Es indudable que el país, como pocas veces en su
historia, vive tiempos de incertidumbre merced a la incomprensión, a la
intolerancia, a las posiciones intransigentes e interesadas de los diversos
sectores sociales, políticos y regionales, asunto que se agrava por la crisis
económica que afecta a la gran mayoría de la población. Cómo será de delicada la
situación que ni en aquellos años en los que Bolivia se vio envuelta en guerras
contra naciones vecinas -de las que generalmente salió con dolorosas
desmembraciones territoriales-, padeció momentos tan dramáticos como los
actuales, que para colmo de nuestras desdichas se arrastran desde hace décadas.
Dentro del estado de pesimismo a que por esas circunstancias debemos resignarnos
los bolivianos, surgen ciertas perspectivas que demuestran que es posible un
destino mejor si postergáramos las actitudes cerradas, si nos decidiéramos por
el trabajo tesonero y la búsqueda de alternativas, como acaban de hacerlo los
exportadores y algunos gremios productivos de Santa Cruz.
En efecto, en los últimos días conocimos la buena nueva de que dos mercados
externos prácticamente extraños se habían abierto para la producción cruceña,
los de Jamaica en el Caribe y los de Pakistán en el Asia lejano, hasta donde
llegarán harina y semillas de soya y de girasol. No serán volúmenes
supermillonarios pero es así como se empieza, mucho dependerá del cumplimiento,
de la bondad y de los precios para competir y ampliar las colocaciones, incluso
para alcanzar otras plazas consumidoras allende los mares.
Pero no se detiene allí la buena nueva sino que, más importante aún, ha dado
cuenta de que se han recuperado mercados importantísimos como los de Estados
Unidos, la Unión Europea, México y Chile, en los que se venderá, entre otras
cosas, muebles de madera, azúcar, alcohol y cueros, con el añadido de que se
pueden sumar muchas otras cosas como las artesanías, la industria textil,
etcétera. Todavía hay más: la Comunidad Andina de Naciones continúa firme como
primera compradora de productos regionales, el Mercado Común del Sur mejora como
cliente y se estima que las exportaciones no tradicionales cruceñas treparán a
560 millones de dólares en 2004 (frente a los 504 millones de 2003). Agréguese
que los precios para la producción boliviana en general (incluyendo la
tradicional de los minerales) se han incrementado sustancialmente y que por ello
se prevé mejorar el récord de las colocaciones de 2003 (que fueron de 1.500
millones de dólares), y concluiremos en que no todo está perdido en esta patria
desventurada, en que es posible salir del pozo en que nos encontramos.
Mucho depende de este vital, de este imprescindible rubro de las exportaciones
porque trae dinero fresco que es el que puede mover las distintas actividades.
Empero, las buenas perspectivas no se plasmarán en realidades con la ciudadanía
revuelta y tirando cada una para su lado, asumiendo a cada paso actitudes
levantiscas, contrarias al orden y la ley, así la crisis económica sea
asfixiante.
Naturalmente que para exportar, fuera de las condiciones anotadas, se requiere
del respaldo estatal -traducido en buenas vías de comunicación, en agilidad de
los trámites, en asesoramientos hasta para hacer embalajes-, porque ya se sabe
que cuanto se envía a los mercados externos debe llevar el sello de calidad.
Quiere decir entonces que Bolivia está frente a un gran desafío, sacar provecho
de las ventajas actuales para exportar, que es la fuente principal de ingresos
de todo país y que por ello tanto se pugna en el mundo, procurando a la vez que
esta cualidad sea la característica en el futuro. Para ello se requiere
renunciamiento, esfuerzo, coherencia y espíritu de grandeza de gobernantes y
gobernados.
Ya no hay mojón
Tertuliador ®®
desde el mojón de la esquina
Hasta no hace muchos años, en cada esquina había
un mojón.
Esquina que se preciaba de tal en esta nuestra linda Santa Cruz de la Sierra, no
se la podía concebir sin mojón.
De madera incorruptible, (cuchi), el mojón sobresalía cuando menos un metro del
nivel de la calle,
Remataba el mojón de la esquina en una especie de palca ancha.
En la palca ancha montaban los pinganillas del barrio a la espera de que pasaran
las mozas.
Desde allí las galanteaban.
Y si no sonrisas, arrancaban miradas tiernas.
El mojón era algo así como el vigilante afectuoso y comedido del barrio. Sabía
de nuestros sueños.
Sabía de nuestras ilusiones.
++++
Nunca tuvimos claro cuál era el objeto arquitectónico del mojón de la esquina.
No prevenía accidentes de tránsito por la sencilla razón de que no había
accidentes, gracias a Dios.
Los cinco o los diez vehículos motorizados que circulaban ni freno tenían porque
el hondo arenal de la calle operaba como freno natural.
Entonces, era muy remota la posibilidad de que los motorizados nos apachurrasen
echándosenos encima.
Tan remoto como esperar que subiesen a la acera para echar por tierra alguna de
nuestras taperas.
No obstante, me parece que el mojón de la esquina protegía el alto corredor de
ladrillos rojos.
Impedía que las aguas de lluvia lo socavasen y llevaran sus componentes de
ladrillos hasta la pampa.
De algo, en fin, debió servir el mojón de la esquina, puesto que siempre había
uno.
Tan definida era la presencia del mojón que solían ponerle hasta cara de gente.
++++
Doña Chepita era la dueña de la casa de la esquina en mi barrio en que montaba
guardia un sólido mojón.
Posesionados del mojón, nos toleraba con una forzada indulgencia.
Pero cada vez metíamos más y más algazara y el genio de doña Chepita se tornaba
más y más agrio.
Cierto día, sin noticia previa, nos declaró la guerra.
Y el primero de la pandilla que llegó a montarse en el mojón se descolgó de un
brinco emitiendo un grito de asco.
Doña Chepita había embadurnado con barreno la palca del mojón que servía de
asiento.
De suerte que el primero en montarlo embadurnó sus pantalones con el meloso
barreno y recibió los cinturonazos de su madre.
A partir de entonces, doña Chepita todos los días embadurnaba el mojón que pasó
a convertirse en lugar de paso y fuente de alimento de abejas, moscas y petos.
Por nuestra parte nos vengábamos haciendo estallar cohetes bajo el sillón de
mimbre de la cuitada.
Estuvimos a punto de provocarle un colapso.
Ya no hay más mojón y doña Chepita pasó a mejor vida.
No conseguimos evitar la nostalgia.