‘¿Podremos vivir juntos?’
Susana Seleme Antelo
Apenas iniciado el año 2005, el título de esta nota lo tomo de un libro del
sociólogo francés Alain Touraine en el que intenta escapar a la disyuntiva entre
el modelo uniforme de la globalización, que ignora la diversidad frente a las
comunidades y regiones que pretenden afirmar su identidad.
Con ese planteamiento vuelvo a las autonomías. ¿Podremos conciliar las
diferentes visiones que sobre ellas se presentan en el país o esas visiones son
más bien antagónicas? Algunas rechazan el referéndum departamental por
autonomía, con el argumento de que el tema debe ser discutido en la Asamblea
Constituyente, donde, aseguran, las autonomías serán rechazadas porque van
contra la unidad de Bolivia.
Otras visiones recurren al manido argumento de que son el nuevo pretexto de los
sectores de poder, al que se suman algunos oportunistas. Según estos
detractores, las oligarquías, los grupos de poder y las logias locales quieren
la autonomía para usufructuar de los beneficios presentes y futuros de la
explotación de todos los recursos naturales regionales, que pertenecen al
Estado. ¡Qué simplismo, cómo si el Estado no fuera la concentración de los
intereses no siempre convergentes de las clases dominantes! ¡Cómo si hasta hoy
ese Estado no hubiera sido manejado por oligarquías mineras, grupos de poder
económicos y clasistas que depredaron los recursos naturales de Bolivia a su
libre y centralista arbitrio! Ése es el centralismo que las autonomías pretenden
corregir, y no reproducir en los niveles departamentales.
La geografía de Bolivia la conforman espacios diversos, heterogéneos y complejos
que son las regiones y que coinciden con las realidades departamentales. Pero
¡eureka! no son espacios vacíos. Están poblados por una diversidad de seres
sociales y sus no menos diversos orígenes étnicos y culturales; distintas
relaciones socioeconómicas; pertenencias de clase y prácticas políticas
diferentes, amén de sus también múltiples tensiones, hasta encontronazos, frente
a los poderes locales y al poder central.
De ahí que el tema de las autonomías es una cuestión regional de naturaleza
política, expresada en la relación centro - periferia o entre la región y el
Estado. Es un concepto ‘sociogeopolítico’.
En ese marco, la centralización es el objetivo estratégico de un Estado moderno,
es su presencia política e institucional y la ocupación total del espacio físico
estatal aún pendiente en Bolivia. El centralismo, en cambio, es la burocracia
central ineficiente y negligente; es la impotencia estatal para contener al ser
social en su fértil diversidad. La descentralización, insuficiente ya para
gestionar los múltiples intereses regionales, es la antítesis del centralismo.
La autonomía que reivindica Santa Cruz y quienes honestamente la apoyamos, no es
fiebre separatista ni pretensión de desintegrar Bolivia. Esta autonomía no es
narcisismo complaciente por los éxitos regionales de apenas las últimas décadas,
ni egoísmo que olvida a las regiones menos favorecidas, excluidas o ignoradas
por el centralismo. Tampoco es amenaza de declararnos otra nación, como reta
Felipe Quispe ni como quieren otros.
Si somos capaces de eliminar la disyuntiva ‘o ustedes o nosotros’, de reconocer
y aceptar que somos diversos pero no antagónicos, el 2005 y muchos años más
podremos vivir juntos, ¡claro que sí!
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