Algo mágico tienen los urus cuyos rasgos étnicos permanecen casi intactos con el
paso de los siglos. Más antiguos que la aimara, esta cultura presolar se ha
mantenido petrificada en el tiempo y, pese a las adversidades de la naturaleza,
uno de los tres grupos urus de Bolivia, los chipaya, está fortalecido.
Los putukus (viviendas en forma de conos típicas de los urus) siguen erguidos en
los salitrales orureños y, como hongos, se los ve dispersos en el área rural de
Chipaya. Pero el pueblo central ya se urbanizó y cambió su fisonomía; ahí
brillan las calaminas, las casas las hicieron rectangulares y les pusieron
ventanas con vidrios.
El corregidor de Chipaya, Nicolás Felipe, calcula que hay 1.500 personas en su
territorio. No es muy hospitalario porque cree que pierde el tiempo dando
información a los forasteros. “Vivimos de nuestro ganadito, sembramos quinua y a
veces papa”, relató y se excusó de seguir conversando con EL DEBER porque tenía
mucho trabajo (arreglar, con los vecinos, la plaza central del pueblo).
Más acogedor es Francisco Mamani, jilacata de Aransaya, uno de los cuatro ayllus
chipaya. El líder no se hace problemas en tocar su pututu (cuerno de un animal)
para demostrar que es el medio con el que convoca a los pobladores en caso de
reuniones.
Pese a la solidez de los chipaya, cuya población no crece aceleradamente pero
tampoco merma, no deja de ser un pueblo arrinconado en una inhóspita parte de la
geografía nacional y en vías de ser asimilado por la cultura moderna.
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Arquitectura.
Los putukos y c´uyas están como hongos en los ranchos donde la gente
conserva su forma de vida |
El territorio chipaya es comunitario;
muchos tienen una vivienda en el pueblo y conservan su putuku en el campo,
adonde van a pastorear a sus animales y a sembrar cereales.
Los más ancianos se resisten a salir de los ranchos y no quieren saber de
cambiar sus tejidos de lana por la ropa de algodón o de nylon; las mujeres
siguen haciéndose decenas de simbas en el pelo y, como antes, caminan descalzas.
Tampoco han cambiado las condiciones de vida en el campo; los putukus mantienen
sus estrechas dimensiones y dentro duermen los chipayas sobre los cueros de
ovejas tendidos en el suelo; ahí mismo procesan y consumen sus alimentos y no
poseen ningún tipo de mueble. Ni hablar de servicios básicos, en las viviendas
rurales, porque no existen.
Los urus suelen recrear mitos, leyendas y fábulas, mediante las que tratan de
reconstruir su historia perdida. Anselmo López se ofreció para relatar,
brevemente, una de sus leyendas: “Mi abuelo me contaba que nosotros éramos
hombres especiales; decía que éramos del agua y que nos convertíamos en ranas.
Parece que practicábamos mucha magia", dijo.
El joven chipaya hace mucho tiempo que mudó su atuendo originario, se vistió de
camisa y pantalón, cambió las abarcas por zapatos deportivos y cruzó la frontera
chilena en busca de trabajo. Lo encontramos visitando a sus padres en uno de los
paupérrimos ranchos chipaya.
Históricamente, el territorio en que vive esta etnia lo tiene ganado desde 1572,
durante las reducciones del Virrey Toledo, que en esa época creó el pueblo y lo
denominó Santa Ana de Chipaya. Actualmente, los chipayas han presentado una
demanda territorial de 168.000 hectáreas para su TCO.
De acuerdo a estudios especializados sobre esta cultura, desde la época de la
conquista española fue rechazada y su población diezmada. El marginamiento y
repudio continuó durante la colonia y, desde la creación de la República, se
mantiene abandonada.
Sin embargo, hay chipayas que trabajan en el rescate de su identidad,
revalorizando sus costumbres, su lengua, sus mitos y su historia. Una de ellos
es Sebastiana Kespi, una indígena chipaya que, a principios del 50, protagonizó
un cortometraje cinematográfico de contenido antropológico. En esas fechas,
Sebastiana tenía 12 años y ahora pasa de los 60.
“Búsquen a Sebastiana, la de la película, ella trabaja en el rescate de la
cultura chipaya”, recomendó el profesor Alberto Guerra.
Pero Sebastiana no estaba en Chipaya, porque esos días viajó a Oruro a vender la
carne de los corderos que sacrificó.
Esa chipaya no sólo fue protagosnista de una película, también interpretó
papeles importantes en la historia de su comunidad. 20 años después de la
filmación de Vuelve Sebastiana, cuando Chipaya quedó anegada debido a una
inundación, la mujer, convertida en una dirigente indígena, no dudó en viajar a
La Paz, buscar al director del filme (Jorge Ruiz) y pedirle ayuda para su
pueblo. Esa vez, la película se volvió a proyectar en beneficio del pueblo uru y
Sebastiana retornó con una caravana de asistencia social.
Los chipayas son vistos como un verdadero modelo cultural que está
reestructurando su espacio vital, sus creencias, sus prácticas religiosas
mezcladas con las cristianas como una muestra de resistencia y lucha contra más
de 500 años de opresión, aculturación y sometimiento ejercidos primero por
españoles y luego por bolivianos.
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| Huellas.
Tienen el rostro tan quemado por el sol y ajado por el frío que su piel
se asemeja a ennegrecidas escamas |
Pueblo trilingüe y con bajo
analfabetismo
Así como ha mantenido vivos muchos rasgos de su cultura, el pueblo chipaya
tiene un nivel de educación superior al de otras comunidades originarias de
Oruro y del país.
El profesor Alberto Guerra Gutiérrez, en una de sus publicaciones sobre los
chipayas, apuntó que la comunidad registra un 10% de analfabetismo. Destacó que
sus habitantes se comunican con su lengua originaria, la uru; con sus vecinos,
hablan aimara; y, cuando viajan a la ciudad de Oruro, hablan el quechua.
Desde mediados del 80, tienen el colegio “Uru Andino”, con los ciclos primaria y
secundaria.
Cultura dividida en tres y
dispersa
Actualmente, en Bolivia se identifican tres grupos dispersos que pertenecen a
la cultura uru, de los cuales dos están en Oruro (chipaya y murato) y uno en La
Paz (irohito).
Los chipayas son los únicos que, según investigaciones académicas, están
fortalecidos, aunque su densidad poblacional permanece estática. Están cerca del
salar Coipasa, al sureste de Oruro.
Murato e irohito son grupos suceptibles de desaparecer. Los primeros están
luchando contra las adversidades de la naturaleza a orillas del lago Poopó
(suroeste de Oruro), vertiente que, por estar contaminada, ya no les provee
peces. Los segundos tratan de sobrevivir en el borde del río Desaguadero (hay
poca información reciente sobre ellos): históricamente, los irohito fueron los
más grandes constructores de balsas de totora y ahora están siendo absorbidos
por la cultura aimara. Un grupo irohito que estuvo a orillas del lago Titicaca
ya desapareció, probablemente se volvió aimara.
Civilización
Antigüedad. Son considerados los primeros pobladores del altiplano
(lagos Titicaca y Poopó). Es probable que esta cultura exista desde el año 1000
(Xavier Albó)
Territorio. Originalmente ocuparon la parte norte del antiguo lago
Coipasa (abarca la extensión del actual salar de Coipasa y parte del curso y
desembocadura de los ríos Lakajahuira, Chollqan Khota, Lauca y Sabaya)
Demanda TCO. Presentaron una demanda al Estado de 168.000 hectáreas para
su TCO