¿Educación liberadora o educación alienante?
David del Campo C. ®® Reflexiones Pedagógicas III
Aún se suele escuchar el enunciado de marras que hizo correr mucha tinta en
la década de los 70. Y, a la verdad, no era, ni es, para tanto habida cuenta que
la educación integral como proceso dinámico permanente de realización de la
persona humana de acuerdo a sus potencialidades, aptitudes y perfectibilidad no
puede nunca ser alienante, es decir, que enajene, de por sí, las facultades
naturales de la persona. Al contrario, por su propia índole, libera las
capacidades, entre ellas la de ser libre, que subyacen en el ser haciéndolas
aflorar a la vista de todos. Y en esto ha jugado siempre un papel preponderante
la educación escolarizada, la escuela.
Decir hoy que la escuela de todos los tiempos tiene por objetivo principal
mantener el ‘statu quo’ por la alienación de los educandos es una aberración
porque significa negar la libertad innata, natural, de la persona que siempre es
libre en su fuero interno. Asimismo, sería absurdo pensar que el maestro de base
(que en primera y última instancia es quien hace la escuela), se sacrifica lo
más mínimo al realizar su labor, por mantener el régimen de turno. ¿Y, acaso, no
fue en la ‘escuela’ donde el hombre aprendió a ser revolucionario?...
Hoy, ese ‘espacio educativo’ ha crecido hasta ocupar la vida entera. Y el acceso
a la información almacenada, clasificada y elaborada por las computadoras, hace
que el proceso enseñanza-aprendizaje se haya facilitado de manera extraordinaria
en todas las etapas del desarrollo natural humano.
Las seis técnicas básicas para el aprendizaje: acceso a la información,
habilidad para razonar con claridad, habilidad de comunicar con eficiencia,
habilidad para comprender el entorno, habilidad para comprender a la sociedad, y
habilidad para conseguir el desarrollo personal se facilitan hoy enormemente a
toda persona, cualquiera sea su edad y su grado de instrucción, por la ‘escuela
paralela’ que nos ‘satura’.
En cambio, los cuatro aprendizajes fundamentales que habla en su informe a la
Unesco Jacques Delors: “Aprender a conocer, es decir, adquirir los instrumentos
de la comprensión; aprender a hacer, para poder influir sobre el propio entorno;
aprender a vivir juntos, para participar y cooperar con los demás en todas las
actividades humanas; y por último, aprender a ser, un proceso fundamental que
recoge los elementos de los tres anteriores”, reclaman a grito en cuello la
vigencia de la escuela. Pero no de la escuela que Mariano Baptista quería librar
a Bolivia que solamente da la ‘educación bancaria’, como la que fustigaba en su
momento Paulo Freire, aquella escuela en la que enseñar se reduce a tratar de
llenar recipientes vacíos (lo que, para colmo, tampoco se consigue).
Hoy, al servicio educativo de la escuela se pide mucho más: su objetivo
académico primordial es ‘que el alumno aprenda a aprender’. Ése es el ‘quid’ de
la cuestión para que la educación de la escuela sea realmente ‘liberadora’.
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