Se está escapando de las manos la situación
nacional. El país bloqueado en todas direcciones. Desconocimiento absoluto del
principio de autoridad y de la ley. El crimen con su cruda frialdad como
instrumento para hacer justicia por mano propia. La situación nacional en un
grado peligroso de descontrol.
Y mientras tales cosas ocurren, el jefe del Estado suspirando románticamente por
el mar. De viaje y diciendo presente en todos los foros con la cantaleta de la
reivindicación, como si en el interior de la república viviésemos en un mar de
leche. Más que de preservar el país de la desintegración, el propósito parece
ser buscar cómo entrar en la historia por la recuperación del litoral usurpado.
Este es un buen fin, sin duda, un bueno y vital fin largamente esperado. Pero
como paso previo e inexcusable, está el de poner orden en la casa, el de
devolver la confianza, la marchita fe, la paz, la seguridad a todos los sectores
vivos que atraviesan en estos momentos una explosiva situación de
enardecimiento.
Nadie se puede permitir el lujo, en esta hora crítica, de estar con la cola
parada haciendo lobby de despacho en despacho ni para asegurar buenas relaciones
internacionales ni para lograr respaldo en beneficio de las políticas
reivindicatorias. Lo primero es volcar todos los esfuerzos, todas las
iniciativas para lograr el desarme espiritual y material de los bolivianos, y
reponer las normas civilizadas de vida.
Nos parece seriamente contradictorio que, estando las papas por quemarse en
Bolivia, los gobernantes se encuentren comprometidos con intensos y agotadores
periplos robusteciendo relaciones, buscando apoyos que no pasan de ser líricos y
dando, en fin, vueltas en redondo por los escenarios del mundo ancho y ajeno.
El país, por otro lado, pese a sus franciscanas pobrezas, está embarcado en la
aventura del Referéndum, con el que desde un comienzo no estuvimos de acuerdo en
razón del alto costo que, con toda seguridad, iba a demandar; de lo nada simple
de su operabilidad y de lo muy dudoso de sus resultados debido a la muy escasa
preparación de nuestras abrumadoras mayorías. Pues bien, conforme ha trascendido
hasta los medios de comunicación en las últimas horas, los costos del Referéndum
ya ascienden a varios cientos de miles de dólares, y todavía no se ha llegado a
lo más jigotudo del gasto. Redondeando apreciaciones, será una fortuna, que muy
lejos estamos de poseer, la que insumirá el aludido Referéndum que nos sigue
inspirando dudas, aunque es vehemente nuestro deseo de que carezcan de
fundamento.
Lo que tenemos que resaltar es que es un precio muy alto, extremadamente
elevado, el que estamos pagando o estamos por pagar, por el Referéndum. Ante esa
realidad que no precisa de mayor constatatación, nos asalta la pregunta: ¿Está
mereciendo el Referéndum la atención que le corresponde en su condición de
empresa con altísima inversión pública? El tiempo que tenemos por delante es
extremadamente corto y todavía hay gente que no le entiende a la vaina del
Referéndum.
Bloqueados, con torvos sujetos que han empezado a hacer justicia draconiana por
mano propia, amenazados por marchas y otras medidas de fuerza, ¿no viene a ser
tarea fundamental de la hora poner orden dentro de la casa? ¿Costaría mucho
ensayar este camino antes de precipitarnos en empresas de alto grado de
complejidad?
Desaseo, tumbe y otro organismo defensor del
consumidor
Marcelo Rivero
“Bajo el cielo más puro de América” estamos
listos por donde se le mire. Esta vez el problema se refiere al desaseo
imperante en los mercados y en otros establecimientos donde se envasa, se
prepara y se expende alimentos crudos y cocidos, los que para mayor desdicha de
los consumidores no tienen el peso exacto, les falta desde 50 hasta 500 gramos,
según la cantidad que se adquiere.
Así lo constató la intendencia en operativos recientes, como en los mercados
Abasto y Mutualista donde el agua potable es escasa (y casi ni una gota en los
baños), siendo reemplazada por la de pozo porque es más barata pero que es del
todo insalubre, más aún en estos tiempos en los que la contaminación está a flor
de tierra. El manipuleo de lo que ese rato u horas después se habrá de ingerir
continúa siendo antihigiénico, peor todavía, día y noche los productos están
expuestos al viento que arrastra tierrales y microorganismos, a la humedad, a
los insectos y alimañas. Para enterarla es frecuente ver la venta de horneados,
carnes, frutas, dulces, tortas, comidas frías y calientes y un largo etcétera en
absoluta promiscuidad y en la vía pública
Por otro lado, según la mencionada repartición municipal, en céntricas
fraccionadoras de azúcar se halló este básico ingrediente en pésimas condiciones
(los roedores incluso vivían en los depósitos con todo lo que ello supone), y
encima sus dueños haciendo su chaquito con su clientela. En efecto, considerable
cantidad de azúcar, que fue objeto de decomiso, era pasto de las ratas -y seguro
que de los chulupis-, y a los envases de uno y cinco kilos les faltaba 50 y 500
gramos. ¡Mucha dosis, vender lo que está peligrosamente contaminado y faltándole
al peso! Y si esto sucede en negocios que prácticamente están a cien metros de
las autoridades y personal de control del ayuntamiento, habrá que imaginar lo
que pasa fuera del segundo anillo, quizá a partir del tercero, por donde las
inspecciones se producen allá un perdido.
Seguimos entonces vendidos por una chima en esto de la buena calidad y la medida
exacta de los comestibles que se comercializan a cada instante porque son
básicos. A raíz de semejante relajo se ha conformado un “comité de defensa del
consumidor” que se propone entablar una lucha intransigente contra la
especulación y en pro de la higiene en los mercados, almacenes, envasadoras,
etc. Los días dirán si cumple su cometido o si resulta como las famosas Odeco
(Oficina de Defensa del Consumidor), que son unos parásitos y que no hacen sino
dar luz verde a las picardías que se consuman en las cooperativas de servicio y
en empresas donde se sangra al revés y al derecho a quienes son considerados
como simples pavos.