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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 25, Septiembre de 2004  

>>    Mejorar el aspecto de las rotondas

Cuando nuestra ciudad empezó a proyectar su imagen de urbe sacudiéndose de sus características de aldea empolvada, pobre y olvidada, los urbanistas diseñaron las rotondas en los puntos supuestamente estratégicos.
De vecinos conservadores y de no pocos técnicos en la materia, las rotondas no encontraron una aceptación plena e inmediata. Los diseños movieron a la duda e incluso llegaron a generar rechazo. Pero abundaron las explicaciones los proyectistas. Se multiplicaron los justificativos de los expertos en urbanismo.
Por un lado, las rotondas cumplirán el rol de reguladoras del tráfico vehicular, era uno de los argumentos que se manejaba de manera por demás insistente. Por otro lado, contribuirán a resaltar el ornato público que, hoy por hoy, decíase entonces, deja mucho que desear. Con esas buenas razones, las rotondas fueron incorporadas dentro de la mancha urbana de la capital del Oriente. Era una experiencia, hay que destacarlo, en el ámbito nacional.
Seguramente el tráfico vehicular se ha beneficiado con las rotondas. Por lo menos ha hecho un aporte en cuanto a seguridad se refiere. Aunque, como contrapartida, ese tráfico vehicular en torno de las rotondas, se ha vuelto extremadamente lento y ese es un problema delicado para una comunidad que viva a las disparadas, como es la nuestra. Pero a título de seguridad, se las justifica plenamente.
En lo que de manera definitiva han fracasado es en lo concerniente al aporte para el ornato público. Más bien las tales rotondas, tal como se las encuentra hoy, y quién sabe hasta cuándo, constituyen un atentado para ese ornato que, dicho sea de paso, es tan deslucido, está tan descuidado puesto que nadie, autoridad alguna, ni institución, se preocupa de alentarlo y de estimularlo.
Ni un césped medianamente vistoso, atractivo, ha sido posible cultivar para cubrir la rugosa superficie de las rotondas de la ciudad. Apenas unos mogotes de paja descuidados y surcados por infinidad de caminitos, de senderos de los transeúntes que las atraviesan sin ninguna consideración con el propósito de acortar distancias. Las rotondas, pues, lejos de convertirse en un detalle grato a la vista de los circunstantes, son menos que un potrero extraviado en el suburbio o en el área rural.
Para colmo de males, las rotondas de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra ya tienen dueños inamovibles. Son esos infelices seres procedentes de regiones depauperadas del interior del país que, esperanzados en la generosidad cruceña, han descendido hasta nuestros llanos con la esperanza de conseguir mejores condiciones de vida.
Allí en las rotondas esas criaturas que se asan bajo nuestros solazos, mendigan día y noche, allí se sirven sus alimentos, allí ejercitan sus escasos hábitos higiénicos. En lugar de rosas y de flores, en las rotondas de Santa Cruz se multiplica la hez. Para eso han servido las rotondas en esta urbe abierta y desprotegida.
Tantos fracasos hemos experimentado con nuestros planes urbanísticos, tan desagradable se ha vuelto nuestro medio ambiente, que estamos por convencernos de que a nosotros siempre nos sale el tiro por la culata.


El Protocolo

Tertuliador ®® desde el mojón de la esquina

Yo soy apenas un piojo tuerto.
Pero en esta bendita viña del Señor, hay muchos que no llegan ni siquiera a liendres.
En el orden entomológico, por lo menos, me considero por encima de los liendres.
Incluso de los liendres preñados.
De estos hay legiones aquí en esta viña del Señor.
Y seguramente en otras tantas del país y del mundo.
***
Bueno, los liendres no respetan el protocolo.
Y menos todavía lo respetan los liendres preñados.
¿Protocolo?... ¿Protocolo?...
¿Cómo se come eso?
Preguntan haciéndose los graciosos, los liendres preñados.
Y tornan a llenar los espacios en cuanto cotibí les sale al paso.
¡Cosa muy seria son los liendres preñados!
***
Se están luciendo de lo lindo los liendres preñados en estas fiestas septembrinas que felizmente tocan a su término.
Testeras, las ha habido al por mayor.
De enormes manteles blancos.
De perfumados arreglos florales.
Bajo la mira severa de nuestros próceres.
Y entre el gallardo ondear de nuestras banderas.
Testeras resplandecientes, para decirlo en pocas palabras.
***
Pero se ha dado, a plenitud, la discordancia.
Los liendres se han encaramado sin piedad.
Y lo han hecho los preñados y los no preñados.
En este punto, para qué, el trato ha sido cabal.
Y una prueba de ello es que no se han escuchado quejas.
Los liendres, preñados o no, avanzaron a paso ganso, como los ejércitos prusianos, y coparon las testeras.
Se los notaba más cómodos y satisfechos que en un cotibí cualquiera.
***
Los piojos tuertos, en cambio, fueron confinados.
Debo rectificar: Fuimos confinados.
Como piojo tuerto, yo estuve entre ellos.
Fuimos la chusma.
Fuimos la hez.
Los duendes preñados o no preñados nos miraban desde arriba.
Cosas del protocolo.

 

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