Muchas las enseñanzas de la realidad respecto a
la democracia. Nos demuestra, por ejemplo, que allí donde hay desarrollo
económico con buenos índices de educación y cultura en la población, aquella y
sus valores son rigurosamente respetados por la gente. Suiza, entre otras
naciones europeas, es un ejemplo insigne en tal sentido, a pesar de su carácter
multiétnico y pluricultural (en su territorio conviven varias naciones que se
expresan en diferentes idiomas), nadie habla allí de dos o tres Suizas, sino de
una sola que apunta a un común destino, con gran vocación de paz social ,
tolerancia y respeto a los unos a los otros. En cambio, el subdesarrollo crónico
constituye la causa insigne de que en el África y algunas naciones del Oriente
Medio, la fe religiosa, la pertenencia étnica y la cuestión territorial devengan
en detonantes de feroces luchas tribales que le cierran las puertas a la
democracia, colocándolas a la cabeza de la lista de las naciones que en Estados
Unidos algunos ya empiezan a calificar de ‘fallidas’, ‘colapsadas’ e
‘inviables’.
Bolivia no es excepción alguna al respecto. Es cierto que desde 1982 a 1997
proyectamos al exterior una imagen de estabilidad institucional, apenas
ensombrecida por sacudones sociales (como el de la COB contra los gobiernos de
Siles y Paz Estenssoro), pero que no pasaron a mayores. Siles renunció al resto
de su mandato presidencial y convocó a elecciones generales. Paz Estenssoro, a
diferencia de lo que actualmente ocurre con el gobierno de Mesa, tuvo el valor
de restablecer el principio de autoridad, (hasta dictó un estado de sitio) ,
concluyó normalmente su mandato, unciendo al país a ese DS 21.060 que hizo que
Bolivia diera el golpe de timón hacia la economía libre de mercado.
Sin embargo, los vectores del caos social permanecieron pegados a los pliegues
estructurales del Estado. El 30% de la población (indígenas del altiplano, los
valles y el trópico), resultó uncido al minifundio y a modalidades comunitarias
de organización social regidas por valores y principios absolutamente antípodas
a los de la democracia moderna. Regía y sigue rigiendo en aquel segmento del
tejido social boliviano la convicción de que la comunidad es todo y el individuo
nada. Lo peor es que la crisis, de mano de la corrupción, determina que el
autoritarismo derive a comportamientos grupales de un furor delictivo que no se
daban en el país desde el retorno a la democracia. La pugna por quien le gana al
otro a meterse al bolsillo buen porcentaje de los recursos de los municipios del
agro altiplánico y los valles parece explicar el feroz enfrentamiento que
estalla o está a punto de estallar entre sectores campesinos de casi dos decenas
de municipios de las mencionadas regiones. Lamentablemente, la Ley de
Participación Popular no consigna un mecanismo coetáneo a la ejecución
presupuestaria en el control social o fiscal de los recursos que el Estado
asigna a las diferentes alcaldías del país con fondos provenientes de los
impuestos que paga al TGN el reducido porcentaje de los bolivianos que cumple
con sus obligaciones impositivas. Ese control es a posteriori, cuando lo robado
ya cobró alas sin que el ladrón vaya a la cárcel. La impunidad que sigue a la
acción estimula en otros la propensión a delinquir, en lo posible, por un monto
mayor. Surge así la gresca que ensangrienta y enluta a la comunidad, como
ocurrió en Ayo Ayo y podría ocurrir en otros lugares si el gobierno de Mesa
permanece como está. Es decir, impertérrito, sin muchas ganas de restablecer el
principio de autoridad a través de la aplicación consecuente de la ley.
Las áreas verdes de la ciudad en manos de
loteadores
Marcelo Rivero
Hace tres semanas el periodismo informó que un
curichi en las afueras de la ciudad estaba siendo rellenado con el lodo y las
porquerías que una empresa de limpieza extraía de los desagües por encargo de la
alcaldía, con lo que no se hacía más que mudar de sitio los problemas de
contaminación, aseo y ornato. Es decir, tal cual acontece en otros campos, por
ejemplo cuando se dispone el traslado de los vendedores ambulantes, de las
chicherías y de los curanderos. Pareciera que unos y otros pueden hacer jocha y
media -incluso matar gente-, en las afueras del pueblo, no en las zonas más o
menos céntricas.
Nada es eso en comparación con esto otro que publicó EL DEBER el martes pasado:
Santa Cruz de la Sierra cuenta con 900 hectáreas de áreas verdes pero 500 están
ocupadas ilegalmente por loteadores. Los antecedentes -y ahora no debe ser la
excepción-, señalan que los asentados son individuos que no tienen donde vivir,
que apenas guardan en sus bolsillos unos quintos. Tras estos quintos aparecen
los loteadores profesionales -hasta en el Concejo Municipal hay uno al que más
de una vez lo “premiaron” poniéndolo de alcalde-, que entregan terrenos a esas
personas donde construyen chozas o cuatro paredes, adquiriendo la calidad de
propietarios aunque sin documentos legítimos.
Pero este lamentable detalle de pobreza y estafa, para el caso, no importa. Lo
que importa es que la ciudad, fuera de que continúa extendiéndose sin orden ni
concierto, se queda sin esos espacios verdes tan imprescindibles en cualquier
colectividad, más aún si ya es tan grande como la nuestra. Peor todavía, se
convierten en basureros, en depósito de inmundicias -cavan un pozo de un metro
de profundidad y ya está el “baño”-, donde tiran hasta animales muertos, con
todo lo que ello supone: desaseo, contaminación al máximo y por consiguiente
peligro inminente contra la vida humana, destrucción de la vegetación...
Por consiguiente el ayuntamiento debe tener entre sus prioridades la
recuperación total de esos terrenos, pero no para dejarlos otra vez en el olvido
sino para limpiarlos, repoblarlos de árboles que le darán a Santa Cruz el aire
puro que tanto está requiriendo, colocándoles, a la vez, ornamentos y juegos
infantiles para convertirlos en verdaderas atracciones.
Finalmente hay que vigilar esas áreas verdes, de nada valdrá rescatarlas si de
aquí a un tiempo los loteadores de nuevo les brincan y torna la repartija, los
muladares y el chiverío actual. En este punto es imprescindible el apoyo de la
policía, porque la alcaldía está en la obligación de velar por los intereses de
la capital cruceña y realizar obras en ella, pero la institución del orden está
para eso, para imponer orden.