A cuatro siglos de
El Quijote
La obra de Miguel de Cervantes Saavedra cumple 400 años y perdura en el tiempo. El relato de las aventuras del caballero andante es el libro más representativo del idioma castellano y una figura universal dentro de la literatura. Su lectura es imprescindible para los hispanohablantes
Carlos D. Mesa
Me parecía un compromiso inexcusable estar hoy en este acto de lanzamiento de
la edición del cuarto centenario de don Quijote por razones que creo que son muy
evidentes y que deben comprometer nuestro espíritu, el de todos, el mío por
supuesto, con este emblema de identidad común que escribió Cervantes hace cuatro
siglos, porque creo que si hay algo que define una identidad, que duda cabe, es
la lengua.
Una identidad que además nos proyecta de modo universal, más allá de un país,
más allá de una región, que, y hay que celebrarlo, marca como pocas veces en el
pasado uno de los momentos más vigorosos, de mayor expansión, de mayor dinámica
de la historia de esta lengua castellana que nos permite comunicarnos.
Estamos viviendo en el mundo una explosión del castellano, nadie puede dudar de
que se trata de una de las lenguas más importantes del mundo, y por,
fundamentalmente, la expansión de América Latina, su crecimiento, su presencia
en el continente norteamericano y la perspectiva que se le da, define la
seguridad de que nuestra cultura, en realidad, nuestras culturas se proyectarán
de manera indefinida en el escenario universal.
No son muchas las lenguas, y hay algunas muy importantes y de una gran fuerza de
presencia cultural, las lenguas que pueden decir lo mismo de su presente y de su
futuro, y es algo que sin duda alguna debemos celebrarlo.
Una forma de mirar
El Quijote es nuestra lengua, el Quijote es una expresión que refleja una forma
de mirar las cosas y que permite la construcción además de un bellísimo
arquetipo.
Ése es otro elemento extraordinario, si hay algún personaje de España que tiene
un sentido de aceptación universal, al contrario de los personajes de otras
culturas que están más bien vinculados a la política, vinculados a la epopeya
guerrera, en el caso español el personaje fundamental que ha universalizado esta
cultura, estas culturas es don Quijote.
Un personaje soñado, un personaje creado, no un personaje de carne y hueso, no
un Julio César, para poner un ejemplo que permite, espero que así sea, expresar
lo que quiero decir cuando hablo de la universalización de los personajes en la
historia y en las culturas del mundo.
Don Quijote representa la afirmación de una lengua y la construcción de una
visión de mundo, una visión de mundo que, más allá de los elementos que vinculan
el idealismo y el realismo, más allá de esa paradoja extraordinaria y creativa
de que es la locura el escenario donde mejor se puede construir la búsqueda de
la perfección, es el establecimiento de una mirada y una acción sobre las cosas.
El Quijote es un personaje entrañable, porque a partir de la idea de la
aventura, que es como muy bien decía el Dr. Castañón Barrientos: un elemento
recurrente de la creación literaria universal a través de lo que los
norteamericanos llamarían una road movie, se puede establecer un conjunto de
peripecias que no son sino el escenario y la excusa para la definición de una
filosofía, de una personalidad, de una actitud ante las cosas, ante los hechos,
pero fundamentalmente ante los otros seres humanos.
Éste es el aspecto más hermoso de lo que Cervantes logra en El Quijote, la
posibilidad de que podamos descubrir al personaje entrañable, en función de
aquellos elementos que permiten la novela, la ironía, el humor franco, el drama,
el momento melodramático, los momentos más fuertes de confrontación que definen
la soledad, que definen la solidaridad, hasta ese encuentro tan digno del hombre
que había perdido la razón con la muerte, que es probablemente el momento más
emocionante, como refería García Márquez de esta novela.
La vida del Quijote es nuestra vida, o para mejor decirlo, nuestras vidas,
porque es a partir del espejo del Quijote que uno puede encontrar el desafío de
aquello que debiéramos ser cotidianamente en referencia a los demás, y por
supuesto, el contrapeso entre el Quijote y Sancho nos marca esa combinación
perfecta que le permite al autor transitar libremente por uno u otro camino de
idealismo, de fantasía, de irrealidad, de deseos, a la par, que el tránsito por
la visión pragmática de quien sabe que tiene hoy por encima de cualquier otra
cosa, que comer, que encontrar un lugar donde dormir, que definir aquello que es
pedestre en la vida, pero que en definitiva es lo que nos permite seguir su
tránsito.
