Comienza un nuevo año.
Comienza el nuevo año del segundo milenio de nuestra era.
De espaldas al pasado, tal vez tengamos que aceptar que no nos ha ido bien.
Al menos, las cosas, a la gran mayoría de los bolivianos, no se le ha dado como
lo deseaba.
Pero del todo malo, tampoco ha sido lo del tiempo reciente, que ya es historia.
Sin duda alguna, pudo haber sido peor.
Mas, el bueno y misericordioso Dios nunca nos faltó con su tan divina
protección.
Al poner el pie en el nuevo año lo hacemos con muchas y renovadas esperanzas.
Lo que anhelamos y no pudimos conseguir sigue siendo parte de nuestros
propósitos.
Y los que han podido conservar la fe en sí mismos, incluso se trazan nuevos
objetivos.
Nadie ignora que habrá de enfrentarse con dificultades, algunas de ellas
extremadamente serias.
Pero en el comienzo de cada jornada, casi por regla general, rezuman confianza
los espíritus.
Se ponen tensos los músculos.
Palpitan aceleradamente los corazones.
El momento es propicio para hacer conciencia sobre un hecho realmente
ineluctable.
Todo lo que anhelamos, todo lo que pretendemos, todo lo que nos ilusiona al
emprender la nueva jornada, debemos buscarlo nosotros mismos.
Ya sea individualmente o constituyendo equipos solidarios.
Que el buen Dios nos conserve la vida, que nos ilumine la mente, que nos bendiga
con la razón y la fuerza.
Que el buen Dios nos muestre el buen camino.
Pero de todo lo que son bienes materiales, nosotros mismos debemos
aprovisionarnos con el sudor honrado de la frente.
Siendo constantes en el esfuerzo.
Siendo responsables en nuestros actos.
Siendo honrados en la búsqueda del pan de cada día.
No es razonable vivir a expensas de los milagros que son tan raros en los
tiempos que corren.
No es razonable vivir esperando que las cosas nos caigan de arriba.
No es de gente de bien vivir exigiendo que el Estado se haga cargo de la
satisfacción de nuestras necesidades.
No es un buen instrumento para la sobrevivencia la politiquería.
No se vive con dignidad traficando con las ideas.
La demagogia falla y determina que se pierda la fe en nosotros mismos.
Intentar liberarse de las cargas de la vida intoxicándose en alcohol y en drogas
es propio de cobardes y, peor que de cobardes, de miserables.
Enfrentemos la nueva jornada de cara al sol.
Con la frente limpia.
Con fe y con esperanza.
La lucha no será fácil, eso es seguro.
Pero saldremos adelante.
De bestias y niños
maltratados
Raspapinchete
¡Por quebrar unos huevos!
Vaya a saberse si ocurrió de manera accidental o si fue a causa de un simple
juego infantil. De una travesura propia de la edad.
Lo terriblemente cierto es que por quebrar unos huevos, Aníbal fue flagelado por
su propio padre que, a manera de escarmiento, lo azotó con una manguera que él
mismo, sumiso y aterrorizado, le entregó para que lo golpeara.
Las huellas de un brutal castigo quedaron marcadas en la espaldita, en los
brazos y en el rostro del pequeño de apenas ocho años de edad.
Huellas que, probablemente, no se borrarán nunca del alma inocente, buena y
sencilla de Aníbal.
¡Por quebrar unos huevos! Mientras ponía en orden la ropa de su hermano menor en
la humilde casa familiar, qué iba a imaginarse el pobre niño que su progenitor,
tras montar en cólera, lo haría blanco de un bestial ataque...por unos huevos
quebrados.
¡Cómo le resultarán desde entonces los días y las noches a Aníbal, sintiéndose
azotado una y otra vez por el recuerdo lacerante de su calvario!
Cuando todavía acariciaba el sueño de la pasada Navidad, el niño acabó
despertándose a la pesadilla de su cruel tormento a manos del ser que además de
haberle dado la vida, le debía amor y protección. ¿Los recibió alguna vez Aníbal
en su corta y desdichada vida?
Hace pocos días, la ciudadanía se estremeció de espanto al conocer el deceso por
envenenamiento de tres pequeños hermanitos en la ciudad de Warnes. El autor de
sus días, -su padre-, lo fue también el de su muerte. Porque no lo dejaban
tranquilo y le pedían juguetes, fue el pasmoso argumento esgrimido por el
filicida. Ese triste caso, junto al de Aníbal, pasó a engrosar dramáticamente
las estadísticas que lleva registradas las Defensoría de la Niñez y
Adolescencia: cerca de 2.000 casos de maltrato infantil y más de 500 de abuso
sexual hasta fines de noviembre de 2004. Muchos otros no son conocidos.
Se dice que esos números desnudan frustraciones, pobreza, falta de educación,
ausencia de valores y otros factores que afectan, en particular, a las clases
desposeídas, a sus núcleos familiares.
Pero nada en absoluto, así lo creemos firmemente, justifica el maltrato y, peor
aún, la muerte de un niño que deja ensangrentadas las manos de sus padres.
Porque no es de la especie humana tamaño acto de brutalidad, tan atroz crimen.
Si hasta los animales, respondiendo nada más que a su instinto, amamantan, crian
y protegen a su progenie. ¿En qué clase de bestia pues se está convirtiendo el
hombre?