Aunque no es un justificativo del todo válido, tenemos que
aceptar que en buena parte la razón por la cual el ornato público no mejora, más
bien no se manifiesta en esta nuestra pobre ciudad de Santa Cruz de la Sierra,
es porque hay mucha mano dañina, porque se atropellan los malandrines que, o
bien destrozan los ornamentos de calles, avenidas, parques, plazas y plazuelas,
o bien los arrancan de cuajo y se los roban.
Personalmente, cualquiera de nosotros puede dar fe de la destrucción de los
motivos ornamentales de nuestros paseos públicos. Objetos diversos y hasta
placas conmemorativas, hemos visto desaparecer, arrancados con violencia,
seguramente para ser vendidos como chatarra o por el simple propósito de
causarle daño a la ciudad, afeándola sin miramientos.
Plantas ornamentales, que por lo general colocan los vecinos para mejorar el
frontis de sus viviendas, desaparecen de la noche a la mañana. Si los vecinos
persisten en el propósito de reponer las que fueron robadas, pues de nuevo
desaparecen las recientemente repuestas. De esta forma, el desánimo cunde en
todos los vecindarios. Nadie quiere aportar nada, particularmente, para mejorar
la cara de la urbe grigotana pues está en la certeza de que los malandrines
malograrán sus buenos propósitos robando sin escrúpulos.
Falla, por otra parte, la educación ciudadana. No otra cosa significa el hecho
de que rotondas, canteros y espacios reservados para el ornato público, sean
convertidos en aposento de la mendicidad que se incrementa de manera asombrosa
desde que del interior nos envían, por camionadas, mendigos ancianos y niños que
se pueden contar por cientos y miles hoy en nuestras calles y bajo nuestros
ásperos soles. Y si no se reduce a nuestros paseos a la categoría de aposento de
los rebalses de la mendicidad del interior, que sin duda alguna es planificada
para hacernos daño, pues se hace de dichos paseos vías peatonales.
A causa de estos abusos, nuestras rotondas, nuestros canteros, que debieran ser
jardines, muestrarios de flores, son vitrinas de la miseria, son espacios de
tierra endurecida, apisonada, surcados por infinidad de caminillos de bárbaros.
A tal extremo llegan las cosas, de tal magnitud son los abusos y los ultrajes en
contra de la buena ciudad, que alguna vez, cuando una autoridad se preocupó de
preservar lo casi nada que tenemos en materia de ornato, colocando pequeños
letreros en que rezaba: “Prohibido pisar el césped”, justamente pisando el
césped muy orondo destacaba la presencia de un uniformado de la policía de
seguridad.
Casi inmediatas dos tareas para las autoridades municipales. Poner a trabajar,
primero, el departamento de parques y jardines que, con toda seguridad, figura
en los organigramas del gobierno de la ciudad. Que el personal de dicho
departamento ponga la nota agradable del color y de la fragancia de las flores
en parques y paseos, en rotondas y canteros que hoy más son testimonios de la
miseria y de la suciedad que de cualquier otra cosa. Que se aproveche de la
feracidad de la tierra para hacer brotar un poco de belleza donde hoy sólo hay
mugre y podredumbre.
Al mismo tiempo, que la gendarmería municipal, que también existe, sin duda
alguna, vigile noche y día plazas, parques, rotondas y canteros para protegerlos
de la acción canallesca de los malandrines, de los delincuentes y de los
viciosos. Los vecinos volverán automáticamente a poner su grano de arena para
mejorar sus áreas privadas cuando menos. Y toda la pobre ciudad que hoy se
muestra tan sin atractivos, empezará a refulgir y a justificar nuestro orgullo
de hijos suyos.
Comenzó el mambo
Raspapinchete
Basta echar un vistazo a los principales titulares registrados
en la prensa nacional en los primeros días de 2005, para concluir que el país
está comenzando a transitar un camino tortuoso.
Que el nuevo año ha llegado con el espinazo ya doblado por el peso del fardo de
problemas que, como penosa herencia, le dejó el que acaba de ser despedido.
Que la marcha puede hacerse extremadamente forzada y, peor todavía, con rumbo
incierto. Que a los tropezones, el porrazo se hace inminente.
El detonante de unos renovados conflictos fue activado tras el anuncio
gubernamental sobre el incremento del precio de los hidrocarburos. Poco antes,
como oportunamente alertados, unos vivillos habían hecho su agosto con la
especulación que, como por arte de magia, hizo desaparecer y aparecer el diésel
de los surtidores, particularmente en Santa Cruz donde se dio una escasez
artificial.
Y tras determinarse el alza, una contundente respuesta no se hizo esperar. En
cascada se produjeron los anuncios de movilizaciones, paros y bloqueos que
podrían hacerse efectivos desde las próximas horas.
La paralización de algunas actividades, -la del autotransporte entre otras-, se
daría a partir de la fecha en cinco de los nueve departamentos del país, si no
en todos, donde hasta ayer tenían lugar intensas y sostenidas ‘megaconsultas’
entre representantes de diferentes sectores.
En tanto, el Gobierno no se daba abasto en sus gestiones para evitar a toda
costa que se llevaran a cabo las tales medidas. Sus ministros iban y venían
desde la sede de sus funciones en un ajetreo cuyos resultados parecían
improductivos.
Ante tal cuadro de situación no queda, de momento, más margen que para las
lamentaciones. En un ambiente más predispuesto para la confrontación, el diálogo
resulta entre sordos y le niega, injusta y sistemáticamente, un mejor porvenir a
la nación y, por ende, a los propios bolivianos.
Fue ilusorio pensar que el nuevo año podría depararle cuando menos un respiro a
la gente cuyas esperanzas están quedando otra vez envueltas en la inacabable
espiral de los conflictos.
Comenzó el ‘mambo’ en el país y se lo baila sin compás alguno. Al ritmo de la
música que unos y otros quieren imponer.
¡Pobre Bolivia!
En una etapa crucial de su vida republicana, nadie parece reparar en la gravedad
de sus problemas, en sus más apremiantes necesidades. Ni siquiera en la de una
tregua que permita iniciar o continuar la búsqueda de una luz al final del
túnel.
Al país se le tiene arrebatado desde hace rato el derecho a vivir en paz.