Cuando nuestra ciudad empezó a proyectar su
imagen de urbe sacudiéndose de sus características de aldea empolvada, pobre y
olvidada, los urbanistas diseñaron las rotondas en los puntos supuestamente
estratégicos.
De vecinos conservadores y de no pocos técnicos en la materia, las rotondas no
encontraron una aceptación plena e inmediata. Los diseños movieron a la duda e
incluso llegaron a generar rechazo. Pero abundaron las explicaciones los
proyectistas. Se multiplicaron los justificativos de los expertos en urbanismo.
Por un lado, las rotondas cumplirán el rol de reguladoras del tráfico vehicular,
era uno de los argumentos que se manejaba de manera por demás insistente. Por
otro lado, contribuirán a resaltar el ornato público que, hoy por hoy, decíase
entonces, deja mucho que desear. Con esas buenas razones, las rotondas fueron
incorporadas dentro de la mancha urbana de la capital del Oriente. Era una
experiencia, hay que destacarlo, en el ámbito nacional.
Seguramente el tráfico vehicular se ha beneficiado con las rotondas. Por lo
menos ha hecho un aporte en cuanto a seguridad se refiere. Aunque, como
contrapartida, ese tráfico vehicular en torno de las rotondas, se ha vuelto
extremadamente lento y ese es un problema delicado para una comunidad que viva a
las disparadas, como es la nuestra. Pero a título de seguridad, se las justifica
plenamente.
En lo que de manera definitiva han fracasado es en lo concerniente al aporte
para el ornato público. Más bien las tales rotondas, tal como se las encuentra
hoy, y quién sabe hasta cuándo, constituyen un atentado para ese ornato que,
dicho sea de paso, es tan deslucido, está tan descuidado puesto que nadie,
autoridad alguna, ni institución, se preocupa de alentarlo y de estimularlo.
Ni un césped medianamente vistoso, atractivo, ha sido posible cultivar para
cubrir la rugosa superficie de las rotondas de la ciudad. Apenas unos mogotes de
paja descuidados y surcados por infinidad de caminitos, de senderos de los
transeúntes que las atraviesan sin ninguna consideración con el propósito de
acortar distancias. Las rotondas, pues, lejos de convertirse en un detalle grato
a la vista de los circunstantes, son menos que un potrero extraviado en el
suburbio o en el área rural.
Para colmo de males, las rotondas de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra ya
tienen dueños inamovibles. Son esos infelices seres procedentes de regiones
depauperadas del interior del país que, esperanzados en la generosidad cruceña,
han descendido hasta nuestros llanos con la esperanza de conseguir mejores
condiciones de vida.
Allí en las rotondas esas criaturas que se asan bajo nuestros solazos, mendigan
día y noche, allí se sirven sus alimentos, allí ejercitan sus escasos hábitos
higiénicos. En lugar de rosas y de flores, en las rotondas de Santa Cruz se
multiplica la hez. Para eso han servido las rotondas en esta urbe abierta y
desprotegida.
Tantos fracasos hemos experimentado con nuestros planes urbanísticos, tan
desagradable se ha vuelto nuestro medio ambiente, que estamos por convencernos
de que a nosotros siempre nos sale el tiro por la culata.
El Protocolo
Tertuliador ®® desde el mojón de
la esquina
Yo soy apenas un piojo tuerto.
Pero en esta bendita viña del Señor, hay muchos que no llegan ni siquiera a
liendres.
En el orden entomológico, por lo menos, me considero por encima de los liendres.
Incluso de los liendres preñados.
De estos hay legiones aquí en esta viña del Señor.
Y seguramente en otras tantas del país y del mundo.
***
Bueno, los liendres no respetan el protocolo.
Y menos todavía lo respetan los liendres preñados.
¿Protocolo?... ¿Protocolo?...
¿Cómo se come eso?
Preguntan haciéndose los graciosos, los liendres preñados.
Y tornan a llenar los espacios en cuanto cotibí les sale al paso.
¡Cosa muy seria son los liendres preñados!
***
Se están luciendo de lo lindo los liendres preñados en estas fiestas
septembrinas que felizmente tocan a su término.
Testeras, las ha habido al por mayor.
De enormes manteles blancos.
De perfumados arreglos florales.
Bajo la mira severa de nuestros próceres.
Y entre el gallardo ondear de nuestras banderas.
Testeras resplandecientes, para decirlo en pocas palabras.
***
Pero se ha dado, a plenitud, la discordancia.
Los liendres se han encaramado sin piedad.
Y lo han hecho los preñados y los no preñados.
En este punto, para qué, el trato ha sido cabal.
Y una prueba de ello es que no se han escuchado quejas.
Los liendres, preñados o no, avanzaron a paso ganso, como los ejércitos
prusianos, y coparon las testeras.
Se los notaba más cómodos y satisfechos que en un cotibí cualquiera.
***
Los piojos tuertos, en cambio, fueron confinados.
Debo rectificar: Fuimos confinados.
Como piojo tuerto, yo estuve entre ellos.
Fuimos la chusma.
Fuimos la hez.
Los duendes preñados o no preñados nos miraban desde arriba.
Cosas del protocolo.