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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Martes 04, Enero de 2005  

>>    Vigilancia y ornato público

Aunque no es un justificativo del todo válido, tenemos que aceptar que en buena parte la razón por la cual el ornato público no mejora, más bien no se manifiesta en esta nuestra pobre ciudad de Santa Cruz de la Sierra, es porque hay mucha mano dañina, porque se atropellan los malandrines que, o bien destrozan los ornamentos de calles, avenidas, parques, plazas y plazuelas, o bien los arrancan de cuajo y se los roban.
Personalmente, cualquiera de nosotros puede dar fe de la destrucción de los motivos ornamentales de nuestros paseos públicos. Objetos diversos y hasta placas conmemorativas, hemos visto desaparecer, arrancados con violencia, seguramente para ser vendidos como chatarra o por el simple propósito de causarle daño a la ciudad, afeándola sin miramientos.
Plantas ornamentales, que por lo general colocan los vecinos para mejorar el frontis de sus viviendas, desaparecen de la noche a la mañana. Si los vecinos persisten en el propósito de reponer las que fueron robadas, pues de nuevo desaparecen las recientemente repuestas. De esta forma, el desánimo cunde en todos los vecindarios. Nadie quiere aportar nada, particularmente, para mejorar la cara de la urbe grigotana pues está en la certeza de que los malandrines malograrán sus buenos propósitos robando sin escrúpulos.
Falla, por otra parte, la educación ciudadana. No otra cosa significa el hecho de que rotondas, canteros y espacios reservados para el ornato público, sean convertidos en aposento de la mendicidad que se incrementa de manera asombrosa desde que del interior nos envían, por camionadas, mendigos ancianos y niños que se pueden contar por cientos y miles hoy en nuestras calles y bajo nuestros ásperos soles. Y si no se reduce a nuestros paseos a la categoría de aposento de los rebalses de la mendicidad del interior, que sin duda alguna es planificada para hacernos daño, pues se hace de dichos paseos vías peatonales.
A causa de estos abusos, nuestras rotondas, nuestros canteros, que debieran ser jardines, muestrarios de flores, son vitrinas de la miseria, son espacios de tierra endurecida, apisonada, surcados por infinidad de caminillos de bárbaros.
A tal extremo llegan las cosas, de tal magnitud son los abusos y los ultrajes en contra de la buena ciudad, que alguna vez, cuando una autoridad se preocupó de preservar lo casi nada que tenemos en materia de ornato, colocando pequeños letreros en que rezaba: “Prohibido pisar el césped”, justamente pisando el césped muy orondo destacaba la presencia de un uniformado de la policía de seguridad.
Casi inmediatas dos tareas para las autoridades municipales. Poner a trabajar, primero, el departamento de parques y jardines que, con toda seguridad, figura en los organigramas del gobierno de la ciudad. Que el personal de dicho departamento ponga la nota agradable del color y de la fragancia de las flores en parques y paseos, en rotondas y canteros que hoy más son testimonios de la miseria y de la suciedad que de cualquier otra cosa. Que se aproveche de la feracidad de la tierra para hacer brotar un poco de belleza donde hoy sólo hay mugre y podredumbre.
Al mismo tiempo, que la gendarmería municipal, que también existe, sin duda alguna, vigile noche y día plazas, parques, rotondas y canteros para protegerlos de la acción canallesca de los malandrines, de los delincuentes y de los viciosos. Los vecinos volverán automáticamente a poner su grano de arena para mejorar sus áreas privadas cuando menos. Y toda la pobre ciudad que hoy se muestra tan sin atractivos, empezará a refulgir y a justificar nuestro orgullo de hijos suyos.


Comenzó el mambo

Raspapinchete

Basta echar un vistazo a los principales titulares registrados en la prensa nacional en los primeros días de 2005, para concluir que el país está comenzando a transitar un camino tortuoso.
Que el nuevo año ha llegado con el espinazo ya doblado por el peso del fardo de problemas que, como penosa herencia, le dejó el que acaba de ser despedido.
Que la marcha puede hacerse extremadamente forzada y, peor todavía, con rumbo incierto. Que a los tropezones, el porrazo se hace inminente.
El detonante de unos renovados conflictos fue activado tras el anuncio gubernamental sobre el incremento del precio de los hidrocarburos. Poco antes, como oportunamente alertados, unos vivillos habían hecho su agosto con la especulación que, como por arte de magia, hizo desaparecer y aparecer el diésel de los surtidores, particularmente en Santa Cruz donde se dio una escasez artificial.
Y tras determinarse el alza, una contundente respuesta no se hizo esperar. En cascada se produjeron los anuncios de movilizaciones, paros y bloqueos que podrían hacerse efectivos desde las próximas horas.
La paralización de algunas actividades, -la del autotransporte entre otras-, se daría a partir de la fecha en cinco de los nueve departamentos del país, si no en todos, donde hasta ayer tenían lugar intensas y sostenidas ‘megaconsultas’ entre representantes de diferentes sectores.
En tanto, el Gobierno no se daba abasto en sus gestiones para evitar a toda costa que se llevaran a cabo las tales medidas. Sus ministros iban y venían desde la sede de sus funciones en un ajetreo cuyos resultados parecían improductivos.
Ante tal cuadro de situación no queda, de momento, más margen que para las lamentaciones. En un ambiente más predispuesto para la confrontación, el diálogo resulta entre sordos y le niega, injusta y sistemáticamente, un mejor porvenir a la nación y, por ende, a los propios bolivianos.
Fue ilusorio pensar que el nuevo año podría depararle cuando menos un respiro a la gente cuyas esperanzas están quedando otra vez envueltas en la inacabable espiral de los conflictos.
Comenzó el ‘mambo’ en el país y se lo baila sin compás alguno. Al ritmo de la música que unos y otros quieren imponer.
¡Pobre Bolivia!
En una etapa crucial de su vida republicana, nadie parece reparar en la gravedad de sus problemas, en sus más apremiantes necesidades. Ni siquiera en la de una tregua que permita iniciar o continuar la búsqueda de una luz al final del túnel.
Al país se le tiene arrebatado desde hace rato el derecho a vivir en paz.

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