Boyante de plata debe estar el Gobierno nacional que, para
frenar el asalto en la región de Pailas, decidió comprar grandes extensiones de
tierras para premiar a los asaltantes y medio paliar sus insaciables apetitos, a
la vez que para pagar la paz que ofrecen, y de la cual se han declarado
propietarios en exclusiva.
Pero si no está boyante el Gobierno nacional, ya se dará modos para pagar tarde,
mal y nunca. Ya se dará modos, de igual manera, para pagar el precio justo,
-cuatro reales-, desde su punto de vista, nunca por supuesto, el verdadero valor
establecido por los legítimos propietarios de las superficies asaltadas.
Menos mal que ahora los asaltantes se conforman con las tierras ajenas
asaltadas. Lo grave del caso va a darse cuando a los asaltantes se les ocurra
pedir que les concedan el cielo, las estrellas y los luceros de paso. Entonces,
el Gobierno nacional se verá en figurillas. Cómo bajar el cielo, las estrellas y
los luceros y de yapa alguna nube y unos ángeles, o en su defecto, cómo enviar a
los asaltantes para que ellos mismos levanten sus cosechas en el ancho espacio
sideral.
Está visto que ninguna exageración es poca en este país que se llama Bolivia, en
que es el estado de derecho, las leyes fundamentales, el principio de autoridad
son simplemente figurativas. Está visto que ninguna exageración es poca aquí, en
Santa Cruz de la Sierra, donde las cosas se resuelven y se definen por la vía
del atropello y de la fuerza bruta. La razón carece de peso.
Sin embargo, y a pesar de que no es muy notorio, todas las medidas de la
paciencia y de la tolerancia están siendo rebasadas. Hasta aquí se ha venido
soportando callada y resignadamente un torpe avasallamiento, un permanente
descomedimiento. Tantos atropellos, tantos ultrajes, han determinado que la
mecha de una bomba, que se mantuvo inactiva durante más de medio siglo, empiece
a chisporrotear. Está prendida la mecha y de no cambiar las cosas, no sería de
extrañar que más temprano que tarde, la bomba explosione.
En vano se ha aguardado a que el principio de autoridad se haga sentir. En vano
se ha esperado por la aplicación de la ley con todo su peso. A las autoridades
se les va el tiempo dando vueltas demagógicamente, entretenidas en nimiedades. Y
la ley duerme el sueño de la eternidad en medio de la ineptitud, de la
negligencia, de la indolencia de los encargados de administrarla.
No tienen más a quién o a qué recurrir las personas que resultan víctimas
directas del asalto, del avasallamiento, de las marchas sediciosas y anárquicas.
Vuelcan los ojos en todas direcciones, depositan sus esperanzas en las múltiples
instancias que están copadas por burócratas, pero no aparece para nada el brazo
de la autoridad y menos el rostro del juez o el del fiscal severos. La orfandad
en medio de las hordas siempre exigiendo, siempre demandando, siempre amenazando
y casi siempre depredando, es alarmante, es a la vez, más que estremecedora. Una
sensación de incertidumbre se está apoderando del ánimo de la gente de bien.
Duda entre si vale la pena seguir trabajando, seguir invirtiendo o prender las
pilchas y mandarse a mudar. El caso tendría que mover a la reflexión a los
responsables por el manejo de los destinos del país.
Pero en definitiva es cierto, hay una mecha con la bomba prendida. Del estallido
que puede darse más temprano que tarde, sólo Dios sabe lo que podrá resultar.
Mejor no buscarle cinco pies al gato.
Comiendo totaí (II)
Tertuliador ®® Desde el Mojón de la Esquina
Para machucar totaíses.
Para machucar motacuses, me volví muy diestro.
Me concedí el título de “Machucador número uno”.
Y estuve a punto de levantarme una estatua de barro greda.
O de concederme una medalla de cuero cuando menos.
En cinco años, si la memoria no me falla, sólo una vez me machuqué el dedo.
No lloré, pero grité unas palabrotas irreproducibles.
Las había aprendido en “La pata de la víbora”, donde alguna vez me detuve a
espiar.
Tuve que confesar al padre Panta, que había dicho palabrotas.
El padre Panta me absolvió con benevolencia, previo pago de cinco padrenuestros
y cinco ave narías.
La absolución del padre Panta, según entendí, fue “per secula seculorum”.
*****
Pensar que a las caluchas ahora las llaman pepas.
Es decir, si es que todavía hay caluchas.
Porque parece que se han borrado del mapa.
Pero pepas les llaman, asimismo, a cualquier semilla.
Las pepas de antes, las buenas, eran las de las Arredondo.
Verdaderas delicias.
O las que vendían al frente de la recova.
Sobre la calle Florida.
Delante de la tienda del tan caballeroso don Miguel Cirbián.
Esas sí que eran pepas.
Otras pepas buenas que yo conocí, eran guapas, garbosas, alegres.
Ahora se llaman Josefina.
*****
Pero volvamos a los totaíses y a los motacuses.
De sus caluchas, se hacían aceites.
Y tenían muchas virtudes.
Y les daban numerosas aplicaciones.
Además, con la calucha del motacú, mi hermana menor y otras chotas de moda, se
pintaban las cejas.
Previamente quemaban un poquito la calucha del motacú y obraba mejor que el
mejor de los lápices de cejas.
También con la calucha del motacú, mi padre, ese padre al que ahora llaman mi
papá o mi papi, como si la palabra padre fuese mala, se pintaba los bigotes.
O se ennegrecía sus primeras canas.
*****
Ahora del totaí y del motacú sólo se acuerdan en cancioncillas michis.
Comiendo totaí al pie de un motacú.
O comiendo motacú al pie de un totaí.
Triste suerte la de un compañero de infancia.
Se merece el homenaje de una lágrima.
Lastimosamente, ya no quedan lágrimas en este mundo agobiado bajo el peso de
tanto materialismo.