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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 01, Enero de 2005  

>>    A no perder las esperanzas

Comienza un nuevo año.
Comienza el nuevo año del segundo milenio de nuestra era.
De espaldas al pasado, tal vez tengamos que aceptar que no nos ha ido bien.
Al menos, las cosas, a la gran mayoría de los bolivianos, no se le ha dado como lo deseaba.
Pero del todo malo, tampoco ha sido lo del tiempo reciente, que ya es historia.
Sin duda alguna, pudo haber sido peor.
Mas, el bueno y misericordioso Dios nunca nos faltó con su tan divina protección.
Al poner el pie en el nuevo año lo hacemos con muchas y renovadas esperanzas.
Lo que anhelamos y no pudimos conseguir sigue siendo parte de nuestros propósitos.
Y los que han podido conservar la fe en sí mismos, incluso se trazan nuevos objetivos.
Nadie ignora que habrá de enfrentarse con dificultades, algunas de ellas extremadamente serias.
Pero en el comienzo de cada jornada, casi por regla general, rezuman confianza los espíritus.
Se ponen tensos los músculos.
Palpitan aceleradamente los corazones.
El momento es propicio para hacer conciencia sobre un hecho realmente ineluctable.
Todo lo que anhelamos, todo lo que pretendemos, todo lo que nos ilusiona al emprender la nueva jornada, debemos buscarlo nosotros mismos.
Ya sea individualmente o constituyendo equipos solidarios.
Que el buen Dios nos conserve la vida, que nos ilumine la mente, que nos bendiga con la razón y la fuerza.
Que el buen Dios nos muestre el buen camino.
Pero de todo lo que son bienes materiales, nosotros mismos debemos aprovisionarnos con el sudor honrado de la frente.
Siendo constantes en el esfuerzo.
Siendo responsables en nuestros actos.
Siendo honrados en la búsqueda del pan de cada día.
No es razonable vivir a expensas de los milagros que son tan raros en los tiempos que corren.
No es razonable vivir esperando que las cosas nos caigan de arriba.
No es de gente de bien vivir exigiendo que el Estado se haga cargo de la satisfacción de nuestras necesidades.
No es un buen instrumento para la sobrevivencia la politiquería.
No se vive con dignidad traficando con las ideas.
La demagogia falla y determina que se pierda la fe en nosotros mismos.
Intentar liberarse de las cargas de la vida intoxicándose en alcohol y en drogas es propio de cobardes y, peor que de cobardes, de miserables.
Enfrentemos la nueva jornada de cara al sol.
Con la frente limpia.
Con fe y con esperanza.
La lucha no será fácil, eso es seguro.
Pero saldremos adelante.


De bestias y niños maltratados

Raspapinchete

¡Por quebrar unos huevos!
Vaya a saberse si ocurrió de manera accidental o si fue a causa de un simple juego infantil. De una travesura propia de la edad.
Lo terriblemente cierto es que por quebrar unos huevos, Aníbal fue flagelado por su propio padre que, a manera de escarmiento, lo azotó con una manguera que él mismo, sumiso y aterrorizado, le entregó para que lo golpeara.
Las huellas de un brutal castigo quedaron marcadas en la espaldita, en los brazos y en el rostro del pequeño de apenas ocho años de edad.
Huellas que, probablemente, no se borrarán nunca del alma inocente, buena y sencilla de Aníbal.
¡Por quebrar unos huevos! Mientras ponía en orden la ropa de su hermano menor en la humilde casa familiar, qué iba a imaginarse el pobre niño que su progenitor, tras montar en cólera, lo haría blanco de un bestial ataque...por unos huevos quebrados.
¡Cómo le resultarán desde entonces los días y las noches a Aníbal, sintiéndose azotado una y otra vez por el recuerdo lacerante de su calvario!
Cuando todavía acariciaba el sueño de la pasada Navidad, el niño acabó despertándose a la pesadilla de su cruel tormento a manos del ser que además de haberle dado la vida, le debía amor y protección. ¿Los recibió alguna vez Aníbal en su corta y desdichada vida?
Hace pocos días, la ciudadanía se estremeció de espanto al conocer el deceso por envenenamiento de tres pequeños hermanitos en la ciudad de Warnes. El autor de sus días, -su padre-, lo fue también el de su muerte. Porque no lo dejaban tranquilo y le pedían juguetes, fue el pasmoso argumento esgrimido por el filicida. Ese triste caso, junto al de Aníbal, pasó a engrosar dramáticamente las estadísticas que lleva registradas las Defensoría de la Niñez y Adolescencia: cerca de 2.000 casos de maltrato infantil y más de 500 de abuso sexual hasta fines de noviembre de 2004. Muchos otros no son conocidos.
Se dice que esos números desnudan frustraciones, pobreza, falta de educación, ausencia de valores y otros factores que afectan, en particular, a las clases desposeídas, a sus núcleos familiares.
Pero nada en absoluto, así lo creemos firmemente, justifica el maltrato y, peor aún, la muerte de un niño que deja ensangrentadas las manos de sus padres. Porque no es de la especie humana tamaño acto de brutalidad, tan atroz crimen.
Si hasta los animales, respondiendo nada más que a su instinto, amamantan, crian y protegen a su progenie. ¿En qué clase de bestia pues se está convirtiendo el hombre?

 

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