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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 28, Agosto de 2004

Uru Chipaya

La joya de Los Andes


Sensible. De los tres grupos urus de Bolivia, los chipayas sobresalen por su resistencia. Es una cultura petrificada,
más antigua que la aimara, pero vive arrinconada



Algo mágico tienen los urus cuyos rasgos étnicos permanecen casi intactos con el paso de los siglos. Más antiguos que la aimara, esta cultura presolar se ha mantenido petrificada en el tiempo y, pese a las adversidades de la naturaleza, uno de los tres grupos urus de Bolivia, los chipaya, está fortalecido.
Los putukus (viviendas en forma de conos típicas de los urus) siguen erguidos en los salitrales orureños y, como hongos, se los ve dispersos en el área rural de Chipaya. Pero el pueblo central ya se urbanizó y cambió su fisonomía; ahí brillan las calaminas, las casas las hicieron rectangulares y les pusieron ventanas con vidrios.
El corregidor de Chipaya, Nicolás Felipe, calcula que hay 1.500 personas en su territorio. No es muy hospitalario porque cree que pierde el tiempo dando información a los forasteros. “Vivimos de nuestro ganadito, sembramos quinua y a veces papa”, relató y se excusó de seguir conversando con EL DEBER porque tenía mucho trabajo (arreglar, con los vecinos, la plaza central del pueblo).
Más acogedor es Francisco Mamani, jilacata de Aransaya, uno de los cuatro ayllus chipaya. El líder no se hace problemas en tocar su pututu (cuerno de un animal) para demostrar que es el medio con el que convoca a los pobladores en caso de reuniones.
Pese a la solidez de los chipaya, cuya población no crece aceleradamente pero tampoco merma, no deja de ser un pueblo arrinconado en una inhóspita parte de la geografía nacional y en vías de ser asimilado por la cultura moderna.

Arquitectura. Los putukos y c´uyas están como hongos en los ranchos donde la gente conserva su forma de vida

El territorio chipaya es comunitario; muchos tienen una vivienda en el pueblo y conservan su putuku en el campo, adonde van a pastorear a sus animales y a sembrar cereales.
Los más ancianos se resisten a salir de los ranchos y no quieren saber de cambiar sus tejidos de lana por la ropa de algodón o de nylon; las mujeres siguen haciéndose decenas de simbas en el pelo y, como antes, caminan descalzas. Tampoco han cambiado las condiciones de vida en el campo; los putukus mantienen sus estrechas dimensiones y dentro duermen los chipayas sobre los cueros de ovejas tendidos en el suelo; ahí mismo procesan y consumen sus alimentos y no poseen ningún tipo de mueble. Ni hablar de servicios básicos, en las viviendas rurales, porque no existen.
Los urus suelen recrear mitos, leyendas y fábulas, mediante las que tratan de reconstruir su historia perdida. Anselmo López se ofreció para relatar, brevemente, una de sus leyendas: “Mi abuelo me contaba que nosotros éramos hombres especiales; decía que éramos del agua y que nos convertíamos en ranas. Parece que practicábamos mucha magia", dijo.
El joven chipaya hace mucho tiempo que mudó su atuendo originario, se vistió de camisa y pantalón, cambió las abarcas por zapatos deportivos y cruzó la frontera chilena en busca de trabajo. Lo encontramos visitando a sus padres en uno de los paupérrimos ranchos chipaya.
Históricamente, el territorio en que vive esta etnia lo tiene ganado desde 1572, durante las reducciones del Virrey Toledo, que en esa época creó el pueblo y lo denominó Santa Ana de Chipaya. Actualmente, los chipayas han presentado una demanda territorial de 168.000 hectáreas para su TCO.
De acuerdo a estudios especializados sobre esta cultura, desde la época de la conquista española fue rechazada y su población diezmada. El marginamiento y repudio continuó durante la colonia y, desde la creación de la República, se mantiene abandonada.
Sin embargo, hay chipayas que trabajan en el rescate de su identidad, revalorizando sus costumbres, su lengua, sus mitos y su historia. Una de ellos es Sebastiana Kespi, una indígena chipaya que, a principios del 50, protagonizó un cortometraje cinematográfico de contenido antropológico. En esas fechas, Sebastiana tenía 12 años y ahora pasa de los 60.
“Búsquen a Sebastiana, la de la película, ella trabaja en el rescate de la cultura chipaya”, recomendó el profesor Alberto Guerra.
Pero Sebastiana no estaba en Chipaya, porque esos días viajó a Oruro a vender la carne de los corderos que sacrificó.
Esa chipaya no sólo fue protagosnista de una película, también interpretó papeles importantes en la historia de su comunidad. 20 años después de la filmación de Vuelve Sebastiana, cuando Chipaya quedó anegada debido a una inundación, la mujer, convertida en una dirigente indígena, no dudó en viajar a La Paz, buscar al director del filme (Jorge Ruiz) y pedirle ayuda para su pueblo. Esa vez, la película se volvió a proyectar en beneficio del pueblo uru y Sebastiana retornó con una caravana de asistencia social.
Los chipayas son vistos como un verdadero modelo cultural que está reestructurando su espacio vital, sus creencias, sus prácticas religiosas mezcladas con las cristianas como una muestra de resistencia y lucha contra más de 500 años de opresión, aculturación y sometimiento ejercidos primero por españoles y luego por bolivianos.

Huellas. Tienen el rostro tan quemado por el sol y ajado por el frío que su piel se asemeja a ennegrecidas escamas

Pueblo trilingüe y con bajo analfabetismo

Así como ha mantenido vivos muchos rasgos de su cultura, el pueblo chipaya tiene un nivel de educación superior al de otras comunidades originarias de Oruro y del país.
El profesor Alberto Guerra Gutiérrez, en una de sus publicaciones sobre los chipayas, apuntó que la comunidad registra un 10% de analfabetismo. Destacó que sus habitantes se comunican con su lengua originaria, la uru; con sus vecinos, hablan aimara; y, cuando viajan a la ciudad de Oruro, hablan el quechua.
Desde mediados del 80, tienen el colegio “Uru Andino”, con los ciclos primaria y secundaria.

Cultura dividida en tres y dispersa

Actualmente, en Bolivia se identifican tres grupos dispersos que pertenecen a la cultura uru, de los cuales dos están en Oruro (chipaya y murato) y uno en La Paz (irohito).
Los chipayas son los únicos que, según investigaciones académicas, están fortalecidos, aunque su densidad poblacional permanece estática. Están cerca del salar Coipasa, al sureste de Oruro.
Murato e irohito son grupos suceptibles de desaparecer. Los primeros están luchando contra las adversidades de la naturaleza a orillas del lago Poopó (suroeste de Oruro), vertiente que, por estar contaminada, ya no les provee peces. Los segundos tratan de sobrevivir en el borde del río Desaguadero (hay poca información reciente sobre ellos): históricamente, los irohito fueron los más grandes constructores de balsas de totora y ahora están siendo absorbidos por la cultura aimara. Un grupo irohito que estuvo a orillas del lago Titicaca ya desapareció, probablemente se volvió aimara.

Civilización

Antigüedad. Son considerados los primeros pobladores del altiplano (lagos Titicaca y Poopó). Es probable que esta cultura exista desde el año 1000 (Xavier Albó)
Territorio. Originalmente ocuparon la parte norte del antiguo lago Coipasa (abarca la extensión del actual salar de Coipasa y parte del curso y desembocadura de los ríos Lakajahuira, Chollqan Khota, Lauca y Sabaya)
Demanda TCO. Presentaron una demanda al Estado de 168.000 hectáreas para su TCO

 

 

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