Un columnista de nuestro diario mayor, muy leído y de mucho
peso, sin duda, apelando al diccionario de la Real Academia de la Lengua, nos
recuerda de manera diáfana lo que quiere decir ‘colono’. Gente que sale de un
lugar establecido para ir a fundar otro.
De acuerdo con esta definición tan sucinta pero tan clara, se tiene que concluir
en que, aquí en Santa Cruz de la Sierra, no hay colonos, pues ninguno de los que
se acogen a este rótulo, que es honroso, viene a fundar nada, absolutamente
nada.
Los mal llamados colonos vienen a establecerse donde mejor les acomoda, donde ya
todo está colonizado, con buenas carreteras hasta los que se puede llegar en
confortables buses equipados con aire acondicionado y camarote, y en cuyas
inmediaciones hay una discoteca, un karaoke o un negocio de venta de cervezas y
de hamburguesas, o bien unas tierras trabajadas y mejor si con unas vaquitas a
la vista para proveerse de leche y de carne fresca.
El mismo columnista aludido, siempre apoyándose en el diccionario de la Real
Academia de la Lengua, define lo que en realidad son aquellos a los que llaman o
se hacen llamar colonos. Invadir, aclara el columnista, significa entrar a la
fuerza en lugares que no son propios. Invasor es el que invade, o sea el que
penetra suelo ajeno sin permiso ni razón alguna que lo justifique. Ésa es la
figura sin sombra de dudas. Nada de colonos. Todo de invasores, con el añadido
de que estos no tienen Dios ni ley, de que se amparan en la fuerza de las armas
y en la implícita protección de las autoridades.
Los colonos, perdón, los invasores, que se desplazan a paso arrollador, se dan
ínfulas de magnánimos cuando ofrecen la paz a cambio de los lugares que acaban
de invadir. Es tanto como decir o nos dan el oro y el moro o no les damos hora
de vida y además les metemos un palo en salva parte del cuerpo humano. Y allí se
plantan, inconmovibles en el propósito de comerles el pecho a quienes se les
pongan en frente.
A estas alturas, lo menos que se podía esperar era que se hiciese sentir el peso
de la ley, que diera señales de vida la autoridad competente, que apareciera un
signo alentador que permitiese creer que no vivimos en lo espeso de una jungla,
lejos de la razón y de la civilización. De nada sirve de todas maneras que
aparezcan porque lejos de cumplir con lo que es su deber, tomar partido por los
colonos, perdón, por los invasores, o a lo sumo juegan el desteñido papelito de
amables componedores. Ofrecen comprar las tierras para que los invasores las
reciban a cambio de la paz de que son dueños absolutos y entre tiras y aflojes,
el tiempo pasa y la incertidumbre se generaliza.
Ahora resulta que la oferta de compra de las tierras no fue hecha tomando en
cuenta los menguados recursos del maltrecho erario nacional. La oferta de compra
fue lanzada contando con la propia platita de los invasores. Venimos a
informarnos a estas alturas de que los invasores tienen nomás sus quintos, y si
los tienen, por qué no encararon la oferta como en toda transacción, en torno de
una mesa, proponiendo, discutiendo, regateando, buscando conciliar intereses.
Por qué el desplazamiento ruidoso, el asentamiento por la fuerza, el atropello,
el desconocimiento de la ley y el desacato de la autoridad.
Más que una comedia, un drama, y de esos dramas de los que ya estamos hasta la
coronilla. Es bueno tener presente que lo de jugar con fuego siempre ha sido
peligroso.
No son malas palabras (II)
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
La palabra ‘marido’ también ha pasado a constituirse en cosa
mala.
Es algo así como mala palabra en estos días en que tanto hemos cambiado en
nuestras formas de expresión.
Yo, por ejemplo, hace tiempo que dejé de ser marido.
Cuando mi mujer, -perdón, mi esposa,- me presenta a su grupo de las ‘Baila
suelto’, no dice “aquí les presento a mi marido, es poca cosa, pero todavía me
sirve.”
Se hincha, toma impulso, y hace la presentación en estos términos que
seguramente le suenan muy fino: “Aquí les presento a mi esposo, no se parece a
Antonio Banderas, pero los hay peores.
Pero este tratamiento fino, cortés y considerado es sólo para exportación.
Es sólo en público.
Ya en la sacra intimidad del hogar, soy simplemente ‘Viejo’
“Viejo, vení plantá la olla”.
“Viejo, vení lavá los platos”
Nunca me he atrevido a decirle que deseara seguir siendo ‘Marido’.
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Entre ellas, ya no se invitan como antes.
“Te espero pa’ que nos tomemos un café con un masaquito”.
Las invitaciones entre ellas hoy son de la siguiente jaez.
“Te espero a tomar el té a las faiv o clock”.
Con su variante el ‘té canasta’
O el ‘Beibi shower’.
O el ‘Té blanco’, que también puede ser ‘Té negro’ o ‘Té color burro en sombra’.
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De una pieza quedé cuando a un amigo del alma, al que no veía desde mucho
tiempo, le pregunté cómo pasaba sus días ahora que goza de jubilación y que
tiene nietos de varios tamaños y colores.
-Me levanto bien tempranito, me respondió, y hago ‘futing’.
-¡Pero qué bárbaro!, me dije en mi supina ignorancia, a esta edad, a mi viejo
amigo se le ha dado por hacer postres.
Tarde me vine a enterar que lo de hacer “futin” nada tiene que ver con lo de
hacer postres.
Hacer ‘futing’ había sido ¡caminar!.
¡Válgame Dios!
En los buenos tiempos, a lo de caminar, se lo llamaba ‘aplanar calles’.
O pataperrear.
O buscar lo que no había perdido.
O ventearse.
O estirar las piernas.
O mover las choquisuelas.
O sacarle viruta al piso.
Ahora, la gente que camina no hace ninguna de esas cosas.
Ahora la gente que camina, hace ‘futing’.
Lo demás, como si fueran malas palabras.
A lo mejor sigo con el tema. Mucho queda aún por cortar.