En las últimas décadas, el pueblo de Bolivia ha vivido bajo el
anuncio de planes y de programas de austeridad, acordes con nuestras
limitaciones económicas, coincidentes con la situación de crisis financiera que
no sólo afecta al país, sino que es fenómeno que estremece al mundo entero.
Pero de los anuncios, nunca se ha pasado. Al menos de manera tangible, la
austeridad no se ha manifestado. O bien continuamos con los mismos gastos
públicos o, peor que eso, incurrimos en nuevos como si anduviésemos con la bolsa
llena.
Con un toque leve de esperanza, pero de esperanza al fin y al cabo, escuchamos
más de una, más de cinco veces, la promesa, más que promesa el propósito, de
reducir el aparato del Estado, de eliminar algunas reparticiones públicas,
varias de ellas copadas por los burócratas que se daban cabeza con cabeza y que
pocos o nadie sabía de qué o en qué se ocupaban.
Pero ocurría una de dos, o no se daba la tal eliminación por temor a desatar la
reacción de los burócratas, o se daba finalmente y sobre la marcha se creaba
otro organismo, otra repartición, con el mismo número de burócratas y también
con más de la misma especie.
¿Cuándo se dio el caso, en este país pobre que es Bolivia, de que nuestras
celebraciones nacionales, departamentales, provinciales, cantonales, etcétera,
se desarrollaran dentro de los marcos estrictos de la sobriedad, ajustadas a
presupuestos reducidos? Nunca, sin duda. Nuestras celebraciones siempre son
opulentas, con lo mejor en comidas y bebidas, con lo más deslumbrante en materia
de atractivos y de animación. No nos paramos en chicas, tiramos la casa por la
ventana a la hora de celebrar, sin recordar, para nada, a los miles y miles de
infelices que no siempre tienen siquiera un mendrugo para disimular el hambre.
Y los representantes bolivianos, de diversos rangos e investiduras, figuran
entre los primeros en hacerse presentes en cuanta cita internacional se
presenta. En este continente, en Europa, en Asia o donde sea, los delegados
bolivianos, que por lo general la ofician de convidados de piedra, son los
primeros en hacerse presentes. Otros países excusan sus ausencias sin mayores
problemas, pero Bolivia llega y calienta uno o varios asientos. Después de los
que no pasan de ser viajes de turismo, retornan con las manos vacías y con un
tiempo precioso dilapidado de manera miserable.
Vivimos esperanzados en un cambio de suerte. Creemos que por obra y gracia de un
milagro algún día tocará a su término nuestro infortunio. No valoramos lo
piadoso que ha sido Dios concediéndonos un territorio tan rico y tan diverso y
prácticamente a salvo de esos fenómenos naturales devastadores que acaban de
tiempo en tiempo con ciudades, con pueblos, con naciones en general. Queremos
siempre algo más caído del cielo, imploramos por más copiosos dones de la
providencia. Mas nada ponemos de nuestra parte para ayudarnos a nosotros mismos.
Nada ponemos de nuestra parte para cambiar.
Nos empeñamos en zafar de nuestras apreturas sacrificando a la gallina de los
huevos de oro. Seguimos fomentando burocracias, haciendo turismo a expensas de
las arcas exhaustas, celebrando con bombos y platillos hasta lo que no tiene
sentido celebrar. La austeridad es una promesa, es un propósito que sólo nos
sale de dientes para fuera. ¿Por qué no pensar que a la falta de austeridad se
debe que el país nuestro no puede alzar cabeza y alcanzar una mejor calidad de
vida para todos?
No son malas palabras
Tertuliador ®® Desde el mojón de la esquina
Han caído en desuso.
O poco falta para que ocurra.
Me refiero a ciertas voces que ya no usan las generaciones presentes.
Como si fueran malas palabras.
Como si correspondieran al lenguaje primitivo de los bárbaros.
De los sirionó o de los tembetas.
O de los cunumis del tambo.
La omisión permanente no deja de llamar la atención.
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Hoy, por ejemplo, ya no se habla de “mi mujer”.
Ni siquiera de “mi señora”,
Hoy, decirle “mi mujer” a mi mujer, es casi como rebajarla, como restarle
categoría.
Incluso hablar de “mi señora” suena medio ordinario.
Como si un toquecito despectivo se le encontrase a lo de “mi señora”.
Lo que vale hoy es el tratamiento de “esposa”.
“Mi esposa por aquí”, “Mi esposa por allá”.
No sé, pero en lo que a mí concierne, lo de “esposa” me suena más episcopal que
otra cosa.
Que yo sepa, lo de “mi mujer” o lo de “mi señora” no tiene nada de bárbaro. No
es mala palabra. No es arcaico. Tiene vigencia plena en nuestra bella lengua
española. No le reduce la categoría a la vieja y leal compañera de toda la vida.
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Tampoco se habla de “mi padre” ni de “mi madre”.
En la tele, los que manejan los noticieros no dicen “el padre” ni “la madre”.
Para ellos, son “el papá” y “la mamá”.
Se sabe, por supuesto, de donde cogieron la maña.
Pero también en Equipe, los chicos y las chicas se despiden porque tienen que ir
donde “mi papá” o donde “mi mamá”.
Ya no porque “mi padre” me espera ni porque “mi madre” quiere que la acompañe a
comprarse una faja strech.
De “padre” y de “madre” ya no hablan. De repente están pensando que son palabras
que corresponden al idioma chino.
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Por otro lado, no deja de ser curioso el afán de remarcar el derecho de
propiedad sobre papá y sobre mamá.
Nadie va donde mamá, sino donde “MI” mamá. Nadie va donde papá, sino donde “MI”
papá.
El temor al avasallamiento, al despojo, parece que está haciendo carne.
Tiene que quedar bien en claro el derecho propietario.
No vaya a ser que por ahí aparezcan los sin tierras a turbar la pacífica
posesión.
En fin, todo al parecer tiene su buena razón de ser. Tal vez más adelante
hagamos algunas consideraciones sobre el papi, la mami, la vieja y el viejo.
Son otras variantes de moda.