico, teórico
o programático que ambos utilizan está más para museo que para el disparo de
propuestas idóneas y certeras...
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