Nos dirán que eran otros tiempos, que por aquel
entonces nuestra mentalidad pueblerina no daba para más. Seguramente tienen
razón. De todas maneras, quién de nuestros jóvenes de la última mitad del siglo
pasado no recuerda nuestra plaza principal 24 de Septiembre, con sus singulares
y exquisitos encantos.
Punto obligado de encuentro de la gente cruceña era nuestra plaza principal,
propiamente el corazón de la ciudad ñuflense. Nada de atractivo en su
arquitectura, nada de atractivo en su ornato, en su jardinería. Pero vaya, ¡qué
aire tan nuestro y tan auténtico el que se respiraba a pulmón pleno! De ello no
se guarda lo debido en la memoria ciudadana.
Genuinas fiestas, genuinas fiestas del encuentro eran las de las noches de los
días jueves y domingos o las de celebraciones religiosas, cívicas o de cualquier
otra naturaleza. En pleno el vecindario congregado mientras la banda de músicos
de la Policía de Seguridad, desde una pequeña glorieta, dejaba escuchar piezas
de moda, del folclore popular, del internacional e incluso del género clásico,
como para satisfacer los gustos más exigentes del conglomerado humano.
Cordialidad por doquier, respeto sin afectaciones, comportamiento civilizado
intachable. Nuestra plaza 24 de Septiembre era el teatro en que los cruceños,
hombres y mujeres de todas las edades, sacaban a relucir sus dones de grandes
señores y de dignas mujeres.
Desde luego que también era nuestra plaza un verdadero muestrario de la
reconocida y mentada belleza de nuestras mujeres, que no sólo deslumbraban con
sus atributos físicos sino que además hacían gala de las finezas de su trato.
Por ser lo que era, por significar tanto en nuestra vida pública, la plaza
principal 24 de Septiembre fue el escenario obligado de todas las santas
manifestaciones de las rebeldías cruceñas, frente al olvido, el menosprecio, la
frustración. Allí hicieron eclosión todas las inquietudes reivindicatorias de
nuestros patricios, de nuestros jóvenes combatientes de entonces. Allí
reventaron las semillas de las protestas legítimas y de los alzamientos contra
las discriminaciones odiosas. Aunque hoy inadvertida, ni duda cabe que nuestra
plaza principal 24 de Septiembre jugó un rol histórico en las lides cruceñistas
que le abrieron cauce a las reparaciones que se nos debían largamente.
Nuestra plaza principal tenía una sola razón de ser y de existir. Venía a ser un
auténtico santuario de las devociones cruceñas. Convergían en dirección de
nuestra plaza principal todos los que nos considerábamos devotos de nuestras
cosas, de nuestros credos. Y en la histórica plaza principal todos hablábamos
con fuerza el mismo idioma.
¿Y por qué hoy no truena ni suena nuestra plaza principal 24 de Septiembre?
Pues, porque como muchas otras, ya ha dejado de ser plaza. Se ha transformado en
un mercado persa, en algo que nunca soñamos, siquiera, se pudiese dar, Es lugar
de venta de comidas ligeras, de empanadas, de sandwiches, de refrescos, de
cafecitos, de pipocas, de papas fritas y lo es también de chucherías mil, de
artesanías, de chafalonías, de lo más insólito, en fin.
Jamás imaginamos, menos en estos años supuestamente de luces, que nuestra plaza
principal terminaría avasallada por sus cuatro costados, a merced de
comerciantes que improvisan tiendas según su gusto y sabor y que con sus
desmanes han provocado la estampida del cruceño que hasta hace pocos años
encontraba allí el espacio para el regodeo espiritual y para la tertulia
castiza.
De las demás plazas, ni qué hablar. La suerte de éstas es tanto o más triste
aún.
Analfabestias
Oso Molino * ®®
“Sonría Plis”
Analfabestias del mundo, uníos:
A nombre de todos los letrados del pueblo, me permito invitarlos a la Feria
Internacional del Libro. Yo sé que invitar a analfabestias a una feria del
libro, es como invitar a los maestros a que no hagan paros o a que Filemón
Escóbar no reparta sopapos.
La diferencia radica en que haciendo un esfuerzo y leyendo, uno la pasa de
película y deja de ser un analfabestia, porque si un analfabeto no acude a una
feria del libro es algo obvio, pero, uno que sabe leer no lee, se convierte
automáticamente en un analfabestia.
No es difícil leer. Si empiezan a unir letra con letra, formarán palabras y
uniendo palabras con palabras surgirán las ideas y con ellas se irán tejiendo
cuentos, novelas, ensayos y así, el lector ingresa al mundo del conocimiento.
Descubrirán por sí solos, la sabiduría que hay en cada libro y con la bombilla
del interés podrán succionar la savia de la enseñanza y refrescar el abandonado
tari que necesita que sus engranajes sean lubricados con el aceite de la
cultura.
No puede haber una sociedad civilizada si sus habitantes no leen. Por eso ésta
proclama, al grito de “agarremos los libros, que no muerden”, propone que le
pongamos el mismo entusiasmo que le ponemos a las marchas y a los paros, a ver
fútbol los hombres o a comparar zapatos las mujeres, a la hora de leer.
Compren libros para leerlos, no para decorar su casa. Ah! Y no compren libros
chutos, porque los que escribimos ya no tenemos con qué llevar leche a nuestros
hijos, desnutridos del siglo XXI, víctimas de la piratería de nuestros días.
Finalmente, aunque no compren libros, lleven a sus hijos a que conozcan lo que
es una feria del libro, que vean donde están los estantes con ejemplares que
cuentan tantas cosas y enseñan todo. Si usted es un analfabestia, no contagie a
sus retoños y vacúnelos contra esa plaga, para que mañana tengamos generaciones
más inteligentes y no como las actuales, tan llenos de nada y vacíos de todo.
Por no leer, estamos huérfanos de líderes, pobres en ideas y tan michis en todo,
que ni dirigentes deportivos semicapaces tenemos.
No deje de asistir a la Feria del libro y si la ansiedad del saber le ha abierto
el apetito, en la puerta de la feria, hay unos pan de arroces con café batido de
primera, que los hace mi prima. Con ella vamos en el negocio mitin mitin, porque
estoy reuniendo unos quintos para publicar mi próximo libro, antes de que lo
plagien y lo vendan por cuatro reales.
Al final de cuentas, “a falta de libros, buenos son los pan de arroces”. Ya lo
dijo Platón, pero en griego, hace mucho tiempo.
* Autor de 15 sesudos libros, cuyo best seller titula A precio de gallina
muerta, dramático relato que profundiza la odisea de un escritor que gasta mucho
por editar sus obras y termina regalándolas en los cumpleaños de sus amigos, con
dedicatoria incluida.