Es a partir de esa combinación que Cervantes encuentra los personajes perfectos,
perfectos porque son el ser y el deber ser, perfectos porque definen un código
moral universal, perfectos porque logran que la lengua y la identidad no se
queden encerrados en un lugar de la mancha, sino que pueden aplicarse, como es
menester, para cualquier obra maestra, en cualquiera de los puntos de este
planeta para cualquiera de los seres humanos que lo habitan.
Ésta es la magia extraordinaria de una obra, sin duda alguna irrepetible, que
puede plantear la presencia de una cultura y de una lengua sin los límites que
podrían marcar el costumbrismo o una visión excesivamente provinciana de una
determinada realidad.
Arquetipo extraordinario
El Quijote es grande por eso, porque está en la mancha, porque puede
encontrarse, y porque puede definirse a través de una forma y un modo de vida,
porque puede encontrarse a partir de sus paisajes, pero es esencialmente el
descubrimiento del paisaje central del alma humana.
Creo que podemos sentirnos profundamente congratulados de que haya sido en
nuestra lengua, en esta hermosísima lengua castellana o española, como ustedes
prefieran, que se haya definido uno de los arquetipos más extraordinarios de la
literatura universal.
Y es en ese contexto que quiero recuperar la idea de que tenemos que sentirnos
orgullosos, profundamente orgullosos de esta lengua, que es la suma de muchas
culturas, porque la lectura de El Quijote, en aquello que mencioné como esencia
universal, nos permite encontrar cómo evolucionó el castellano en nuestra
América, aceptando con vida, con dinamismo y con gran inteligencia, desde la
óptica de la Real Academia de la Lengua Española, que la lengua es vida. Que no
se quedó, por supuesto, congelada en 1605, ni lo está en este 2004, ni lo estará
en el curso de los próximos años.
La magia del quechua
Y que en ese contexto esa lengua ha sido capaz de recoger las culturas, nuestras
culturas, y que podemos encontrar en el castellano la esencia mágica y poética
también de lenguas como el quechua, o la dureza cruda y directa del aimara, o de
cualquiera de las otras lenguas que conforman este mosaico latinoamericano
integrándose en acepciones que hoy son parte de esta lengua.
Por tanto, cuando hablamos del castellano no estamos hablando de una lengua que
avasalla y que mata al otro, sino de una lengua que recoge en lo rico que esto
tiene a los otros en sus lenguas y en sus culturas, que son las nuestras.
Éste es otro de los elementos extraordinariamente importantes del castellano,
que se ha enriquecido, que ha tenido la posibilidad de que sus aristas vayan
afinándose por cierto tipo de mirada, o de pronunciación, o de aporte, de no
deformación ni empobrecimiento, aún con los riesgos que esto tiene.
La relectura
Y castellano y Quijote, castellano y Cervantes, definen en consecuencia una
presencia extraordinaria, una presencia extraordinaria que marca al personaje
que somos todos nosotros. Cómo no celebrar esta edición que busca popularizarse,
que busca ser accesible a una gran cantidad de lectores, qué desafío gigantesco
el que podamos encontrar hoy otra vez al Quijote, que no hablemos de Cervantes y
de su personaje (...) a partir de un recuerdo de aquella versión de El Quijote
completa o no que leímos cuando teníamos 14 ó 15 años.
Porque si algo te da la madurez, en el caso de El Quijote, la locura, en el caso
nuestro quizás el poder aprender de una manera mucho más profunda y matizada
aquello que leímos cuando éramos jóvenes, es precisamente la posibilidad de la
relectura, que es el desafío de estos 400 años.
No será fácil, ni en Bolivia, ni en el conjunto de los países de América y el
mundo, que encontremos un camino para hacer que nuestros jóvenes lean El Quijote
por muchas razones que no viene al caso analizar, sólo mencionaré este bombardeo
gigantesco del mundo multimedia y del elemento audiovisual, vale un Quijote en
un miniserie, y vale un Quijote en una película soviética, vale cualquier
Quijote, pero más vale que encontremos a esa mancha que Cervantes concibió en
sus propias palabras y en su magnífica escritura.
El desafío que tenemos desde el lugar que ocupamos es transmitir la posibilidad
de que se despierte la pasión con el personaje que hemos retratado, que es un
modelo moral, que es el orgullo de una lengua y de una identidad, que es la
definición de nuestras culturas a partir de su conocimiento directo, más allá de
quienes tenemos 50 o más años, y por el contrario, encontrándose en los jóvenes
ese desafío de descubrir al personaje, al arquetipo y al modelo. Muchas gracias.
* Éste es el discurso pronunciado por el Presidente de la República el 9 de
diciembre en el Club La Paz, en el Obelisco, con motivo del lanzamiento en
Bolivia de la edición de aniversario de El Quijote, editado conjuntamente por la
Academia Boliviana de la Lengua y la editorial Alfaguara.
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